Por Eliana Ramos

En el kilómetro 24 me pregunto ¿quién me mandó a hacer esto? Mis pies empiezan a cosquillear, como si los hubiese metido en un hormiguero. Sabía que esa sensación iba suceder en algún momento, como me pasó el año pasado. Entonces repongo energías con un poco de azúcar y las hormigas se van. Observo el paisaje, como en toda la carrera, disfruto de Puerto Madero sólo para los corredores, hago cálculos y concluyo que sólo faltan 8 kilómetros para encontrarme con mi punto de apoyo. Francisco, mi compañero en la vida, me espera en los 32 kilómetros.

Me concentro en ese encuentro y entonces mis brazos se vuelven alas. En el kilómetro 31 escucho: “Tía, ¿todo bien? ¿Necesitás agua, gel?”. La voz de mi sobrina, otro gran punto de apoyo en toda esta aventura. Sé que pocos metros me separan de Francisco. Esta es la zona de aliento. Está llena de familiares que motivan a sus héroes y eso es motivador también para todos los que estamos corriendo. Uno se siente acompañado, justo cuando está más a solas con uno mismo.

Termino de pensar eso y de chocar los cinco con una nena que alienta con ganas, y lo veo a Francisco. Como en un oasis en medio del desierto, siento que no me dan las piernas para alcanzarlo, para decirle que vengo muy bien, que estoy feliz de hacer esto y que, sobre todo, lo esperaba a él. Estaba parado debajo del cartel que indicaba 32k. Faltan 10 kilómetros para el final. Me dice: “Vamos Negra que sólo quedan 10”. Y sí, son 10, pero son los 10 más difíciles, adonde sólo la cabeza es el verdadero motor.

Aparecen dolores que uno no imagina que sufrirá el cuerpo humano. La cadera parece ensancharse, la espalda tiende a encorvarse, pero la cabeza ahí es cuando tiene que estar firme para pensar en la meta.

Correr 42 kilómetros es mucho más que correr 420 cuadras. Es ponerse a prueba en cada kilómetro recorrido y desafiarse en los que vendrán. Por la cabeza pasan miles de imágenes, pensamientos que se van gestando y otros que se liberan. Sólo las piernas, el corazón y la cabeza son los responsables de tamaña hazaña que hace sucumbir el alma. Atravesar la meta es entender que si algo te lo proponés lo podés lograr, que no hay desafío más importante que el de meterse una idea en la cabeza y empezar a elaborarla para, un buen día, hacerla realidad.

Hace apenas tres años acompañé a mi papá en 21 kilómetros de su primera maratón. Él fue el impulsor de mis ganas, porque en ese momento era impensado para mí recorrer la ciudad de Buenos Aires sobre mis piernas. En 2013, el desafío se intensificó con el entrenamiento y la alimentación: logré mi primera maratón. Hoy el desafío fue distinto, inmenso y valioso.

Los preparativos

El día arranca a la 4.10 del domingo 12 de octubre. La ciudad de Buenos Aires queda vallada para que 10.000 personas la recorran de punta a punta, de River a Boca, el opuesto con mayor rivalidad de la Argentina, unido por unos miles de locos que corren. El pronóstico decía que la temperatura mínima sería de 13 grados y la máxima de 26, parcialmente nublado. Ideal, al menos para mí y la proyección de carrera que tengo en mente.

Un baño refrescante para activar el cuerpo, un desayuno que permita recargar energías y listo. A las 6.30 estamos con la familia en el arco de largada. Cada uno de los tres que participamos tiene en su cabeza el croquis de cómo iba a ser su carrera. Porque de eso se trata, de hacer cálculos mentales para maximizar la energía.

En carrera

A las 7.30 arrancamos. Como en la vida misma, mi papá es nuestro guía: él va en la punta, mostrándonos el camino a mi hermano y a mí. Marcando el ritmo. En el kilómetro 5 supimos que cada uno iría a su ritmo, y entonces, de una forma que sólo nosotros sabemos reconocer, nos despedimos con la certeza de vernos en unas horas en la meta.

Pienso en eso ahora, mientras paso por el Cabildo, por Casa Rosada y en la bajada hacia Paseo Colón me dejo llevar, como un velero. Renuevo la sangre de mis brazos sacudiéndolos un poco y sigo, sin parar: voy por los 13 kilómetros. El recorrido es hermoso, superior al del año pasado: pasamos por varias calles de La Boca y en mi memoria queda la pintada de un comedor llamado Bokitas, de la Boca: “Nadie es tan fuerte como para hacer todo solo, ni nadie es tan débil como para no ayudarlo”. Frase de Almafuerte.

Eso leo a las 9.30, metros antes del kilómetro 18. Y empiezo a emocionarme porque no estoy sola en esta aventura. Sé que en algún lugar mi papá y mi hermano hacen lo suyo. Y claro que no somos tan fuertes, por eso nos impulsamos con la energía que nos brindamos y también fuimos capaces de dar apoyo cuando vemos que otro corredor lo necesitaba.

Fin de fiesta

La zona de Comodoro Py, el Puerto de Buenos Aires y unas cuadras antes de la Costanera no son las más lindas de este recorrido porque allí empiezan a verse los cuerpos cansados. Es la zona crítica donde muchos corredores empiezan a ser caminantes: hay contracturas y las carpas montadas de Cruz Roja tienen colmada su capacidad para atender desde espasmos hasta calambres. Las ambulancias van y vienen en busca de algún corredor.

Por el costado de Aeroparque y atravesando el paso bajo nivel me dejo llevar, el cuerpo se entusiasma con ese lindo impulso pero rápidamente tiene que volverse firme para subir hacia el Planetario. Los gemelos se tensan para traccionar todo el cuerpo cuando pienso que voy por los 39 kilómetros. Lo digo con el hilo de voz que me deja la respiración agitada y mi compañero no me corrige, me deja con esa confusión, porque a esta altura de nada sirven las aclaraciones.

Sólo tres kilómetros faltan para atravesar el gran arco, el verdadero arco del triunfo. Veo con amor, con ganas, el kilómetro 40; pasar por la puerta de AySA me da la muestra de que ya estoy. Francisco me dice: “Vamos Negra que este tramo lo hicimos mil veces”. Tiene razón. Mil veces lo corrí con ganas y no quiero que esta vez sea la excepción.

Corro con fuerzas, mirando a los que van a mi lado, pero siempre manteniendo mi paso y mi ubicación. Mi mamá me dijo esa mañana: “Hay que seguir la línea, no cruzarse en el camino pasando gente porque se desgasta mucha energía”. Qué bien me hizo ese consejo, lo seguí en toda la carrera. Nunca salí de mi línea.

Sólo me resta un kilómetro, el kilómetro más feliz de mi vida. Francisco me alienta, la gente me alienta y hasta mi papá, que está en la misma carrera, me da sus fuerzas para que las mías se dupliquen. Mi hermano también piensa en mi paso firme y me alienta; todos estamos por atravesar esa meta.

Doy los últimos pasos y me río, me río feliz porque sé que lo logré. Que tras cuatro horas, 50 minutos y 48 segundos estoy acá bajo el arco que marca el fin de la carrera de alguien que no es maratonista, sino una simple periodista que busca superarse. Estoy convencida de que con cabeza y corazón los objetivos se logran.

Estos fueron mis segundos 42 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, una experiencia inolvidable que quiebra hasta el más fuerte y donde el dulzor de estas lágrimas que me mojan los ojos se mezclan con la sal de la emoción.