Por Leandro Vesco / Fotos Juan Carlos Casas

“Yo soy localista, siempre frecuento acá”, asegura, con su vermut en la mano, Norberto Eliff, descendiente de irlandeses, acodado en el legendario mostrador del almacén de ramos generales La Paz. Su mirada se pierde por la calle principal de este paraje que hoy vuelve a ser. Con una vida dedicada al campo, es cliente desde los ocho años de este boliche que desde 1859 jamás ha cerrado sus puertas, excepto hace unos días cuando Mabel Gómez, histórica encargada, se enfermó. “Se extrañó mucho”, dice Norberto, como si ese cierre de apenas unos días se hubiera prolongado décadas.

Es fuerte y necesaria la presencia de este lugar por el que pasó la historia de Roque Pérez. Juan Manuel de Rosas dio la autorización para abrirlo, en una época en donde era necesario rodearlo con una zanja para que el malón no se lo llevara por delante. Escuchamos esta historia, mientras Norberto, así como entró, sale caminando despacio. La vida de este hombre de campo encontró su eje diario: tomar dos copas de vermut. “Si toma más de dos, se pone mal”, aclara Mabel, madre y espíritu de este almacén “que siempre estuvo”, como dicen los roqueperenses.

Comentan acá que por estas huellas el padre de Perón, de niño, jugaba con el cráneo de Juan Moreira. Historias y anécdotas que se oyen en las estanterías y por sobre este mostrador alisado por los silencios compartidos, del que hoy de a poco van tomando la posta Julián y Gisela, una nueva generación que apuesta por rescatar esta tradición. Estamos en La Paz Grande, viendo el embrión de una idea.

“Vení a La Paz, vení a la tranquilidad”. Este es el concepto que manejaron José Belossi y Alejandra Tagliaficco, impulsores de este rescate que hoy convoca a mucha gente de los alrededores y que tuvo su envión definitivo con la reapertura del Cine Club Colón, el único cine rural en funcionamiento en la provincia de Buenos Aires.

El circuito incluye además del Almacén La Paz, el restaurant “La Estafeta”, el Almacén La Paz Chica, el mencionado Cine Club, el Almacén Don Julio y el Almacén San Francisco. Entre los dos parajes, La Paz Grande y La Paz Chica, juntan casi 200 habitantes. Se trata de un verdadero corredor en donde los almacenes, la cultura y la gastronomía son los ejes de esta idea que apunta a la continuidad de las actividades para lograr la plena recuperación. “Acá hubo que empezar de cero –comenta Belossi-, el cine estaba cerrado y hubo que reabrir varios almacenes. Estaba todo por hacer, pero nos juntamos y salimos para adelante”.

La historia cuenta que Pedro Coltrinari llegó aquí a los 17 años. Había remontado en barco desde Ancona, Italia. Se estableció en la zona y se empleó como trabajador rural. Hizo algún dinero y regresó a Italia para convencer a su novia de que aquí, en el medio de la pampa, estaba el futuro. Ella le creyò y se casó en la Argentina con Palmira Milanesio. Con ella y otros tantos que llegaron desde Italia fundaron este poblado que llegó a tener tanta importancia que en algún momento se pensó en hacer en La Paz la estación de tren de Roque Pérez.

Este italiano llamado Coltrinari tenía aquí su estancia “San Pedro”. El casco histórico aún se puede ver y hay un proyecto de hacer un hospedaje rural. Por entonces, el movimiento era incesante, la historia se estaba haciendo todos los días. El club, que está enfrente del almacén, atraía multitudes. Ésta es la tradición que buscan rescatar José y Alejandra y otros tantos desde el grupo “Vení a La Paz”, apoyados en la familia Gómez, propietaria del almacén desde 1935.

El recambio generacional tiene aroma a refundación. La Paz Grande sufrió el éxodo común que desde la década del noventa caracterizó a estos lugares. De aquel movimiento de familias enteras que entraban y salían del almacén, fue quedando la soledad y la melancolía. “La gente ya no vive en el campo”, dice Mabel, resignada.

La otra Paz también revive

La Paz Chica es un paraje de una sola calle en donde un puñado de casas le hace frente al viento y al destino. El grupo entendió que había que rescatar no sólo a este paraje, sino a este vecino llamado La Paz Chica. Julián, que trabaja en Roque Pérez, comenzó a pasar más horas en el almacén familiar y su esposa, Gisela, a la que siempre le gustó cocinar, elaboró algunos platos para ofrecer a los visitantes que poco a poco se arrimaban al lugar.

“Yo quiero quedarme acá”, asegura Julián Gómez, estoico y firme. Su seguridad es un crédito que todo almacén necesita poseer. El grupo tenía asegurada la primera parada de este corredor en donde la gastronomía, la historia y la tradición son los ejes por donde comienza la revalorización. La clave fue unirse y no temerle al trabajo; soñar en grande a partir de pequeñas acciones. Alejandra Tagliaficco lo resume: “Todos intentamos sumar”.

La Paz Chica, a siete kilómetros de La Paz Grande, debe su nombre al almacén de ramos generales que se instaló aquí en la década del 30. “Como estaba la Paz Grande, le pusieron La Paz Chica” explica Nelly, nacida en estas tierras, también con raíces en Ancona e hija del primer carnicero del paraje.

“Yo nací en esa carnicería”. Nelly señala con su mirada a un rancho en ruinas. “Era de adobe”, rememora con orgullo al ver el caserío en donde alguna vez pasó su niñez. “Papá se levantaba a las cuatro, carneaba una vaca y salía a vender carne en carreta. Volvía recién a la tarde”. Nelly es además el personaje más popular del lugar porque tiene a cargo el Almacén La Paz Chica, y cocina para los visitantes y clientes de una amplia zona. “Dicen que hago todo rico. Y debe ser cierto. ¿El secreto? Hacer las cosas con amor.”

Acá, en La Paz Chica, el Cine Club Colón es el ecuador rural por donde pasa toda la actividad y no es para menos. En la soledad campera, sobre un horizonte tensado en la infinitud de nuestra pampa, se levanta un edificio que causaría envidia en cualquier ciudad. Mitad cine, mitad cantina, mitad teatro y generador de vida completo, hasta supo ser escuela en momentos en que el paraje lo necesitó; todo esto es el Cine Club Colón.

“Lo hizo un solo albañil en un año, su apellido era Mangalardo”, aporta Alejandra y el dato, por lo menos, asombra. El paraje estuvo muerto cuando el cine cerró sus puertas en la década del 70. Nelly acompaña a este equipo de El Federal y recuerda: “Nos juntamos 22 mujeres para ver qué podíamos hacer para comprar el cine. Estuvo cerrado 20 años. Pusimos plata entre todas, hicimos bailes, rifas. Y lo logramos, pudimos comprarlo”.

Hasta 1984 La Paz Chica contó con el Cine Club, luego cerró nuevamente. Se fueron muriendo las chicas. Y también cerró la carnicería. Pero Nelly no se dio por vencida y unió a los pocos pobladores para redactar cartas y promover acciones para recuperarlo. Así, el grupo “Vení a La Paz” entró en escena y ayudó para que este rescate se hiciera posible. Hoy el camino está despejado y el horizonte lleno de proyectos.

Siguiendo la huella nos encontramos con el último capítulo de esta historia. En una clásica esquina de campo bonaerense, se dividen cuatro caminos rurales, cuatro destinos. En uno de los vértices, se halla el Almacén San Francisco. Como si fuera un faro en medio de la más completa desolación, pero arrullado por esa paz rural que convierte a estos almacenes en refugios anímicos, nos atiende una jovencita, Milagros (17 años) y una niña, su hermana Natalia (de 11). Nos cuentan la historia del lugar, que data de 1930, y que fue hecho por los vecinos cuando los hombres hacían casas como si fuera lo más natural del mundo. Otro almacén de ramos generales de Roque Pérez lo surtió con todos los productos, fiando todo, creyendo en la palabra.

Estuvo cerrado durante décadas, pero el año pasado reabrió sus puertas. Las dos hermanas viven en el almacén con su familia. Aquí, al igual que en ambos parajes, hay futuro. El embrión del rescate y la revalorización, crece y cada día se afianza más. “No queremos irnos del pueblo”, aseguran las hermanas. La frase lo oiremos a menudo en esta serie de viajes. Lo pequeño es más importante que lo grande, sobre todo bajo este cielo que brilla más que en la ciudad.

Cómo llegar:

Ruta Nacional 205, kilómetro 135, a mano derecha se accede al Paraje la Paz Grande. Son siete kilómetros, por camino de tierra, hasta La Paz Chica.

GPS: 35° 21.999666000000104′ S

59° 22.999878000000535′ W

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