El 1º de julio de 1974, a las 14:05, se informó por cadena nacional que hacía menos de una hora había fallecido el presidente de la República, Juan Domingo Perón. La noticia, aunque esperada, conmocionó a los argentinos. Hacía menos de un año, el 62% de los ciudadanos lo había elegido primer mandatario por tercera vez.
A 37 años de su desaparición física, muchos se preguntan cuál fue su secreto para que el movimiento que él fundó en 1945 continúe vigente hasta la actualidad, aun cuando atravesó momentos históricos en el que se predijo su desaparición.
Una posible respuesta es que, más allá de las medidas económicas, las decisiones de política interna y externa y la acción social, Perón desde el comienzo se propuso realizar una “revolución cultural”, es decir, la inclusión de valores que fueron adoptados por el pueblo que lo seguía, pero también por quienes fueron sus opositores y que aún perduran, incluso en los que no son peronistas.
¿Cómo lo hizo? En 1953, él mismo lo explicó en las clases que, siendo Presidente, impartía en la Escuela Superior Peronista: “Todo movimiento colectivo que trata de introducir modificaciones de fondo en la estructura social, debe tener una sólida justificación filosófica. El justicialismo es una nueva filosofía de la vida, simple, práctica, popular, profundamente cristiana y profundamente humanista”.
A esta altura, más de un lector debe estar pensando: ¿Con la filosofía logró que las masas populares lo siguieran? Tal vez sí, porque en sus charlas fue aclarando la definición inicial: “se entiende por filosofía una determinada concepción del mundo y de la vida”. Después tomó cada uno de los adjetivos. “Es ´simple´ porque enfrenta en forma clara los problemas fundamentales y los resuelve por principios sencillos y concretos fácilmente inteligibles para cualquier mentalidad; basta que esa mentalidad esté guiada por el sentido común y por un anhelo de comprensión de las necesidades humanas”.
“Las otras filosofías –agregó- son inaccesibles al pueblo. Casi siempre sus teorizaciones se desenvuelven en un plano abstracto, donde no llega la realidad de la vida. Están hechas para servir a ciertas ´elites´ que disfrutan del ocio necesario para estériles divagaciones, mientras el pueblo trabaja para ellas, falto de una filosofía comprensible que le muestra la causa de sus dolores y el camino de su liberación”.
En cuanto al siguiente adjetivo, dijo: “Esta filosofía es ´práctica´ porque enseña a obrar. La acción y la realización son caracteres típicos de la filosofía peronista. Por eso es una filosofía de la acción. No habla en abstracto de lo que habría que hacer por el hombre en general, sino que da el criterio para resolver los problemas de la vida diaria”.
Por último, Perón definió la característica de “popular”: “Es popular porque se preocupa primordialmente por el trabajador, que siempre fue dejado de lado por la filosofía del conjunto de éstos que constituyen lo que, despectivamente, se llamaba la ´masa popular´”.
Sobre el carácter humanista de su filosofía, Perón definió: “El humanismo peronista no acepta un ´homo sapiens´, por un lado, adornado por las más esplendorosas galas de la sabiduría, y por el otro lado un ´homo faber´ que sólo sabe cavar la tierra o apretar tornillos. Desde los orígenes de la humanidad, los privilegiados tratan de demostrar, por medio de diferentes argumentos, que ellos son seres superiores comparados con los hombres de trabajo a quienes menosprecian”.
“Ahora sí –remató- comienza la historia del hombre liberado. En esta hora, en nuestra patria, los hombres trabajan libres e iguales y el trabajo es el medio de su educación y perfeccionamiento, no el de su esclavización y embrutecimiento. Se abren ante ellos los tesoros de la cultura que ellos mismos fueron creando, pero cuyo aprovechamiento les estaba vedado por los poderosos que los guardaban en los cofres ocultos de las universidades, museos, bibliotecas.”
Es verdad, también, que la gestión acompañó a las palabras. Entre 1946 y 1955, se duplicaron los alumnos secundarios y se triplicaron los universitarios. Los 6,5 millones que tenían agua corriente y los 4 millones que tenían cloacas en 1942, llegaron a 10 y a 5,5 millones respectivamente en 1955, lo que redundó en una disminución de la mortalidad infantil de 80,1 a 66,5 por mil. Los hospitales duplicaron sus camas y la distribución de la riqueza que en 1943 era de 44 por ciento para los trabajadores y el 55,6 para el capital, se invirtió en 1948, alcanzando el 53 para los primeros y el 47 para los segundos.