Ha sido la platería, sin dudas, el lujo, por excelencia, en el apero criollo del siglo XIX. Los gauchos utilizaban diariamente, lomillos o bastos con juegos de sogas (cuero crudo), para trabajar o viajar, y las pilchas de plata para lucirse en una fiesta o con la prenda codiciada.
Los plateros, hoy, le dicen “chafa”, palabra que proviene de “chafalonía”, a todo el material que solo sirve para ser fundido. En los tiempos en que el gaucho era señor de las pampas, la chafalonía no solo se componía del residuo de plata de los talleres de los orfebres, sino también de las piezas de plata que el indio fabricaba en los toldos, conocida como platería pampa. ¿Y por qué se fundían? Porque ningún cristiano utilizaba una pilcha del “infiel”.
El Dr. Guillermo Palombo, es desde hace muchos años colaborador de El Tradicional, recordamos aquí el libro titulado “Platería Pampa” (1995), donde escribe: “Al recorrer las secciones de avisos de los periódicos porteños editados con posterioridad a 1879, es posible encontrar avisos que ofrecen “chafalonía” en venta “al peso”, o mejor dicho, por onzas. (Recordemos que una onza equivale a 287 decigramos). En ¨El Nacional¨ del 18 de noviembre de 1876 se ofrecen 800 onzas de ¨chafalonía pampa¨ que se ¨venden en la calle Moreno 541¨ ¿De dónde provenía esa chafalonía? Una vez más nos envuelve el hechizo de un desbordado secreto. Como es lógico, las formas de su obtención pudieron ser diversas. Un cacique llamado Nahuelché encontró su fin cerca de la laguna de ¨Las Liebres¨, en junio de 1855 , al ser atacado por Julián Murga, comandante de Patagones, quien al dar parte del suceso reveló que el referido cacique fue ¨conocido por el caballo y las espuelas de plata que se le quitaron, que uno de los prisioneros chilenos declara que él se las vendió a dicho cacique…¨ (La Tribuna, 18 y 19 de julio de 1855).
Este episodio ilustrativo demuestra como una inesperada vuelta de la rueda de la fortuna, devolvía a los cristianos las prendas que el cacique había ¨comprado¨ a un cautivo chileno. De esa manera mucha platería cambiaba de manos. Así como el gaucho se desprendía a veces de sus ¨prendas¨ de plata –que daban íntima satisfacción a su orgullo- en la vorágine del juego, mientras pedía copas y gastaba el dinero con liberalidad criolla, sea para afianzar una parada a las patas del ¨crédito¨en una carrera ¨depositada¨, o en una partida de taba, o de monte o de truco, así también el indio más de una vez cedió las suyas en pago, las vendió para vaciar copas de alcohol o comprar alimentos y chucherías, o las empeñó. Las piezas de plata se desparramaron a los cuatro vientos y terminaron apiladas en montones, como chafalonía sin valor en los cajones de los comerciantes, mercachifles y pulperos (los mismos que le adquirían al indio el producto más lucrativo que proporcionaba la actividad nocturna clandestina: el cuerito obtenido de la carneada furtiva) y entonces se fundían, o se vendían al peso a plateros que, de nuevo, las volvían a fundir mutándolas en otras piezas, vertiendo el mismo metal en otros moldes, a veces ya de baja ley, con mucho de cobre”.
La Ley, en platería, es el cuño o sello que indica el valor de la plata: “950”, “900”, etc. La plata pura es muy blanda y lleva el “1000”. El acuñar las piezas con la ley, es una obligación que Juan Manuel de Rosas impuso a los plateros.
Continúa el autor: “El comandante Manuel Prado relata, un episodio, verdadero pandemónium, que nos pone en la pista de las modalidades que tuvo ese proceso de apropiación: ¨Cuando llegamos nosotros, los jefes, los milicos estaban llenando las maletas con todo lo que hallaban a mano; frenos, riendas, estribos de plata, ponchos, matras, cojinillos, facones, boleadoras, espuelas de plata, todo un bric a brac en el cual no faltaban loa mates, bombillas, pañuelos de seda, sombreros de anchas alas, etc., etc.¨”. Ahí las pilchas.