Por Leandro Vesco

Diógenes Chapelet salió a mediadios de noviembre pasado al patio de su casa como todas las tardes, pero la avaricia de los productores sojeros le iba a tender una trampa mortal: un vecino a apenas veinte metros estaba fumigando y de repente la dirección del viento cambió: el veneno le dio de lleno a este hombre de 75 años. 60 días después murió en una Clínica de San Justo (Santa Fe), su familia pide justicia. Sus vecinos, continúan fumigando.

La soja los enceguece. Desde hace años nos fumigan por todos lados, por año tenemos que soportar entre 20 o 30 fumigaciones. Mi papá antes de morir nos pidió que hiciéramos todo lo posible para que nadie más sufra lo que él sufrió los días que estuvo envenenado”, relata Sergio Chapelet, hijo de Diógenes, siete hermanos más, una madre también enferma por los químicos, varios hijos y nietos no saben qué hacer para continuar viviendo rodeados de “arañas” y “mosquitos” fumigadores. “Lo único que pedimos es que nos dejen de tirar venenos, nosotros queremos seguir viviendo acá”, ruega con bronca Sergio.


Diógenes, los primeros días luego del envenanamiento. Noviembre 2017.

La muerte de Diógenes fue dolorosa y solitaria, y alrededor de ella se tejió una trama de desaciertos médicos e institucionales. Se quiso ocultar esta muerte, el gobierno de la provincia de Santa Fe envió incluso un técnico fitosanitario para intentar callar a la familia y desvincular la responsabilidad del agente químico usado, “el glifosato no hace nada”, llegó a decir Horacio Peninno el oscuro personaje estatal que destrató a la familia y cuya responsabilidad en la muerte de Diógenes es real: él tenía que controlar el uso del agroquímico y no lo hizo, sino todo lo contrario, promueve su uso. “Nos enviaron a un enemigo: lo único que hizo fue defender el uso del veneno”, explica Sergio.

El engranaje del poder de la soja se ve en los pequeños pueblos y parajes, los productores sojeros, amparados por la política, hacen lo que quieren. San Justo es un departamento a 130 kilómetros al norte de Santa Fe capital, es la puerta de entrada al mundo de la soja, las semillas transgénicas y los agrotóxicos. La vida se resiente en esta tierra ahogada con veneno. “Acá el dinero vale más que la vida”, asegura Sergio. Marcelino Escalada es una localidad de menos de 1800 habitantes, rodeada de campos contaminados. La familia de Diógenes vive en un caserío a un costado de la ruta 11, son cuatro casas, están a un par de kilómetros del pueblo. Hace casi 50 años que están allí. Lo último que sintió Diógenes no fue el aroma de las flores, o el resplandor del rocío: sus pulmones se cerraron tras inhalar una fuerte de dosis de un químico que jamás se supo qué era. “El fiscal habría podido pedir una autopsia para conocer las causas de la muerte“, se indaga Ricardo Serruya, periodista santafesino que fue el primero en difundir la noticia.


Su situación comenzó a empeorar. Diciembre 2017.

La verdad acerca de lo que pasó la cuenta uno de sus hijos, Sergio, quien también como las treinta personas que viven en este paraje sufren las consecuencias de las fumigaciones: “Todo empezó a mediados de noviembre, al lado de casa hay un campo de trigo, y el dueño fumigó a veinte metros de la casa de mi padre, el viento cambió y le dio de lleno a papá. Yo sé que se trató de un producto muy tóxico, él nos dijo que estaba fumigando con algo para la roya, pero para nosotros echó algún defoliante, porque los días anteriores había llovido. El defoliante seca todo, si a una cosecha le faltan quince días, la podés levantar en cinco. Si aspiras eso, te seca, te mata. Esa misma tarde ya empezó a tener dolor de pecho”. El defoliane lo inventó Monsanto y se usó por primera vez contra seres humanos en la guerra de Vietnam, pasó a la historia con el nombre “Agente Naranja”.

Diógenes se levantó muy mal al otro día, dificultad para respirar, ardor en el pecho, dolor de cabeza, náuseas, todos estos fueron sus síntomas. Pasaron unos días y le comenzaron a salir manchas en los pies. “Fuimos al médico del pueblo, quien sabe muy bien las consecuencia de los agrotóxicos, el Dr. Celso Brigada, actuó muy bien porque no nos hizo perder tiempo. Nos envió a San Justo para que vayamos a ver a una hematóloga, pero estaba en un congreso y nos derivaron a una dermatóloga. Nosotros queríamos que le hagan una biopsia, pero para hacéresela tenía que autorizarla la hematóloga. Mientras tanto, mi papá empeoraba, y ningún médico le daba un tratamiento, a pesar de que nosotros les decíamos que había sido el veneno que había aspirado en el campo. Finalmente llega la hematóloga y le pide la biopsia, pero tarda mucho tiempo, en ese ínterin a papá le daban suero, nada más. Fue empeorando aún mas, las manchas se le hicieron más grandes y le subieron al cuerpo. Comenzó con dolores internos y lo llevamos a un nefrólogo. Ya hacía veinte días que había sido envenenado. El nefrólogo cuando lo ve, se alarma, y nos dice que los órganos internos estaban siendo tomados. En conclusión: pasaron cuarenta días hasta que recibió un tratamiento, pero ya fue tarde porque papá comenzó a entrar en shock y muere”. El deceso se produjo el 8 de enero último.

Los días en lo que nadie sabía o no quería involucrarse en el caso Diógenes, fueron duros, “papá sufrió mucho”, sostiene con dolor su hijo. Iban y venían de San Justo al paraje. El sinsentido y locura por levantar la cosecha volvió a golpear a Diógenes, en uno de esos días en los que regresó a su casa, un vecino volvió a fumigar. “El olor era insoportable, tuvimos que encerrarnos en las casas” Esa gota rebalsó el vaso, hicieron una denuncia policial. Cuando llegó a la comuna, se apersonaron en la casa de Diógenes el Presidente Comunal de Marcelino Escalada, Clemente Faletto –también productor agropecuario, responsable de fumigar en los campos vecinos- y un técnico fitosanitario que trabaja para el Ministerio de Producción de la provincia de Santa Fe. “Nos trajeron un enemigo. Un total maleducado, Horacio Peninno se llama, soberbio, nos decía que el glifosato no hace nada, el defendía a los venenos, su compromiso es tratar de controlar su uso, pero él nos decía que gracias a los venenos se podía sembrar. Nos quisieron hacer firmar un acuerdo para seguir fumigando, obviamente nos opusimos y este señor se fue a los gritos” A los pocos días, Diógenes murió. Nadie más vino a visitarlo.


Familia Chapelet, en el patio. Enero 2018.

En el pueblo sabían lo que pasaba. “Pero los colonos no entran en razón, Faletto, Rucci y Filipa son algunos de los que siguen fumigando” Días después de la muerte de Diógenes, el Presidente Comunal elaboró una Ordenanza y nos dijo que se “iba a poner del lado de los que defienden la vida”, pero cuando quiso tratarla recibió toda clase de presiones de los productores, de sus vecinos. Este papel establece un perímetro de unos 1000 metros para que no puedan fumigar cerca de la casas. “El problema que tenemos es que nosotros vivimos en zona rural y esa Ordenanza no nos incluiría. Nuestra vida no vale nada. Queremos que al menos nos nombren como paraje anexo al pueblo, porque sino, nos seguirán envenenando”. La Ordenanza está en discusión. “Nosotros no queremos plata, hasta ahora no hemos hecho una denuncia penal, queremos que no nos sigan envenandando”, clama Sergio. “Acá ya es imposible vivir. Hay niños, y mi madre, de 74 años, tiene problemas pulmonares, todos estamos afectados por el veneno. Lo único que te queda es meterte adentro de las casas, pero no es suficiente, porque el veneno sigue quedando en el suelo, se levanta viento y te lo trae. Nosotros no tenemos agua de red, sino de pozo, y sabemos que está contaminada, fumigan al lado del pozo”.

Sergio recuerda cómo era esto antes, “era naturaleza pura, ahora ya no han quedado pájaros, se han muerto lo cuises y ya no se ven liebres. Las plantas se secan, los frutales, las huertas, todo se ha muerto, está todo enfermo”.


Familia Chapelet, en el fondo de la casa donde se producen las fumigaciones. Enero 2018.

La comuna se disculpó con la familia. “Pero ya es tarde, papá está muerto” Los Chapelet son náufragos atrapados en un mar de soja, semillas transgénicas y agrotóxicos. El modelo productivo se cobró otra vida, pero si las cosas no cambian, habrá otras esperando. “Acá los productores usan a sus propios hijos como banderilleros cuando fumigan, yo me pregunto: ¿tanto te puede gustar la plata para envenenar a tu propio hijo?”. La observación pinta de cuerpo entero la realidad del campo argentino, el abandono de la vida, la desesperación por producir más a cualquier costo. “Estamos desprotegidos, los abogados te tumban las ordenanzas para limitar las fumigaciones, nuestra preocupación es cómo vamos a seguir viviendo” Diógenes murió porque salio al patio de su casa a ver caer la tarde. “Que nadie más sufra lo que yo sufrí los días que estuve envenedado”, fueron sus últimas palabras. Su familia está decida a resistir, necesitan ayuda.