Los ojos rasgados, negros, dulces y profundos de una docena de chicos se clavaron sobre la pared. Allí, bajo un vidrio protector la bandera histórica que el General Manuel Belgrano le entregó en agradecimiento al pueblo jujeño se exhibe en una sala especial de la Casa de Gobierno de Jujuy, de estilo del barroco francés construida en 1902. “Es la Bandera Nacional de la Libertad Civil del Ejército del Norte”, dice la guía de sitio, Cecilia Pereyra que permanece en la sala para las visitas guiadas. Los chicos, ataviados con la vestimenta acorde al bicentenario de la gesta heroica de su pueblo, con los tejidos de telar, las polleritas acampanadas de colores fuertes y los sombreros de lana prensada (paño lenci) estaban impecables. Se sentaron en ronda en el piso y sin pestañear siguieron segundo a segundo la explicación de la experta. Habían recorrido 360 kilómetros desde su pueblo en uno de los extremos de la Puna, Yabi. Era la primera vez en sus vidas que viajaban a San Salvador de Jujuy. Y allí estaban, de punta en blanco escuchando el relato histórico. Tan respetuosos, tan emocionados de representar a la Escuela El Cóndor, Wolf Scholnik, que cuando El Federal le consultó a Gabriela, una de las alumnas, que con ojos brillantes y las mejillas  coloreadas y mirando al piso dijo: “Sí, me gustó”. Y el silencio. La gente del Norte dice que se ha criado en el silencio. Silenciosa fue esta gesta ideada por Belgrano y en la que todos los jujeños juntaron sus pertenencias, quemaron sus cultivos y sus casas y con pocos víveres y animalitos como para empezar de nuevo, abandonaron su lugar para que los españoles no pudieran reabastecerse a medida que avanzaran. El pueblo caminó más de 700 kilómetros. Era 1812. Llegó a Tucumán, donde, finalmente, el 24 de septiembre se libra la batalla de Tucumán, que fue el triunfo que coronó a la gesta histórica y así se selló el destino de la Argentina. Tan solo hay que caminar por las calles de  San Salvador para reconocer en detalles, que son grandiosos, el sentimiento de orgullo de sus protagonistas como hace dos siglos. En Jujuy se respira la dignidad de la historia. Quizás para un citadino acostumbrado a la imponencia de Buenos Aires con sus rascacielos que de tan altos aprisionan las calles y se tornan esquivos a las miradas. Aquí no. Aquí uno tiene tiempo de ver la vidriera de una mercería donde por ser el Aniversario del Éxodo, vistió con lanas celestes y blancas y hasta un sol hecho en hebras doradas, todo el escaparate. La misma capital en su interior alberga vitreaux que en lugar de estar representada la Virgen está Belgrano presentando la bandera al Ejército del Norte. Impecable. Una joya.

El éxodo y el fuego. Aquí es posible estar caminando por las veredas angostas y en plena avenida Belgrano ver al copiloto de un auto. Detener ese auto y saludar  a un historiador como Hernán Brienza que justo llegaba para presentar su libro “Éxodo Jujeño”, editado por Aguilar. Qué además es el único libro escrito con la historia del Éxodo. Es la hora del almuerzo y el evento central del bicentenario ocurrirá esa misma noche del 22 de agosto igual que hace doscientos años. Junto al puente que cruza el río Chico  ya están construidas medio centenar de casas a la vieja usanza y que todavía hay en pueblos del interior. Con juncos. El río serpentea entre las piedras redondas de su lecho y a los lados están estas casas. “Esta noche se prenderán fuego igual que se hizo durante el éxodo. Mientras la gente marcha en silencio por las calles con sus cosas”, dice la guía.
Los actos de homenaje histórico se suceden en todas partes d ella ciudad. Inauguran murales, hay charlas de historia, inauguran fuentes, placas, actos en las escuelas. Las Fanfarrias del Alto Perú, que llegaron un día antes desde Buenos Aires, y están en la vereda junto a la Catedral e interpretan marchas y un “enganchado” que hasta abarca “barrilito, barrilito de cerveza”, le sopla uno de los Granaderos a El Federal. Está el Ministro de Cultura y Turismo de Jujuy, Jorge Noceti, sonriente. Es un día de fiesta Patria como nunca. Que además, enfrente en plena plaza frente al templo mayor, están  los alumnos de las escuelas preparándose para el desfile y todos, sosteniendo una bandera argentina, pero de “ocho cuadras”, dice uno de los chicos. Todo transcurre al mismo tiempo. Mientras el cordobés, Julio Villaruel se trepa a una escalera para poner en hora el reloj de la plaza y le avisa a EF que es el Reloj Nomon, flamea un pasacalle que reza: “Coraje”. En cada esquina de la plaza las palabras sintetizan la gesta: Libertad. Unidos. Amor. Por la vereda de enfrente un mini Belgrano se frena ante la cámara del fotógrafo y dice: “Adelante mis valientes. El pueblo de Jujuy nos necesita”. Es Santiago Morales Di Pietro que apenas se ve del suelo, Su madre se ríe. Acaba de culminar el acto patrio en establecimiento escolar el Jardín Juan XXIII. Acota que fue “el único” Belgrano, que lo eligieron porque era el más alto de sus compañeritos. Frutillas gordas y rojas, se venden en cajones en puestos en las veredas. Hay empanadas de pollo, de queso y de carne. El aroma llama y marca la hora del almuerzo, mientras una pareja de baile, integrada por Matías Quispe y Natalia Zapán, del Centro polivalente de baile, cruzan tomados de la mano, con la ropa impecable para el baile folklórico. “Chacarera simple y bailecito” corrigen al unísono. La  oferta gourmet del Bicentenario se luce en las cartas de veinte restaurantes y en general, en todos los hoteles. Con comidas regionales y criollas típicas de la colonia, pero por sobre todo en homenaje al Bicentenario del éxodo: “Cabrito de la Libertad”, “Lomo de llama del Bicentenario”. El lomo seduce a Brienza y cuenta que desde que llegó no se pierde un homenaje del Bicentenario. Que la presentación del libro fue a sala llena. Y encima, la misma noche del acto central donde están desde el vicepresidente Amado Boudou; el gobernador Eduardo Fellner hasta el ministro de Turismo de la Nación, Enrique Meyer y el secretario de Cultura, Jorge Coscia. Pero es entre todos, Alicia Kirchner la que baja del escenario y la gente se estira para tocarla. La quieren. Afuera del predio oficial, la marcha silenciosa empieza. Pasan guachos de todo el país, pasan alumnos, Ejército, carrozas llenas de banderas argentinas y luces brillantes. La gente se apura para llegar al río, porque allí sí, se corona la noche del Éxodo cuando encienden con antorchas las casillas que se fabricaron especialmente. El fuego vira del rojo al amarillo. Se incendia el río. Se incendia Jujuy. Se incendia la noche impecable del Norte Argentino. La gente puebla las calles, la costa, los puentes, balcones, y techos de autos y camionetas. Todos quieren mirar el fuego. De pronto, las siluetas de cientos de miles de jujeños se visten de dorado por el fulgor de las fogatas que se estiran hasta la noche. La gente sigue caminando y mirando. No cabe un alfiler. Fellner en su discurso lo cita al historiador y periodista Brienza. “Belgrano fue muchos hombres en un solo cuerpo.” Cuesta imaginar la cabeza de quien diseñó esta gesta. Cuesta imaginar un pueblo abandonando su tierra. Y, sin embargo, está allí de pie marchando por el mismo río, las mismas calles montañas y bajo el mismo cielo que hace doscientos años. Por la Patria. El pueblo de Jujuy fue protagonista de su propio homenaje. Dignidad.