Por Marcos Castelo Araldi

Los rayos caían a mansalva y el camino cortaba el terreno en dos. El inca surcaba la tierra galopando el lomo de Huayra, su inseparable caballo. El viento les daba de frente, pero su desesperación podía más. Minutos atrás habían intentado perderse entre los matorrales de trigo, pero los españoles eran más listos de lo que parecían y su codicia los había vuelto imbatibles.

El inca miró hacia atrás. La polvareda de los caballos enemigos borraba el horizonte y avanzaba a pasos agigantados. Se tocó el abdomen, la sangre brotaba como la catarata de Huaruro. Respiró profundo y con gestos de dolor, que intentó disimular, apretó la verija de Huayra para que apurara el paso. A la izquierda, el Lago Titicaca absorbía cuanto relámpago caía. El cielo tronaba y la noche empezaba a caer.

La escena estaba clara. El sacerdote inca estaba herido y Huayra cansado. No aguantarían mucho tiempo más. Los españoles eran muchos, estaban armados y llenos de avaricia. El inca apretó el disco de oro contra el pecho, miró al cielo, reclamó misericordia y piedad. No permitiría que el tesoro de la sabiduría cayera en manos del hombre blanco. Al menos, no mientras estuviera con vida.

Los españoles, que poco entendían de los poderes del disco, sólo se dejaban llevar por el brillo del oro macizo. Poco importaba el valor sobrenatural que tenía, pues no lo podían ver. En él sólo encontraban el valor de castillos, mujeres y cuantas cosas podían imaginar.

Ya estaban cerca. Huayra relinchó exhausto, como clamando a Inti que terminara de una vez con ese calvario. Pero Inti parecía no estar de su lado. Al menos no durante esa noche. El inca entrecerraba los ojos y respiraba con dificultad. Se aferró al disco y al cuello de Huayra. Volvió a apretarle la verija y lo hizo cortar camino hacia la derecha. El viento ahora pegaba de izquierda a derecha.

Huayra apuró el paso, como si el cambio repentino lo hubiera reanimado. Un estruendo se oyó detrás del inca y una perdigonada le zumbó el oído. El inca se agachó y se pegó aún más a las crines de Huayra, disco de oro de por medio. “¡Malditos Blancos!”, se oyó decirle. Al frente se erguía una enorme piedra, cortando el paso, con un extraño surco perimetrando un rectángulo. Como el marco de una puerta.

El inca, casi desvanecido, direccionó a Huayra hacia la piedra. Se escuchó un nuevo estruendo. Esta vez, a pocos metros. La perdigonada alcanzó el brazo izquierdo del inca e hirió la paleta de Huayra. Pero no se inmutaron. Huayra y el inca eran uno solo. Una masa uniforme que empezaba a perderse entre la oscuridad y la polvareda de los españoles, que ya se relamían. El oro estaba ahí nomás.

Estaba…

Cuentan los mismos codiciosos que el inca se perdió atravesando la piedra, desapareciendo él, Huayra y el disco.