A Florencio Gordillo Dávila es un placer escucharlo a 4.600 msnm bajo el cielo turquesa que resalta la Cordillera de los Andes y sus macizos morados, ocres y verdes. Está impecable con su chambergo de cuero, sus sombrero de ala ancha y su barba que jura no volverá a quitarse porque ni su mujer, lo reconoció una vuelta. Tiene humor el hombre. Tiene hidalguía. Esa estirpe que transmiten los que llevan la sangre de quienes dieron la vida por la Patria. De esto se trata el primer concepto de Libertad que condujo a lo que es hoy la República Argentina. Porque la gesta sanmartiniana que logró la liberad de América está presente en todos lados. Pero su dimensión concreta se percibe, quizás, en el mismo suelo donde los hombres que protagonizaron el Cruce: la dignidad de sus hacedores y el orgullo de los hombres de a caballo: los gauchos.
A fines de enero se cumplió la cuarta edición del homenaje a la columna auxiliar, Zelada-Dávila, que junto a más de 300 hombres cruzaron por el paso riojano de Come Caballos a Chile, para llegar a Copiapó. La misión de cada una de las seis columnas que conformaron la estrategia sanmartiniana tuvieron el valor trascendental de formar parte de la celada para distraer al enemigo para ser, al final, aniquilado desde el lugar menos pensado, el tramo de mayor dificultad y altura por donde fue el mismísimo San Martín, tal como explica cada año el historiador Edgardo Mendoza, que hizo el cruce sanjuanino y su vida dedicó a la investigación histórica de la expedición y la estrategia. Tanto que hasta asegura que durante la gesta, las mujeres cuyanas quedaron a cargo de la tarea económica y productiva y no se mantuvieron los resultados. Aplausos.
Esta vez, desde el gobernador riojano, Luis Beder Herrera, parte de sus colaboradores, las catorce agrupaciones gauchas e invitados especiales entre ellos, el vicecónsul chileno concurrente en Córdoba, Rodrigo Quiroga Cruz, se congregaron en lo que fue una década atrás el campamento de Vialidad Provincial que trabajó para que el paso fronterizo sea óptimo para vehículos. Lo cierto es que el sinfín de casas simples pero bien munidas de calefacción, camas cuchetas y frazadas, además de la cocina a full y las duchas y baños incorporados un año atrás, fue el escenario del campamento de partida para el homenaje al Cruce 2013.
Está a 4.200 msnm, en Barrancas Blancas, departamento de Vinchina, donde el propio intendente, Ariel Oviedo, y su mujer, la diputada provincial Silvia Natividad Córdoba, fueron anfitriones de lujo donde los desayunos, almuerzos y cenas de las dos jornadas entre el 19 y el 20 de enero últimos, momento en que se desarrolló este Cruce en homenaje a la Columna Auxiliar que condujeron casi dos siglos atrás el coronel Nicolás Dávila y el uruguayo, Francisco Zelada.
Ensaladas de todos los gustos y colores, cordero al asador, arroces y postre, entre ellos desde bombones hasta tartas que elaboraron las mujeres de Vinchina y la fruta presentada en fuentes enormes, atrapaba a los expedicionarios. Hasta hubo tiempo en el cierre del homenaje de un concierto que brindó el grupo folklórico entonando entre otros temas, “La Chaya” el himno local que se viene en fiesta ahora en febrero con el carnaval.
Mary Ceballos, trata de calentar el agua para el mate en su cabaña del campamento de Vialidad. A más de 4.000 msnm, el agua entra en ebullición a los 80 grados por el efecto de la altura, la presión atmosférica que influye diferente a lo que ocurre en el llano. Los mates resultan fríos, al final, cuando una porteña quiere ayudar, pero desconoce los tiempos acá arriba y con el sonido y el vapor que sale del pico, cree que ya está lista el agua.
Mary cuenta que el trabajo para esta expedición de homenaje consume todo el año. Ella se desempeña en el Ministerio de Educación de La Rioja y coordina desde un primer momento la logística con la Gendarmería, Vialidad, Ministerio de Salud, Secretaría General de la Gobernación, Defensa Civil y Bomberos. Además de organizar las vituallas para los animales, avena, trigo, pasturas. En la altura no hay nada.
De las catorce agrupaciones gauchas, por ejemplo, los de “Viva La Rioja”, debieron salir el 6 de enero desde la ciudad capital al igual que los demás que iniciaron la expedición desde cada pueblo hasta coincidir en el paraje Barrancas Blancas. Una de las columna gauchas que participó del homenaje, oriundos de Guandacol, aguardaron a los expedicionarios en el refugio de Come Caballos, donde acampó y continuó camino en la segunda jornada en la que se llega al hito del límite. 
Mientras tanto, los expedicionarios parten desde Barrancas Blancas, temprano por la mañana, hasta que unen los 32 kilómetros que deben transitar por plena cordillera hasta el primer parate: una vega que serpentea entre las pastura verde y el agua cristalina impecable.
Desde el camino, las camionetas de apoyo avanzan por una cinta lisa de ripio entre cordones inabarcables para vista.

Las montañas forman un escenario incomparable. Son inmensas. El cielo es turquesa y apenas unas nubes redondas que asoman y acompañan desde lo alto casi junto al sol a la columna de cientos de expedicionarios que en la soledad de Los Andes reproducen la imagen de dos siglos que debieron dibujar Zelada y Dávila con sus hombres. Tiene que haber sido así, tal cual se ve hoy. Las rocas no cambian. Y esta porción del mundo se mantiene virgen hasta de las miradas.
Un río allá abajo serpentea y juega con las montañas y su cauce que tallado por el tiempo y el viento se ensancha de piedras y lo que parece un hilo apenas de agua, se transforma en dificultad para los propios animales y los jinetes y amazonas de Los Andes, cuando intentan cruzar una y otra vez este curso de agua que llegará más tarde hasta el llano riojano.
En la vega donde se hará un alto, otro expedicionario atrapa al grupo. Monta una mula que cubre con guardamontes, esos conos de cuero que protegen piernas y pantorrillas. Sombrero a tono y mirada clara. José Antonio “El Gringo” Riera es parte del homenaje. Es enólogo e historiador, tanto que en la historia del “Chacho” Peñaloza terminó protagonizando él mismo el papel del caudillo para un documental.
Hay tiempo para que los animales beban y coman pastos naturales. El descanso es breve y se reinicia la marcha que en la tarde larga alcanza el refugio de Come Caballos, donde una parte descansará hasta al otro día para llegar al límite.
El límite funde a los expedicionarios en un abrazo y pura emoción, más aún cuando se entonan los dos himnos, el argentino y el chileno. Banderas argentinas, del país hermano y la de La Rioja con colores rojos y celestes inundan el cielo y flamean sobre las cabezas. La escena se parece a una película pero es la vida real. Hay que ver al gauchaje exultante y estrechado en tantos abrazos. Llueve y hace un frío de locos a 4.600 msnm. Nada alcanza en la cima. La expedición termina en asado, música y aplauso. Todos prometen verse en “La Chaya”, la fiesta más importante de La Rioja en verano, junto al carnaval