Está contenta en la Argentina. Se siente complacida y asombrada del trato que le dio este país. Da cuenta del prestigio del que goza su nación por estas tierras. “Estoy soprendida por el respeto que tienen ustedes por la historia de Cuba, incluso de los que tienen más críticas que elogios para nosotros. Me gusta mucho la Argentina, me gusta el asado y acá descubrí la rúcula y me hice fanática; le agrego hebras de queso. La gastronomía de ustedes es maravillosa, pero llevo ocho kilos más desde que estoy viviendo acá”, confiesa, sin borrar la risa de dientes que en la piel morena de Yusa parecen más blancos todavía. La artista, radicada en la ciudad de La Plata, es una de las nuevas referentes musicales de la isla, en un grupo de nuevas voces femeninas que puede compartir etiqueta de origen con las peruanas Susana Baca o Eva Ayllón o con la mexicana Lila Downs.

Cuestión de ángulo.

Yusa tuvo su bautismo en la Argentina con una gira en 2009 y por entonces descubrió que “la mayoría de los argentinos son pro-Cuba”. La multinstrumentista (toca la guitarra, el tres, el bajo), que creció en el barrio Alamar, de La Habana, comenzó por la guitarra a los seis años, en la escuela primaria de Alejandro García Caturla. En el Amadeo Roldán Music Conservatory, se decidió por un tipo de guitarra cubana llamada “tres” -en referencia a sus tres pares de cuerdas- y empezó a tocar en barrios de La Habana y en clubes donde el talento se confunde y uno no sabe quién es el artista, si el que está debajo del escenario o el que está alumbrado por las luces. “Hay un prejuicio con los músicos cubanos desde el comienzo de la enseñanza. Yo me había decidido por la música clásica, cuando un profesor dijo en el medio de clase, “¿Una negra haciendo música clásica? Me broté con esa situación”, recuerda con un poco de bronca, que hoy es cuenta saldada porque Yusa es egresada y titular de una de las materias que dicta en el lugar en el que aprendió a tocar.
La trova, en su esplendor y ocaso, es un tema obligado con un cubano, sobre todo cuando hay una cercanía con sus músicos, como le ocurre a ella con Santiago Feliú.
-¿Cómo lo conociste a Santiago Feliú?
-Fue algo natural, pero si hablamos de historia, de chiquita en Cuba era fanática de él. Estudiando música clásica, me encontré con su música, totalmente volada. Tenía once años cuando escuché “se le caen los dientes a mi barba” (de la canción: “Batalla sobre mí”). Yo oía esas cosas y decía “guau”. No podía comprender de dónde venían esas melodías, Puedo decir que me hice música cuando lo escuché a Santiago, por cómo componía, el modo en que llevaba la guitarra. Como era muy pequeña, aún no iba a sus conciertos. Sí iba a los de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, pero porque me llevaban mis padres. Tal vez el amor por Santi, tenga que ver porque él era un descubrimiento propio, ya que es parte de mi generación. Me acuerdo que tenía el disco “Vida” y entonces también lo veía por televisión. Tengo una historia de amor. A cinco cuadras de la casa de mi abuela, había un cine, que se llamaba Cosmos, en donde Santiago ensayaba. La acomodadora era vecina de mi abuela. De modo que ella me llevaba seguido a ver películas. Pero también veía sus ensayos. Me quedaba sentadita atrás. Con el tiempo pasaron muchas cosas. Cuando vas conectando con músicos, conocés a un mundo de gente.
-¿Qué fue lo que pasó?
-Que la música me llevó por lugares insospechados. Luego de haber estado muchos años haciendo música clásica, me ví tocando en el mítico Cabaret Tropicana y en otros centros nocturnos. En el mundo del teatro, encontré el lenguaje de mis canciones. Siempre busco liberarme y cantar las cosas de mi tiempo. Y con Santiago sucedió algo que tarde o temprano iba a suceder: cruzarnos. Una parte de sus músicos fueron compañeros mío en la escuela. Músicos que después trabajaron conmigo.
-Hasta que te llevó de gira.
-Sí, y por eso estoy acá. Santiago hacía años que no salía de giras, antes de venir acá en 2008. Fue súper cool.

El espíritu del suelo.

Yusa carga el tres por las calles del barrio porteño de Palermo y lo toca cruzando las vías en las que el tren se desdibuja por la velocidad. Sin embargo, como si el mundo fuese justo al menos esta vez, el ruido a fusiles del tren machacando los rieles no logra apagar las cuerdas de la cubana.
Cuenta que es un tres que le prestó un amigo especialmente para que posara con él en las fotos. “Mira, este año lo retomé. Es un instrumento típico cubano. Es maravilloso ver cómo se mezclan armónicamente una guitarra que toca un chamamé, una chacarera o una zamba y un tres haciendo punteo de “guajira” o de Son. Es el instrumento que define a la música campesina, de donde nació. Y eso es lo que más disfruto de los instrumentos. También tiene mucho que ver con el tipo de proyecto en el que esté involucrada en ese momento. Ahora resulta que en este país me tratan tan bien, que hay un amigo que me está haciendo uno para mí”. Otro amigo, Raly Barrionuevo, comparte con ella escenario cada vez que toca. Ese cruce de tonos con el santiagueño le hizo registrar un tema en su último disco (“Niña Luna”, de Ey Paisano, disco de Raly de 2004).
En ese acto reflejo de posar las yemas en las cuerdas mientras camina, confirma la máxima que envuelve a todos los cantantes de la isla: debajo de su piel, detrás de su risa sincera y profusa, y más allá de las huellas de las manos, Yusa inhala y exhala música, con ese aire cubano que es tan natural como misterioso, como el del niño que juega sin saber que está jugando.
-¿Qué diferencia hay entre los músicos cubanos y los argentinos?
-La nacionalidad. Pero eso no es un problema para tocar con alguien. Acá encontré músicos geniales y en Cuba también.