Luce la galería un nuevo y confortable sillón en el que doña Potola se ha sentado por primera vez en su recuperación.  La están mimando cucharada a cucharada con la comida que le han recetado y que se ha comprometido a comer sin chistar.
-No digo que está desabrida, porque ese título lo tiene ampliamente ganado la sopa del hospital. Usted no lo puede imaginar, señora, imposible que la gente pueda reponer fuerzas.
-No diga eso. Mire cómo está usted, luce espléndida. A la tarde vamos a tener una cita con la peluquera para que luzca bonita cuando la vengan a visitar.
-¿Será necesario?  ¿No me estarán por velar?
-Doña, cómo se le ocurre una broma con la vida.
-Sosiegue -intervino Prosperina-, con la muerte no se hacen bromas.
-Siga tomando la sopa que viene la papilla y su nieta Belencita se va a cansar de estar teniendo la vela.
-Es el primer día y si ya se están cansando, me mandan de nuevo a unidad coronaria y las chicas que son muy sensibles me van a cuidar.
-No lo dudamos, pero a respirar profundamente que hay que hacerle frente a lo que dejó la sequía y que no es fácil de resolver.
-Señora… ya sabe que como siempre, su amiga ya encontró la solución.
-No empiece a ironizar.
-No lo hago, y la Presidente tiene razón. Nos tenemos que dejar de rezar mirando hacia el cielo y después ir a pedirle plata al Gobierno. Estuvo perfecta.
La señora República se acercó y tomándola de la muñeca, se puso a buscar el pulso debajo del camisón.
-Creo que algo no anda bien, doña.
-Ella tiene que salir a conseguir dinero fresco para pagarle a los diputados y a los senadores. Hay que hacerle frente a esos gastos  y encima Moreno la mira mal, pues quisiera que los doscientos metros que a ella la separan del helipuerto a la casa de gobierno, los hiciera en algún nuevo rastrojero de los que los técnicos jóvenes de La Cámpora nos están preparando para que usemos en el campo.
-Me conformo con el pulso y no le tomo la presión. Hay muchos gastos, señora, y ella se tiene que preocupar por todos. Ya le va a caer el vice de la guitarra a pedirle un ajuste, pues tiene que encarar la construcción de la casa en la playa y ni le cuento si tiene que renovar las motos.
-Señora, me dijo el médico que nada de emociones ni de enojos, pero la verdad, me quedo con las alucinaciones de la anestesia que me tuvieron varias noches preocupada sin saber por dónde andaba ni quién era.
-Ya pasó todo, doña Potola, y la vamos a tener de pie pronto como un roble.
-Gracias, señora, no me alcanzarían las hojas de la revista para las gracias que debo y no olvidarme de nadie, pero cada uno que lea la crónica sabrá que allí encontrará mi sonrisa agradecida.
Nos encontramos en cualquier camino, si Dios quiere