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Revista el Federal - Mi Pueblo - nota

La Larga, el pueblo de los solteros

Aquí donde vivió Julio Roca, hay personajes que dicen conocer el secreto de la vida eterna, un almacén de ramos generales intacta, una gloriosa panadería, una carnicería con fachada de panteón y solitarios que convierten a este pueblo de 90 habitantes en la curiosa capital nacional de la soltería.

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Por Leandro Vesco – Fotos Juan Carlos Casas

Acá en La Larga hay una gran pelea. “Se pelean la paz con la tranquilidad. Hay días en que no sabés quién gana, pero lo que sí es seguro es que si te vas un día de La Larga ya la extrañás, no podés vivir en otro lugar”. Ricardo es el almacenero y es uno de los pocos hombres que está en pareja en este pueblo en donde los solteros ganan el partido. El pueblo es conocido, picardía criolla mediante, como remate de toros: puro macho.

Ricardo vive con Silvia, quien hace unos años vino por trabajo y por nada en el mundo cambia esta vida por otra. “Somos una gran familia, si nos pasa algo, nos ayudamos entre todos”, dice, sintética y clara para definir el rasgo fundamental de La Larga: el sentido comunal de la vida.

Estamos en un típico pueblo de nuestra Argentina más querida, donde la palabra vale más que el dinero. “Hice a pulmón todo el almacén”, cuenta con orgullo Ricardo, un hombre que todos los días recorre los quince kilómetros que separan La Larga de Daireaux sólo para ir al correo y traer la correspondencia de sus vecinos, que deja a un costado de la puerta del almacén, antiguo hotel del pueblo, que hoy es el punto de encuentro de esta comunidad.

“Es un servicio que hago sin cobrar un centavo para que todos pueden tener correo”, avisa. Los sobres se desordenan cada vez que entra alguien con la esperanza de hallar una carta con su nombre. La vida epistolar aún se conserva en los pequeños pueblos en donde lo digital no le puede ganar a la tinta.

El ramos generales de Ricardo maneja poco efectivo. “Yo tengo por norma la palabra”, dice. La pila de libretas sobre el mostrador, llenas de anotaciones y de números, nos da cuenta de que, enhorabuena, la confianza es un valor respetado. “Si me decís que me vas a pagar, cómo no voy a creerte”, remarca. Silvia, su compañera lo mira con admiración. Sabe que quedan pocos hombres así. A pesar de eso, Ricardo se jacta de que nadie lo haya llevado nunca al altar. “Formalmente, seguimos de novios”, y abraza a su mujer, con simpatía y amor.

Amores de Roca

Un hechizante olor a cedro se desparrama por la arboleda que acompaña el camino real. La brisa transporta pequeños puntitos brillantes. Si no fuera porque sabemos que estamos despiertos, podríamos jurar que estamos en un pueblo soñado. Es que La Larga es un pueblo hermoso. Ni bien entramos, la gente se nos acerca con confianza y ganas de hablar. Hay un puñado de casas que abrazan la antigua estación, muy bien mantenida, hoy Biblioteca Popular de este apacible y pintoresco pueblo cuyo origen se remonta a los tiempos de Julio Argentino Roca.

La vieja pulpería se transformó hace unos años en la capilla del pueblo y todavía es posible vislumbrar su antiguo rubro, con una edificación que nos recuerda un boliche. “Si habré tomado ginebra en la iglesia”, tira un pícaro gaucho que se nos arrima apenas nos ve caminar por el pueblo.

“Tengo 75 años y conozco el secreto de la vida eterna”. Roberico, alias el Cuzco Negro, soltero, como no podía ser de otra manera, parece tener veinte años menos. “Comer carne, mientras más gorda mejor. Vino, siempre tinto, y no decirle que no al baile”, revela la hermética fórmula de este descendiente de indios que rememora los tiempos en donde la pulpería estaba en funciones. “El Gaucho que no tomaba ginebra, no era gaucho. Cada dos por tres, se armaban paleas”.

Su vista se pierde en esos años en donde era tractorista de la Estancia La Larga Grande, de más de 50.000 hectáreas que dio origen al pueblo y que fue cedido por el Estado Nacional a Julio Argentino Roca como recompensa por los servicios prestados en la Conquista del Desierto. La sombra del controvertido mandatario sobrevuela la historia del pueblo: la estancia es aún una de las más grandes empleadoras de la zona.

Hace unos años el casco fue incendiado en turbias circunstancias, pero luego reconstruido. Todavía hay mobiliario y dependencias de la época en donde Roca pasaba largas temporadas en el pueblo. La historia del caudillo se traslada a unos kilómetros del casco urbano, donde se erige un palacete señorial llamado “La Madama”, que perteneció a la amante de Roca, una rumana que recaló en este confín del mundo y que tras la muerte de él, fue echada por las hijas que siempre se opusieron a esa relación clandestina.

La Madama murió en la miseria pero hoy su casa parece sacada de un libro de cuentos. Seguimos nuestro camino y una construcción funeraria nos asombra en la mitad del pueblo. Roque Cosentino fue un arquitecto muy conocido en Daireaux, hizo muchas bóvedas en el cementerio local, y cuando le pidieron que hiciera una carnicería en La Larga no anduvo con vueltas y construyó una bóveda que hasta hace poco funcionaba como carnicería. “Se ve que no tenía muchos planos”, dice, risueña, María Luz.

El pan de la vida

“La pulpería de La Larga es ahora la capilla del pueblo”. Así nos recibe Juan Pablo Miguel, nacido aquí y dueño de la Panadería La Larga. A su lado está María Luz Miguez, de la vecina ciudad de Daireaux. Ambos serán quienes nos guíen por el pueblo. Los une la amistad y las ganas de transformar a La Larga en un destino turístico y un poco más que esto: hacer de este –y de otros pueblos del distrito- mejores lugares para vivir.

Llegamos a la centenaria panadería de Mario Dermit, 59 años, panadero de oficio, quien a los gritos, con la pasión de aquellos elegidos que trabajan para lo que han nacido, nos cuenta que está en esta cuadra desde el día después de dejar la colimba. La panadería parece un museo dedicado al trigo y su influencia en una comunidad.

Los clientes no sólo buscan galletas, sino que acuden en destacada embajada a la panadería a saber los últimos rumores del pueblo. Acaso sean las panaderías los comercios más necesarios para una comunidad. El mostrador está a cargo de Norma, quien se jacta con orgullo de haber salido muy pocas veces de La Larga. “Acá tengo todo, solamente me entristece saber que no pasa el tren”.

La matinal luz meridiana le da un reflejo dorado a su rostro de mujer buena. Lo mira a Mario y nos advierte: “No le crean nada, es mentiroso”. Mario, es su hermano, que revela los secretos de su oficio. “Primero tenés que amasar con ganas, sin ganas no podes hacer nada. Los panaderos solteros hacemos mejor pan que los casados”. La clave, según él es no tener compromiso. Señala las bolsas de harina y el horno. “Esto pasa a ser tu vida”.

Mientras nos guía por la legendaria amasadora Siam, muestra los tendillos, los moldes para hacer las galletas y anuncia que dentro de poco se hará el Baile del Cerdo Facturado. “El club queda chico, viene gente de todas partes”. Juan Pablo y María luz abren las puertas del club Huracán, tesoro del pueblo, envidia de cualquier ciudad, y en donde además comenzarán a dar cine. Entran más de 600 personas. Para dejarlo nuevo como está, todo el pueblo ayudó. “Mi papá donó durante un año su sueldo de concejal”, recuerda Juan Pablo.

Así es como se hacen las cosas en estos pueblos, donde la comunidad es una gran familia y no hay miedo al trabajo. La Larga es un pueblo feliz y el sol parece darse cuenta de esto, porque baña con singular tono la vida que estos 90 argentinos viven en paz y tranquilidad.