Detiene en el aire las uñas largas y rojas. Deja una estela bermellón, como un telón fugaz sobre las palabras que fija en el aire. Es uno más entre tantos colores: el violeta del sillón, el rojo de la vereda, el suyo de los labios, el negro de su cabello de rizos en flor. No parece, pero lucha contra un dolor de hombro que le quita el oxígeno. Acaba de tomar un vaso de leche con 800 miligramos de analgésico. “El día del festival, en La Plata, estaba dando a luz otro hombro, te juro”, jura. Desoyó al médico, que quiso enyesarla para que el desgarro no se haga más serio. El yeso le hubiera significado frenar su gira y María Angélica Ayllón Urbina no sabe frenar: aguanta ese dolor como si fuese uno de esos que la desgarran cuando canta. Se contrapone a la dolencia, la alegría por llenar en todos sus shows. “Mis peruanos, en el país en el que estén, llegan para trabajar y guardan hasta el último centavo para verme: por eso canté siempre a casa llena. Y me di cuenta que había muchos hermanos argentinos. He sido muy bien recibida en Córdoba, en La Plata y en Rosario”, pasa revista.
-Un santiagueño rasguea una chacarera y canta diferente a cómo lo hace un porteño. ¿Pasa eso con la música del Perú?
-Creo pasa con todos los ritmos. En Perú, una cosa es un tondero tocado en Piura por un piurano, y otra cosa es un tondero piurano tocado por un limeño. Puede tocar muy lindo, pero ellos tienen algo, no sé, el aire. Es como un misterio.

Animo y aliento

Ayllón seduce. Mira con ojos pícaros y negros. Una mirada que habla como su voz y busca los ojos -y la voz- del otro. Se crió en una quinta limeña, según le llaman en Perú a una construcción compartida, tipo conventillo. Sin baño en el tercer piso donde nació, debía bajar las escaleras para compartir el sanitario entre los 60 departamentos. Cuando Mercedes Sosa o Chabuca Granda cantaban y canal 4 las transmitía, veía sin escuchar las canciones que había oído de su vecina sorda obligada a elevar la música. Porque del televisor de su tía alcanzaba a ver, parada en puntas de pies en la escalera, pero no a escuchar. Aprendió las canciones mirando el movimiento mudo de los labios ajenos. Recién a los 12 años, Eva tuvo su radio: escuchaba bolero, tango y radio Pacífico, donde la raíz le tiraba: oía jazz y blues. De su abuela -la prima de su abuelo, la persona que la crió y a quien llama “mi abuelita”- recuerda a Los Chalchaleros y de su abuelo los tangos (“los cantaba pésimos”, aclara). Es la única Ayllón artista, pero sumó en los coros a Rosa, su hermana.
En la Lima de los años 70 Eva hacía ocho peñas el sábado y cuatro los jueves. Ansiaba ser una estelar y peleaba desde su lugar de “telonera”. “Diez años esperé para ganar un estelar. Antes fui telonera de Lucha Reyes, Tania Libertad, Cecilia Bracamonte, Alicia Maguiña. Nombres muy, muy grandes. Tuve un aprendizaje maravilloso, mejor que el de cualquier escuela, porque la vivencia te la da la calle”. Allí nació su amistad con La Señora del Perú, Chabuca Granda, de quien siempre guarda un consejo: no ser la primera en llegar pero ser la primera en irse de las fiestas. La conoció en la peña El Embrujo, adonde se cantaba sin micrófono. “Cada vez que la veía sentada en su mesita redondita me ponía disfónica, me daba taquicardia, me atoraba, me olvidaba la letra, por el respeto que le tenía. Y me enteré que le preguntaba a la dueña (Elena Bustamante) “¿Cuándo canta esa niñita?”, por mí. Y venía a verme sin que yo supiera. Si sabía que Chabuca venía, me iba”, dice entre risas. Hasta que le habló. De un carro verde propiedad de Paquita, salió para felicitar a Eva por su versión de Cardo y ceniza. Su hermana le clavó las uñas, Eva se asombró hasta quedarse muda. Y empezó a trabajar con ella cuando recién tenía su primer disco. “Siempre me trató de señora, nunca me tuteó. Yo iba a su casa pero no pasaba de su sala. Su mayordomo -de guantes blancos- nos servía el té, ella nos decía lo que teníamos que cantar y nos íbamos”. En Chile la instruyó en una cena de gala a la que se negaba a ir por falta de experiencia protocolar. Granda le propuso mirar los movimientos y copiarlos. “Cuando le ofrezcan vino deje que los grandes beban, porque usted sabe: a mi edad puede usted hacer lo que quiera”, le dijo. Al regreso, le propuso venir a la Argentina, pero el destino le ganó la partida: Chabuca se apagó al poco tiempo en Miami, tras una cirugía. “La lloré con mi vida: sentí que se había muerto mi madre”, confiesa Eva, devota de la Virgen de los Milagros y enemiga de los aviones, donde ha pasado 20 horas viajando para cantar.
Celena, su hermana menor, le acerca el mate, que también toma sobre el escenario desde 1982. Habla de Mercedes Sosa, a quien conoció en Lima en 1984. “Cada vez que vengo aquí viajo con ella”, dice Eva. Y muestra un bellísimo collar que le regalara Sosa.

Me sabe a canela

Por consejo de Marc Anthony cambió al blanco su toalla negra para el sudor que no la deja en paz cuando canta. Eligió una bordada con su nombre. Eva canta y ordena el universo: el río anda, lagrimean los claveles. Ayllón es una artista antes que una cantante, a pesar de su gran cualidad vocal. Mujer total, capaz de hacer florecer una rosa en otoño, de darle palabras al amor, habla como canta, en un tono bello, encantador. 
-¿Qué debe tener una canción para que usted la cante?
-Yo le digo a mis periodistas peruanos, tan curiosos de mi vida, que es una pena que no escucharan mi música, porque en cada tema hay una parte de mi vida. Eso me hace interpretarlo así. Cuando canto tengo que llorar y mis lágrimas caen,   lloro y mis lágrimas caen. Mis momentos fuertes los he cantado. Y la música me ha regenerado, me ha ayudado, me ha quitado todo dolor. Eso es lo que debe tener cada tema. Y arriba del escenario hablo de mi, porque eso quiere la gente, el chisme vestido de canción, jajaja.
-¿Hoy ve un reconocimiento de la raíz musical africana tras años de subestimación?
-Sí, pero todavía no es el merecido. Estamos en pañales en Perú. Creí que con Susana Baca íbamos a abrir un portón, no una puerta. En Perú tenemos mucha música negra y creí que con ella todos iban a querer descubrir la raíz musical. Pero no pasó a mayores. Yo estoy en una lucha continua.
-“Pappo” Napolitano decía que el nuestro es un país triste porque los invasores mataron a los negros y los negros son los dueños de la música del mundo. Un negro compuso la Marcha de San Lorenzo y otro la de la repatriación de los restos de San Martín. Pero aquí se ha negado ese origen.
-Lo que no se tiene de inca, se tiene de mandinga. El origen negro está en una hermosa mujer con una cintura corta y una caderas prominentes, aunque tenga el pelo rubio, pero con rizos, esa es una negra. Recuerda que la canela y el clavo de olor llegaron con los negros. Donde tu veas algunos de esos ingredientes verás un negro o su herencia.
-¿Le gusta cocinar?
-Mucho, me encanta. Y es un milagro maravilloso ver comer a mis hijos.
-Hablando de eso, usted condimentó a su música con varios ritmos, ¿cómo se tomó eso en su país?
-Los puristas aceptaron que la música peruana tenía que evolucionar. Sabía que sólo juntándome con otros músicos era posible fusionarla. Entonces aceptaron que cantase el vals de otra forma, pero sin deformarlo. Yo tengo un canto sincopado, no lo puedo evitar. Lo he hecho con mucho respeto y con mucho temor. Y han aplaudido.Hay que hacerlo bonito. Pero hay gente que canta lindo sin saber que no se trata sólo de eso.  Yo no canto lindo, mi voz no es linda, pero he trabajado mi interpretación. Soy una alumna aplicada de todos mis maestros: Chabuca Granda, Nicomedes Santacruz, Mercedes, Goyeneche. Yo quería cantar como él y como Mercedes. A los 11 años lo escuchaba a Goyeneche, lloraba sin entenderlo hasta que fui mayor. No no soy una gran cantante, soy una buena intérprete.
-¿Es un don o es trabajo?
-Es un don que agradezco a Dios. Nací con este estilo. Los años me han mejorado el color de voz y el haber dado a luz, me  ha engrosado la voz. Yo la trabajo una vez al año, porque mi maestro de canto no quiere darme clases, sólo solfeo y respiración, para hacer los estacatos. Pero el resto me lo dio la calle.