Fotos Juan Carlos Casas

“Somos puro sentimiento”, suelta Kali Carabajal. Y casi que no se necesita agregar nada más. Porque cualquiera que canta sabe que no alcanza con saberse la letra, ni siquiera con conocer los rudimentos del rasguido santiagueño. Para tocar las almas con la chacarera hay que dejar que el sentimiento suba desde el pecho, repique en el monte de los recuerdos, suene en el patio del corazón, trepe en cuerdas hasta la garganta y pueda salir puro, como un grito del monte.

Mario “Musha” Carabajal no tiene que buscar demasiado para encontrar una explicación a eso. “No buscamos fama, sino compartir lo que hacemos.” Saúl Belindo “Cuti” Carabajal encuentra una razón: la familia. “Esta formación nos lleva al patio, a la costumbre de cantar en familia. En Carabajales estábamos sostenidos por los arreglos de Peteco; dependíamos del violín. Aquí se ha dado la identidad que tenemos en Santiago: el patio de tierra. Por eso es que el gusto de la familia lo siento más en este grupo”, dice Cuti, que algo sabe de identidad; cantó con Los Carabajal, con Los Manseros Santiagueños y desde hace un par de décadas forma dúo con Roberto. “Aquí -dice Kali Carabajal abriendo los brazos- la magia está intacta, enriquecida, además por la experiencia”.

Graciela, que rodó de niña por las peñas de Buenos Aires, que cantó con papá Carlos, que sumó su voz al grupo de Peteco, con quien se pasó 15 años, dice: “En esta formación me siento con la libertad de aparecer con las cosas que a mí me gustan como solista. Eso no me pasaba con Peteco, porque él era la figura, pero hemos sido un respaldo muy fuerte para él, con Demi y Roxana.”

No hay tierra como la mía

Roberto Carabajal es el último de los siete en llegar a la cita con El Federal. Musha avisó con una sonrisa que Roberto tiene -siempre- 40 minutos de tolerancia. Ese retraso natural no le impide decir eso que siente. “Hay una felicidad interna en este grupo, una felicidad que tiene que ver con el patio bandeño de la casa de la abuela, donde cantamos el repertorio de antes, tan lindo. Esa misma felicidad es la que llevamos al escenario. Sentíamos una necesidad de volver a unir esta sangre que tenemos”, dice Roberto Carabajal. Esa alegría es la que sintetiza esta nueva juntada de la familia que proyectó el folklore más allá del patio de la casa de La Banda para poner al ritmo madre de esa tierra en los oídos del país. Al respecto, dice Musha: “La familia ha trabajado mucho para el reconocimiento de la música de Santiago del Estero y lo ha hecho rodeándose de grandes poetas como Pablo Raúl Trullenque, con quien deja de ser paisajística la poesía y empieza a hablar de la problemática del hombre, como en las canciones La pucha con el hombre, Pensando en voz alta. Eso ha permitido que el ritmo pueda proyectarse para que hoy la chacarera sea la reina de todas las fiestas. Esos poetas nos dejaron ese valioso tesoro. Es cuestión de que uno vaya a la fuente”, dice Musha y deja un silencio pequeño que Kali aprovecha para decir: “La chacarera tiene una poesía universal. Y tiene que haber una preocupación por parte de quien ama la música folklórica por conocer quiénes eran los hermanos Díaz, Cristóforo Juárez, los hermanos Simón, los hermanos, los hermanos Abalos, los hermanos Ríos. Todos ellos dejaron un montón de cosas; es cuestión de ir y escarbar un poquito para rescatarlo”.

Pero además de en la poesía, el misterio del santiagueño está en el ritmo que tiene como ADN. “La chacarera es muy fuerte por lo que uno transmite. A grandes músicos no les sale el rasguido, que es algo muy natural para el santiagueño.”, dice Musha.
-¿Cómo hace alguien que no es de Santiago para cantar o bailar una chacharera, entonces?
-Musha: Adela, quien bailó muchos años con Juan Saavedra se ha aquerenciado tanto con Santiago que bailaba como si no fuera de Entre Ríos. Ella logró expresar a la chacarera como propia, pero lo hizo a partir de una sensibilidad muy personal que le permitió adaptarse al lugar, al patio de tierra.
-Roberto: Hoy un riojano, un salteño, un pampeano, un catamarqueño hace una chacarera, porque ha dejado de ser exclusiva del santiagueño. Nosotros queremos dejar grabado el folklore con el cual crecimos, aprendimos y lo deparramamos. Hoy volvemos a ese punto de partida, pero lo hacemos con un cuidado especial en los arreglos del disco, con un mensaje clarito.

Mensaje de chacarera

En este universo creció la llama de la canción de Los Carabajal: el patio de tierra, donde el quichua se mezcla con el castellano, donde nacen los versos y donde muchos despuntaron sus primeros tonos. Es parte de una simbología que de Santiago se extendió a todo el país. Y sigue significando mucho para quienes hayan nacido en la tierra del mistol: es lugar de vida cotidiana, de comidas en familia, de juegos, de besos en la oscuridad, de siesta, de alegría compartida. “Para el santiagueño, el patio es más importante que el dormitorio porque ahí tienes vivencias muy profundas que tienen que ver con el sentimiento, con la identidad, con compartir con la familia, con los amigos. Mis padres (Enrique, hermano de Cuti, Carlos y Agustín) cocinaban en el patio de tierra de la casa, con la olla en el brasero, con la leña en el horno de barro. Mi viejo amasaba ahí el pan y mi vieja revolvía el guiso en el patio. Esa es la imagen que tengo”, dice Musha, y la dibuja en el aire con la mano abierta.

“Por todo eso, porque pasan cosas muy fuertes, digo que es muy importante el patio, más que la cocina o el dormitorio. Quien llega a Santiago busca eso, el patio de tierra. Porque para el santiagueño el patio no es sólo el patio y el monte es más que una acumulación de árboles. El patio y el monte son únicos. El monte es la inspiración, tiene magia. Todo eso también representa a la familia Carabajal”, resume Musha. Y lo mira a Cuti, que ya se cambió la remera rosa por una camisa extrañamente discreta. Tiene un pantalón de un solo color. Todo parece muy normal para tratarse de Cuti. Hasta que uno pone la vista en las zapatillas: de lona, rojas, con una suela de cinco centímetros de alto.

El único de los siete que no pertenece a la familia es Blas Sansierra. Voz de Los Carabajal, el chico tiene en las venas la misma tierra de los patios, el sonido del Río Dulce uniendo a Santiago con La Banda, tiene el rasguido y tiene el canto de esa patria musical que hermana a todos los santiagueños; el canto del sentimiento. “Es muy emocionante y muy lindo compartir el escenario con ellos, con toda la experiencia que tienen. Cada día aprendo algo”, suelta. A su lado, Walter, también de Los Carabajal, dice: “Nos sentimos cómodos en esta formación, más respaldados, además, porque estamos en familia”. Kali espera el final de la frase de Walter -su hijo- y reflexiona: “A veces uno no se da cuenta, pero ellos se han criado escuchando nuestra música. Por eso siempre pensamos en el mensaje”.

Somos muchos los que somos

“Somos un equipo con funciones naturales: Cuti es el autor, Kali el arreglador musical, Walter y Blas son la nueva generación aportando ideas, Roberto pone su voz tan particular y tan agradable, lo mismo que Graciela y yo hago la parte organizativa”, repasa Musha como plantando el equipo en la cancha. Se juntaron un duo, un cuarteto y una solista, pero han logrado sonar a grupo. “El Carabajalazo no ha perdido identidad”, dicen ellos.

Graciela Carabajal, mamá de Roxana, solista empedernida, confiesa que ha llorado por no entender los arreglos musicales que planteaba Peteco. Pero eso no le impidió meterse en la lógica de un grupo que la integra como la única voz femenina, aguda y montaráz, en cinco canciones. De joven asombró a Mercedes Sosa, quien la mandó a su propia profesora de canto, Carmela. Ella fue. Viajó desde Morón hasta Avellaneda. La profesora la escuchó, atenta. Le dijo que no hacía falta meterse con la técnica de una voz silvestre pulida en la salvaje espesura del monte. “Eso es la tierra”, le dijo la profesora. Y le auguró un gran futuro, pero a Graciela la frenó su gen materno: tuvo 7 hijos y grabó poco. Por eso, El Carabajalazo es una oportunidad para escucharla también a ella. 

Musha cuenta una infidencia: vienen de grabar el Martín Fierro en ritmo de chacarera. “Se nos caían las lágrimas mientras cantábamos”, dice sobre el segundo disco de esta formación. Entonces entendemos esa frase inicial de Kali: los Carabajal son todo sentimiento. Roberto se suma a esa idea cuando dice que es necesario volver al punto de partida. “Se parte desde un lugar, se pega la vuelta y se vuelve al mismo lugar. Hay una fuerza interior que permite hacer eso, una felicidad muy especial por el hecho de cantar en familia”. Una felicidad llamada chacarera.