Por Leandro Vesco

Pedro Luca hasta los 14 años vivió en el pueblo, pero una mañana cuando regresaba en tren desde Bolivia, saltó del vagón y en ese impulso decidió cambiar de vida. Nadie lo halló por años, desapareció, y encontró en la soledad de una cueva a 1.100 metros de altura, un estilo de vida sano y humano. Hace 40 años que vive así.

Los días de Pedro comienzan temprano, a las 3 de la mañana sus gallos lo despiertan, duerme dentro de su cueva con un fuego que siempre está prendido, “el fuego es mágico, siempre prende”, cuenta. Entonces baja hasta el pie del cerro, tras casi cuatro horas de caminata, ve si algún “bicho” ha caído en sus trampas. Esto será su comida. Cada tanto va a San Pedro de Cololao, el pueblo más cercano a buscar maiz para sus gallinas, un poco de harina, velas y una botella de vino. No necesita más.

Toma agua de un arroyo que pasa a 50 metros de su cueva, “Es el agua más pura, la más rica de todas” Pedro tiene ocupaciones simples, ordenar la ropa, algunas ollas, y procurarse su comida. No sabe por qué abandonó la sociedad, no lo puede explicar más que con esta sentencia: “La violencia y el alcohol arruinan al hombre. Entonces yo prefiero el campo. Ahora mi familia, son los bichos”, tiene 14 gallos y gallinas y dos cabras.

La poca familia humana que le queda a veces va a visitarlo, Juan Carlos es sobrino de Pedro y cuenta un poco algunas referencias de la vida de este anacoreta. “Nació huérfano: su madre murió al darlo a luz. Mi abuelo lo crió. Siempre quiso vivir solo. Nunca molestó a nadie. Hoy en Tucumán es una leyenda, personas de todo el mundo suben para visitarlo. Hasta los niños de las escuelas organizan excursiones para verlo. Le llevan comida y comprueban que es verdad, Pedro existe” 

A pesar de no desdeñar de la compañía humana que a veces tiene, prefiere los animales. Algunas veces se acercan a su cueva algún que otro puma, y se queda mirándolo, aprovechando el calor de las llamas en las desalmadas noches de invierno. Tiene una pequeña radio portátil que a duras penas y cuando el viento lo decide, capta alguna radio perdida en el éter. Aunque lo que menos le falta es música, la naturaleza le da el canto de las aves, el crepitar de las ramas en su fogata y el ceniciento encanto de la melodía de la soledad de montaña.

Lejos de los problemas mundanos, la salud de Pedro es fuerte como la roca que lo contiene. “En pocos días voy a cumplir 80 años. Nunca me he preguntado por qué elegí vivir aquí. Había otra cueva más allá –señala- pero no me gustaba tanto como ésta. A veces pienso que me hubiera gustado conocer el mundo, ir a otros países, cruzar a Europa, pero hay mucho mar en el medio y hay que tener tiempo para cruzar el mar

Mientras las luces del pueblo se prenden, el fuego abriga a Pedro no sólo del frío, sino de una sociedad que se ha perdido tanto en los laberintos del progreso que observa con asombro lo que debería ser normal: que un hombre viva su vida en una cueva, pleno y feliz.