Fotos Marcelo Arias

 

El camino es una arteria que viene a cortar una alfombra de mil verdes, el claro de los brotes del té, el verde oscuro de los árboles altos y los otros tonos que hace cambiar el sol con cada rayo. Elogiamos el camino, que baja y sube. “Esto es Misiones”, dice Oscar Burger, congraciado. La calle, colorada, es una puñalada en medio del verde que funciona como una antesala de su casa.

Es noviembre y hace unas semanas empezó la cosecha de té 2013/2014 en toda la provincia. Burges es productor tealero desde los años 70, 20 años después de que Misiones empezara a mostrarse en el mapa de este cultivo. “Empecé a producir en momentos en que el té era muy rentable, pero hoy no hay precio y entonces se convirtió en una producción alternativa: hoy no se puede vivir sólo del té”, dice el hombre, mientras sale de Oberá para meterse en Los Helechos, la localidad que le sigue.

Se cosecha de noche, cuando el sol deja de golpear los tallos que la cosechadora recoge y vuelca en una jaula que, automática, se descarga en el camión. El té es una planta perenne, o sea, no tiene una cosecha única, sino que vuelve a crecer después de cada corte desde el momento en que empieza la cosecha, en octubre, hasta que se da por terminada, a finales de mayo, según el clima.

O sea, con los primeros calores empieza la recolección del broto (un tallo tierno compuesto por cuatro o cinco hojas) que termina con los primeros fríos. Cada tres semanas se cosecha, para darle tiempo a que la planta rebrote. En total, se la puede cosechar entre 7 u 8 veces a la planta de té, con un pico alto en verano, pues es con el calor que esta especie de ligustrina da lo mejor de sí.

“El problema del té es el precio: el 95 por ciento se exporta al precio internacional, 0,85 centavos de dólar el kilo, y el 5 por ciento restante queda para consumo nacional”, explica Burges. Y recuerda un pico de producción en 1977. “Con 36 mil kilos de té, podías comprarte una camioneta Ford F 100”, compara.

Pero el del precio no es el único problema del té; el otro es un ácaro que es capaz de oscurecerlo, retorcerlo y dejarlo casi inerte si no se lo trata a tiempo. Oscar baja la ventanilla de la camioneta y muestra unos cuadros de té color marró. “Es caro combatir ese ácaro porque cuesta 500 pesos el litro. Es una formulación preparada para no afectar al ser humano que consume el té”.

Me tomo cinco minutos

Oscar abre un tallo para mostrarlo: el sol devuelve un verde fluorescente que marca las nervaduras de la hoja como las venas en un brazo. “Antes se cosechaba el broto más chico y eso daba un té de mejor calidad, porque cuanto más chico sea el broto, más sabor tiene”. Hace una pausa y explica que las cosechas varían. “La otra cosecha viene más gorda. Nosotros decimos que viene una flaca y una gorda”, explica.

El té amplió su espectro en relación con los usos que la industria le da: colorante de ropa y de pintura. Pero el precio no creció en relación a ese uso. “Tenemos que entender se produce desde acá hasta India. Somos muchos los países productores de té, no es como la yerba. Además, para tomarnos un té usamos dos gramos. Eso tampoco es como en la yerba”.

* El té necesita no menos de 17 y no más de 30 grados centígrados para desarrollarse bien.
* Precisa de una lluvia por semana de 20 milímetros. Pero en Oberá pueden pasar hasta 30 días sin lluvia. A eso le dicen seca.
* Las heladas afectan el rinde
* Oscar Burges fertiliza con nitrógeno, fósforo, potasio, y magnesio.

Elaboración del té: del broto al saquito

Burges camina lento, pero maneja con velocidad cuando el equipo de El Federal le pide apurarse antes de que el sol se vaya y la falta de luz nos impida tomar fotografías. Salimos de Oberá por la ruta hacia Panambí, donde está la Cooperativa de Tealeros de Oberá que, en sus mejores épocas, agrupaba 8500 socios; hoy, si bien elabora y exporta, cayó bajo el yugo de Casafuentes, el gigante que controla la producción y el precio de la región. El otro grande es Oculovich, apellido conocido por Carlos, un reconocido corredor de Turismo Carretera.

Misiones concentra el 90 por ciento del té nacional. Por eso la cooperativa tiene sedes en varios puntos: Aristóbulo del Valle, Panambí-Los Helechos, Alvear-Alberdi. En cada punto tiene una planta elaboradora. Y dede cada punto exporta el té misionero a Chile y Estados Unidos.

Oscar Burger conduce con pericia una camioneta y lo hace por caminos en los que otros apenas podrían caminar. Veloz, nos lleva a la cooperativa: salimos de Los Helechos y ponemos un pie en Panambí, cuando empieza a oscurecer. En el galpón hay olor a té: fuerte, como si la garganta quisiera picar.

Una vez que el té se cosecha viaja a esta planta de procesamiento, adonde se lo somete a un proceso dividido en partes.

1. Deshidratación. Es el proceso del marchitado. No deben pasar más de cinco horas desde el cosechado para someterlo a este primer paso, donde se calientan las hojas, se les quita el agua y luego pasa a la arrolladora, donde se lo aplasta y se lo pica.
2. Fermentación: en esta fase el té queda negro.
3. Secadero: una vez sorteada las partes anteriores, entra al secadero: un horno alimentado a leña, sin fuego directo, sino con aire caliente, a 130 grados.
4. Tipificadora: aquí se divide el té por la calidad. Sale en sacos de entre 380 y 500 kilos.