Por Carlos Quiroga

El viento golpea impiadoso cuarteando la piel del desprevenido visitante. La puna devora el oxígeno y las próximas nevadas acechan amenazantes sobre el ganado. Lejos de amedrentarse, decenas de peregrinos llegan desde los puntos más distantes de la cordillera catamarqueña hasta Laguna Blanca, al norte del departamento Belén, en Catamarca, para confiar sus sueños y esperanzas a la Pachamama. La clave para que esos deseos dejen de ser anhelos y se conviertan en realidad es que participen de la corpachada, un ritual ancestral que se celebra todos los 1 de agosto a 3.360 metros sobre el nivel del mar, donde los lugareños ofrendan a la que da lo mejor de su producción para que la Santa Madre Tierra, agradecida como ellos, los bendiga en salud y producción. 

Entre coplas y yuyos. La ceremonia parece salida de un cuento de ciencia ficción y está lejos de ser un mero hecho folclórico. Para los lagunistos tiene una profunda connotación religiosa, que se fue transmitiendo de generación en generación, y que pese a los constantes avatares de los españoles por extinguirla, no sólo logró sobrevivir sino que se combinó con el culto Católico, Apostólico y Romano, en una tierra donde sus habitantes veneran con igual devoción a la Virgen del Valle y a la Pachamama. Por eso, Cristian Casimiro, un niño de 12 años, advierte en ritmo de copla: “No te rías de un colla, que busca el silencio, que en medio de lajas cultiva sus habas y acá, en las alturas, en donde no hay nada, logra sobrevivir gracias a su Pachamama”.
Sus palabras son la única explicación lógica a cómo los 246 habitantes sobreviven en medio de la nada al crudo invierno, donde la temperatura promedio es de 15 grados bajo de cero, y donde las heladas se llevan sus habas, la quinoa y las papas andinas, y amenazan cada año con dejarlos sin cabras, ovejas, vicuñas ni llamas.
El ritual comienza el día antes, cuando los pobladores abren sus casas a los visitantes y alrededor de un fogón cantan sus coplas, sueltan una zamba, lanzan una vidalita. La consigna es no dormirse. Con las primeras luces del alba se escucha como una letanía en todas las casas: “Pachamama, Santa Tierra, no me comas todavía”. “La invocación es una clara referencia a la muerte -explica Daniel Delfino, arqueólogo, que desde hace años estudia las costumbres del lugar-. La relación de los lagunistas con la Pachamama no es sólo productiva; tiene también una fuerte connotación religiosa y cosmovisional que se sustenta en que de la tierra venimos y a la tierra vamos. Por eso, sostienen que cuando nuestro cuerpo se descompone después de ser enterrado, la tierra se lo termina tragando.”
Los primeros desvelados que se animan a enfrentar el viento helado concurren en ayunas a la casita de Guacuma, donde Ana de Luján Suárez ofrece junto al fueguero el infaltable té de ruda macho, que según sostiene la tradición popular, sirve para alargar un año más la vida. “Creer o reventar -afirma Lucio Cayo Guerra, encargado del puesto sanitario y enfermero del lugar-, pero aquí las yerbas medicinales, que heredamos de nuestros ancestros, dan mejores resultados que los remedios de laboratorio. Entre los yuyos de grandes poderes curativos sobresale la copa copa, que sirve como digestivo, la yareta, el espinillo, la vira vira, que es un excelente expectorante para las enfermedades bronquiales, y la muña muña, muy requerida para curar los problemas de impotencia sexual.” La muña muña, en importantes dosis de té, sirve también  para extinguir los cálculos renales. “Acá la gente se vuelca mucho por los yuyos que nos provee la Madre Tierra, porque saben que no les va hacer mal, porque no son tóxicos y prefieren estos a los remedios convencionales.”

La corpachada. En medio de tolas y pajonales, doña Antonia Litían elige entre su majada de 30 ovejas el cabrito más gordo que llevará para ofrendar a la Pachamama: “Si quiero que a mi ganado no le falte pasto, ni agua y se reproduzca con fuerza para el año, debo sacrificar un cordero, porque así como nuestra Santa Madre Tierra todos nos da, también no los quita si no somos generosas con ella”, dice.
La leyenda dice que cada 31 de julio, de hace incontables años, el caos y la muerte amenazan a la Pachamama. Después de 12 horas de lucha, al mediodía del primer día de agosto, la tierra está a punto de ser vencida: el fuego amenaza quemarla y acabar con su fecundidad; el agua la acecha para inundarla y terminar con su consistencia: el aire quiere dispensarla y destruir su estabilidad. Por eso los lagunenses se congregan en masa y acuden en su ayuda. La alimentan y la consuelan para que recupere sus fuerzas y los proteja. La ceremonia se llama corpachada, y tiene como principal animador al Kokena, que baja del abra, junto a su llama para dar inicio con el ritual. En el imaginario andino, Kokena es el protector de los animales silvestres de la puna.
En medio la plaza principal se cava un inmenso agujero, que minutos después se convertirá en un altar ceremonial, donde pobladores de Aguas Calientes, Corral Blanco, Barranca Larga, Los Morteritos, Villa Vill, Belén, Londres, ofrendarán sus tributos: chicha, mazamorra, cordero, vino, coca, quinua y tabaco para que la Pachama no los haga pasar hambre y los proteja de las enfermedades. “Yo siempre le encomiendo a ella mi salud, mi ganado, y mis trabajos. Ella nunca me falla. Pero eso sí, para que la Pacha atienda mis súplicas es imprescindible tener fe y comunicarse con ella constantemente a través del rezo y los invite de comidas. Nunca le mezquino nada, siempre trato de tenerla llena y gracias a eso nunca me falta nada”, dice Epifanía Rosa Salgado, una mujer de 50 años que desde hace nueve representa en el ritual a la Pachamama.

Respetuosos de la Madre Tierra. “Otra cláusula inviolable para honrar a la Pachamama es respetar el medio ambiente y cuidar del ganado. Durante muchos años, la caza furtiva de vicuñas -por el alto costo de su fibra- perturbó nuestra relación con la Pacha, pero afortunadamente desde el 2003 el Gobierno nos enseñó a esquilarlas, para después liberarlas vivas, y desde entonces la Pacha nos premia con abundante fibra para tejer nuestros puyos, ponchos y mantas. Hoy gracias a esa técnica, la vicuña ya no es más un camélido en extinción en la zona, y podemos decir orgullosos que en la reserva de Laguna Blanca hay alrededor de 16 mil vicuñas”, dice Jesús Gutiérrez, quien durante la ceremonia personifica al Kokena.
El sol castiga con fuerza al mediodía, mientras decenas de peregrinos realizan su ofrenda a la Pacha. El primer tributo es el cordero de doña Antonia Litían, que es degollado ante una multitud, que mira azorada el sacrificio ritual. Luego de colocar los chimpas (pompones de lanas anaranjada) para que la Pacha reconozca a sus dueños, es arrojado al pozo para dar comienzo oficial a la corpachada. Entre medio de coplas de agradecimiento, los lugareños depositan en sus ofrendas sus frustraciones y esperanzas. Mientras, doña Beneran de Gutiérrez, que representa a la curandera del pueblo, enlaza en las muñecas de los oferentes el zurdo (un hilo trenzado de izquierda a derecha), que según sostienen, no debe ser sacado hasta el 30 de agosto, si uno quiere que su hechizo dé resultados. Con auténtica devoción cristiana hace la Señal de la Cruz y pide a la Madre Tierra que la proteja de los maleficios.
Después de dos horas de constantes invocaciones y ofrendas, la boca de la Pachamama está llena. Ha llegado el momento de tapar el pozo. La Pachamama bebió, comió, fumó, mascó coca: tuvo lo mejor de lo poco que tienen los habitantes de Laguna Blanca. “Que la Pachamama los alumbre para que lleguen bien a sus hogares”, bendice el Kokena, mientras de a poco, los peregrinos se pierden como el sol tras los cerros nevados, convencidos de que la Pacha escuchó sus ruegos: saben que el próximo año será mejor.