Fotos Marcelo Arias

 

Mario empieza a hablar. Y enseguida suena el timbre. ¿”Vos pediste algo Sara”?, le pregunta a su mujer. Va él hacia la puerta: es Juanchi Osuna, el hijo de Octavio, gran cantante como su padre, y músico de Mario Álvarez Quiroga. Iba a contar cómo se gestó “Galería de los sueños”, su más reciente disco, el que nos convoca a la mesa larga del comedor de su casa de Mataderos. Mario vuelve y dice: “Todo se fue dando naturalmente en el disco. No nos pusimos a pensar en el repertorio. Cuando Alejo, mi hijo, me tiró la idea de grabar un disco en la galería de la casa de Villa del Totoral, en Córdoba, pensamos en crear un clima que gracias a Dios pudimos reflejarlo en la grabación.” El trabajo de Mario tiene 14 canciones inéditas, casi todas de mano propia y, en medio de ellas, 7 comentarios-anécdotas, algunas íntimas, de su vida y del camino, sobre todo eso, del camino que anda, una traza a la que le ha dejado una huella como uno de los autores y compositores más importantes de la música popular argentina.

 

Mario empieza a hablar. Y enseguida suena la puerta. Se oyen las llaves primero, la cerradura girando, la puerta de chapa abriéndose. “Debe ser Alejo”, arriesga Mario. Y acierta. Alejo es Alejo Álvarez Quiroga. Mario retoma la idea: estaba diciendo que somos rehenes del sistema. “Somos rehenes del sistema: cuando se corta la luz te atiende una máquina, cuando vas al banco y se cae el sistema, tenés que volverte a tu casa. Y en este disco escribí sobre eso (La canción de la espera). Aprendí a aprovechar el tiempo para escribir. Muchas de mis canciones (Vieja victrolita, Tiene sentido al vida, Anduvo nomás) nacieron en los colectivos, escribiendo parado agarrado del pasamanos”.
-¿La canción siempre empieza por la letra?
-No siempre. A veces empieza con una melodía que me anda sonando, una melodía libre a la cual después le busco una letra que tenga que ver con esa música. O leo un poema y se me ocurre una melodía, como hice con los poemas de Rafael de León, García Lorca, Héctor Esteban Agüero. No tengo una sola manera de componer. Siempre estoy buscando. Pero compongo cuando tengo la necesidad: la composición es un desgarramiento del espíritu. Por eso la música es única que no necesita pasaporte para acariciarte el alma.

 

Mario empieza a hablar. Y enseguida se le ocurre cantar una canción y va a buscar la carpeta donde tiene todas, muchas, muchísimas, inéditas. Cuando vuelve, Juancho Osuna nos pregunta si sabemos quiénes tocarán este enero en el Festival de la Salamanca, en La Banda, Santiago del Estero. “Maná y Julieta Venegas”, dice, con una sonrisa pícara. Mario enloquece, se olvida de la canción aunque ya había desenfundado la guitarra. Y dice: “Eso no tiene explicación. O sí: el cholulismo”, dispara sin levantar ni una línea de volumen de su voz.
-¿No te sentís afuera de los festivales?
-La mayoría de los festivales ignora el arte; les interesa la cantidad de gente que paga la entrada. Yo no revoleo nada y tengo, creo, una propuesta interesante. El choliulismo juega en contra el arte. Hay festivales que no necesitan de artistas que no sean de folklore para llenar su capacidad. Cuando Cosquín hizo punta abriéndose a otros ritmos, los demás festivales pensaron que si no tiene a “la” figura nadie iba a ir. Pero cualquier festival, festivalazo o festivalito, convoca 3000 personas en un pueblo de 2000 habitantes.

 

Mario empieza a hablar. Y enseguida Fidel, el perro de su hijo, le empuja el brazo para llamarle la atención. Mario está hablando de las otras músicas. “Hay que escuchar todo para saber cuál es el lugar de uno. A mí me gustan las músicas de todo el mundo porque no creo que grabar 14 chacareras por disco lo convierta a uno en más santiagueño. Yo amo mi tierra, pero también me pregunto por qué si hablamos de la hermandad latinoamericana, no usamos los ritmos del continente: el joropo, el ballenato, la guajira, el guapanco. Podemos usar esos ritmos y contar lo que está pasando aquí. Y me puede doler algo que le pasa a un paquistaní, porque bebemos la misma agua, respiramos el mismo aire. No hay que encajonarse”.
-¿Te definís como poeta?
-Noooo, poetas eran Neruda, García Lorca, Vallejos, Almafuerte! Yo escribo, busco las palabras, pero no es lo mismo escribir un poema que escribir para la cancionística. Busco imágenes sin que pierda el valor como poema. Pero no soy un gran poeta. Para poder construir una buena canción hay que leer.

 

Mario empieza a hablar. Pero otra vez suena el timbre. Hecha al perro y marcha a la puerta. Es Juanjo Do Nascimento, guitarrista de su grupo, a quien Mario le juega un chiste, que el chico responde con silencio y una sonrisa. “Es un buen pibe”, dice Mario. Y se jacta de haber rescatado a Juanjo mientras rasgueaba la “batatarra”, que enseguida va a buscar. Es una guitarra hecha sobre una caja de resonancia particular: una lata de dulce de batata. La afina y la toca. “Me la regalaron en Resistencia, Chaco, y está hecha por un lutier de allí. Siempre anda con nosotros en los viajes y hemos compuesto muchas canciones con ellas. Es chica como un charango, pero suena como un ukelele”.
-¿Cómo aprendiste a toca la guitarra?
-Gracias a Satélite Heredia, un amigo de Santiago del Estero. Aprendí con una guitarra de él y lo primero que hice fue hacer música de rock bajo el seudónimo de Nardo San Remo. Aprendí así: veía cómo tocaban rock otros músicos y después le pedía la guitarra a Satélite. Soy autodidacta de todo: me doctoré en la calle.

 

Mario empieza a hablar. Pero enseguida se corta para contar en dónde compró el vino que abrió: un malbec nacido en Mendoza y servido a la temperatura exacta. Se siente el gusto al roble barriendo la sal del queso. Mario brinda. Y cuenta dónde aprendió a leer de corrido: en el cine. Pero su marco de conocimientos era reducido: no sabía que la Argentina tenía montañas. Las montañas eran, para él, las que estaban en las películas de “El llanero solitario” en los films tecnicolor. Debió dejar la escuela en cuarto grado porque su papá quedó ciego y debió él, siendo un niño, traer la plata a su casa del barrio Villa Carolina. Lustró botas en la plaza de Santiago del Estero. Faltaba mucho para que viniera en tren, a Buenos Aires.
-¿Te acordás del tren en Santiago?
-Sí, nosotros íbamos a la estación a ver el tren. Vine en el Estrella del Norte, en 1973, a Buenos Aires. ¡Qué cruel la despedida! Tenía 23 años. Cuando lo saludé a mi papá, me fui llorando y no me quise dar vuelta para verlo. Vine llorando todo el viaje. Vestía con pantalón de corderoy color cremita, mocasín marrón, camisa amarilla y pullover verde. Era septiembre cuando llegué aquí. Me bajé en Retiro y seguí a la gente; me metí en el subte: no tenía destino. Salí en la estación Independencia, crucé la 9 de Julio hice dos cuadras y fui a la calle Santiago del Estero. Me metí en el hotel San Remo y ahí me quedé.

 

Mario empieza a hablar. Y ahora le suena el celular. Lo llama Daniel, periodista de El Nuevo Diario de Santiago, para entrevistarlo. Mario promete llamarlo apenas termine esta nota y vuelve a la nota para hablar de su casa, de los juegos infantiles, de las historietas que pasaban de casa en casa, del basural que hicieron en su barrio hasta arruinárselo, de los barriletes y el engrudo, del ring que armaba en el patio de su casa; del fútbol; del oyito chipaco; de la patria que para Mario es la infancia pobre en Santiago del Estero. Ya dijo que la gente no quiere oír sino bailar. “Creo que el público ya no quiere escuchar, sino bailar, sólo divertirse. Veo eso en los festivales y en las peñas. Y salvo en Jina Wasi, en La Peña del Colorado y en alguna otra, nadie escucha al artista: lo único que se pretende de él es el chingui chingui”, dispara. Ya dijo que los medio de comunicación dan una visión de la realidad que hace que el resto del país vea a quienes vivimos en Buenos Aires como a sobrevivientes de una guerra. Ya dijo que le molesta la falta de privacidad a la que nos somete Facebook. “Uno se convierte en protagonista de algo que no quiere. Eso me molesta mucho: la gente publica fotos que uno no autorizó”.

Mario empieza a hablar. Y esta vez nadie lo interrumpe. Pero no hablará de sus cuatro años en Los Carabajal, que siempre recuerda con una sonrisa. Y dirá poco de “A Don Ata”, chacarera de su autoría que popularizó Soledad Pastorutti a finales de los años 90; la canción que le devolvió al folklore la popularidad. “Odio la rutina”, dice Mario y pincha un queso que Alejo acaba de servir. La única rutina que tiene es compartir, cada mañana, una manzana y una banana con Totó, un Golden Retriever que anda por toda la casa. “Pero lo hago por él”, aclara.
-¿Cómo es ser un artista independiente, autogestionado?
-Es un desafío permanente, pero yo nací para eso. Mi manera de ser, mi energía, tiene que ver con eso. Si no haría eso, no sería yo. Y creo que si fuera de otra forma no tendríamos esta libertad. Todo se hizo a pulmón en esta casa. Esta casa se compró con “A Don Ata”, tema con el cual Soledad vendió más de un millón de discos. Esta libertad de crear, de decir nosotros dónde lo hacemos, con quién lo hacemos y cómo lo hacemos es maravilloso. Nos buscamos los lugares para tocar, ahorramos para producir nuestro propio disco. Prefiero eso y no estar acá al pedo, esperando. Me gusta este camino independiente. Sigo con la capa puesta porque sé que el toro está ahí afuera. Me gusta esta lucha porque todas las mañanas te levantas pensado en el proyecto de mañana.

 

Mario empieza a hablar. Pero ahora lo hace para anunciar que va a despedirnos con canciones inéditas. Ya nos llevó al fondo de su casa para presenciar el ensayo con Tulma, el trío que armaron sus músicos. Pero ahora está solo, él y su guitarra. Y canta una dedicada a Adrián Otero, el fallecido líder de Memphis La Blusera. “Otero se fue”, canta, emocionado. Salimos y Mario nos acompaña. En la vereda de su casa flota un olor rancio a bosta de vaca: la trae el viento desde el mercado de hacienda, a pocas cuadras de aquí. “Y es peor cuando hierven la grasa. Eso es terrible”, dice Mario y termina como termina toda entrevista con El Federal: invitándonos a un asado a su casa de puertas abiertas, a beber vino en el Comedor de los Encuentros, a tomar mates en la Cocina del Hambre. “Los espero cuando quieran para comer un asado. Avisen”, dice. Y cierra la puerta. Entonces sí, al menos para nosotros, Mario deja de hablar.

 

Más información:
Mario Álvarez Quiroga presenta “Galería de los Sueños”
13 y 14 de diciembre a las 21 en el Teatro del Viejo Mercado
Lavalle 3177, ciudad de Buenos Aires
www.tuentrada.com