Por Yolanda López

“Al principio, la Tierra era algo informe y vacío;
las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios
aleteaba sobre las aguas…”

En los pasos que El Creador dio cuando el mundo aún no lo era, nunca dio pistas del misterio que todavía hoy la ciencia no logra desentrañar: el de las aguas subterráneas. “De lo que sucede suelo abajo podemos hacer breves descripciones, tan insignificantes como si estuviéramos viendo una película desde afuera de la habitación donde se proyecta, a través de algunas perforaciones que hicimos sobre la pared para espiar lo que allí sucede.” La frase del hidrogeólogo del Instituto Nacional del Agua, Adrián Silva Busso, encierra una realidad. “Con esa poca información, y con una realidad que cambia permanentemente, debemos hacer proyecciones.”
Conocer en profundidad -valga la redundancia- y saber administrar el agua es una preocupación mundial. En 2000, en el Global Water Vision realizado en Francia, se realizaron diferentes investigaciones con proyección al 2025 para establecer si habrá o no suficiente agua, y de calidad, para la producción de alimentos de la población mundial, sobre todo por una realidad: del 3,5 por ciento dulce que hay en el planeta, el 70 por ciento (el 80 en países de Sudamérica) se usa para regar, según un informe que la FAO reveló en 2008.

Agua oculta. El agua oculta en los pliegues de la tierra tiene una estrella, los acuíferos, que datan de millones de años, y sufre modificaciones: su recarga puede producirse por el agua de lluvia o bien provenir de cientos de kilómetros de distancia, de manera tal que va migrando en la profundidad del suelo y se aloja en acuíferos más profundos. Lo que está claro es que los acuíferos son la vida que brota desde las entrañas de la tierra para hacer posible la producción. En las áreas rurales tienen usos múltiples: para el riego, la aplicación de agroquímicos, la bebida de los animales y la higiene de las instalaciones, el suministro de medicamentos, la evacuación y manejo de efluentes y, sobre todo, para el consumo humano. De todos estos usos deriva la urgente necesidad de conocer y preservar su calidad. La necesidad tiene un sustento: el 23 por ciento del Producto Bruto Interno (PBI) del país se obtiene de la producción regional del área donde se extiende el acuífero Puelches.

Acuíferos de magnitud. El Puelches cubre una superficie de 70 mil kilómetros, es fuente de agua principal en las poblaciones del norte, nordeste y centro-este de Buenos Aires, y su área de influencia se extiende hasta parte de la provincia de Santa Fe y Chaco. Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), el Producto Bruto Geográfico de la provincia de Buenos Aires representa en promedio el 34,2% del PBI, y casi el 68% de ese valor se obtiene en el área por donde se extiende este acuífero (Amato – Silva Busso, 2009).
Sus características acuíferas son excelentes, por el alto caudal de explotación y de almacenamiento que posee, por su porosidad efectiva, su extensión y sus reservas renovables. Junto con el acuífero Ituzaingó y el Salto Chico en el litoral mesopotámico, que están relacionados con él, forman el conjunto de acuíferos de agua dulce más importante y más explotados de nuestro país: se conocen como Acuíferos de la Cuenca Chacoparanaense.
El Ituzaingó es explotado en el litoral occidental entrerriano y correntino, aflora sobre la costa del río Paraná. Brinda en sus pozos un caudal de agua un poco mayor al Puelches. El Salto Chico es explotado en el litoral entrerriano y sudeste correntino, tiene afloramiento sobre la banda del río Uruguay. Se caracteriza por tener escasa salinidad, y contener agua dulce en la mayoría de las localidades que atraviesa. “La importancia económico-social de los acuíferos chacoparanaenses no es comprendida por la mayor parte de los gestores de recursos ni incluso por la población”, dicen Sergio Amato y Adrián Silva Busso en un trabajo realizado para el INA para el Congreso Nacional del Agua 2009. “Hay pérdida de visión global de su importancia y desinformación que conduce a una percepción despreocupada sobre la disponibilidad, sostenibilidad y la protección ambiental del agua.”
En la misma línea, la ingeniera agrónoma Alejandra Herrero, profesora asociada de la Cátedra de Bases Agrícolas de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UBA, dice que la falta de conciencia sobre la administración del recurso no está sólo en las altas esferas. “No es frecuente que los productores realicen controles y se preocupen por cuidar el recurso. Es muy importante que estos hábitos se reviertan teniendo en cuenta que la incorporación de tecnología en la agricultura, el uso creciente de agroquímicos y el deficiente manejo de efluentes en las producciones intensivas ganaderas ha incrementando en gran proporción el riesgo de contaminación de los acuíferos.”

Batalla contra la contaminación. “La contaminación por arsénico y por nitratos son los tipos que más afectan a la Argentina”, afirma Herrero. El arsénico se distribuye irregularmente a lo largo de las distintas regiones y es un componente natural en los acuíferos contenidos en los sedimentos pampeanos. Esto se debe a que el tipo de roca que lo forma contiene un porcentaje de vidrio volcánico. La alteración química de ese vidrio aporta a las aguas del acuífero el arsénico. La concentración en diferentes pozos depende de varias cuestiones. La más relevante es el tiempo de contacto agua-roca y las características propias del acuífero. “Hicimos muchos trabajos en el sur de Córdoba. Notamos que a veces un productor en su campo tiene agua de calidad, pero a 500 metros había otra perforación con alto contenido de arsénico”, dice Herrero. “A veces hay una napa más superficial que no tiene, y otra más profunda que sí. Y viceversa.”
Una de las mejores maneras de prevenir esta contaminación es cuidar y controlar la perforación. “El pozo es una obra civil -afirma el hidrogeólogo Adrián Silva Busso- y así como a nadie se le ocurriría construir un puente sin un ingeniero, nadie debería hacer una perforación sin consultar a un geólogo que le indique cuál es la mejor manera de hacerlo. Esto no sólo prevendría la contaminación, sino también la pérdida de rendimiento de energía en no poner agua en superficie, que incrementa los costos de la producción.” El mejor pozo se construye cuando hay un acuerdo entre el perforista que conoce el arte y oficio de construirlo, y el hidrogeólogo, que conoce las mejores posibilidades de explotación que ofrece la naturaleza.

Consecuencias de los nitratos. El problema es que no tienen color, gusto ni olor. Ningún signo exterior que el productor pueda observar. Sólo un análisis del agua puede determinar su grado de toxicidad. El límite de nitratos para el consumo humano es de 45 miligramos por litro. Este se establece para los niños menores de dos años, que son los más sensibles. Ante una intoxicación puede causar la falta de oxígeno en sangre. Los adultos tienen un nivel de tolerancia mayor, pero por un período de tiempo corto. Aunque otros estudios indican que igual es peligroso.
Una de las primeras acciones preventivas para el consumo humano es hervir el agua, pero al hacerlo sólo se combaten los contaminantes microbiológicos; si hay contaminantes químicos, concentramos la toxicidad. Por eso hay que hacer siempre un análisis del agua.
Pero no sólo el arsénico contamina. Los fertilizantes y pesticidas también pueden alterar la calidad del agua. “Si yo pongo urea que es el fertilizante más común, cuando las plantas todavía no germinaron bien, llueve, se diluye y se va al acuífero como nitratos”, explica la ingeniera Herrero.
Existe también la contaminación por sales. Es importante determinar cuál es la salinidad total del agua que queremos analizar. Las que pueden afectar más a los animales son la contaminación por magnesio y calcio, que pueden llegar a producir diarreas.

Calidad de agua y calidad de leche. En áreas de producción lechera de la Argentina, la principal fuente de agua para los tambos son los acuíferos, a partir de perforaciones individuales. Y si la carne bovina tiene el gusto de lo que consume el animal, la leche será la consecuencia directa del agua que consuma la vaca. El 87 por ciento de la leche está compuesta por agua. Por eso, las vacas demandan gran cantidad de agua especialmente en verano, cuando requieren hasta 120 litros por día. “En el caso de la leche, -explica Herrero- los productores deben cuidar la calidad del agua, sobre todo en verano. Las aguadas deben estar cerca de lugares de sombra. El agua de los bebederos debe tener una temperatura de entre los 20 y 25 grados.”
Asegurarse la salud de los animales requiere de una observación de los minerales que presenta el agua. El exceso de sales puede afectar su salud produciendo diarreas temporales, afectando la productividad. Es preciso no perder la atención, porque la filtración de aguas de limpieza de los tambos o de charcos en áreas donde se concentran animales puede causar un alto contenido de nitratos por contaminación, y combinado con el exceso de nitrógeno en pasturas o alimentos puede producir desde abortos hasta muerte de los animales.

El tambo en la mira. La buena calidad de agua se requiere también para el lavado de los utensilios y de la máquina de ordeñe. “La dureza y la contaminación microbiológica del agua son factores importantes a considerar para la producción de leche de buena calidad. Las aguas duras disminuyen la eficiencia de limpieza en las ordeñadoras cuando los detergentes no incluyen agentes ablandadores en la proporción adecuada”, explica la especialista en uno de sus trabajos de campo.
Cada vez es mayor la presión internacional en lo referente a la calidad de agua en los tambos. Una de las condiciones para tener un tambo exportador con entrada a la Unión Europea es tener agua potable y diseños de captaciones, según el Código Alimentario Argentino. Estas exigencias están relacionadas con las consecuencias de la transmisión de microorganismos que pueden causar hepatitis, cólera y otras enfermedades. Por eso es muy importante la desinfección de los tanques de agua cada seis meses. Pero no es usual este cumplimiento. “Actualmente, en Buenos Aires hay mucha inercia en controlar el agua que consumen las industrias. Pero veo mucho menos empeño en controlar los consumos que realiza el agro, cuando estos son infinitamente superiores”, asegura el hidrogeólogo Adrián Silva Busso. La segunda dificultad es la falta de información, ya que no hay en el país un mapa actualizado con datos nacionales. “Hay que estandarizar una forma común de explotar y controlar el agua subterránea, que es parte del medio ambiente.” A esta realidad, se suma otra: “Lo que asombra de esta riqueza es que las cosas son mucho más complejas de lo que uno supone. Con información dispar y fragmentaria, uno intenta armar un cuadro de lo que pasa en el subsuelo, que cambia permanentemente, por realidad de la naturaleza y de las teorías que van surgiendo.”
Una de las pocas certezas que sí se tienen es que la calidad del agua depende de su cuidado. La eficiencia de los sistemas de producción a futuro dependerán del manejo del agua, teniendo en cuenta que todos los procesos de deterioro en la calidad son difíciles -y costosos- de revertir. Por eso es prioritario definir una cultura de prevención. Una nueva manera de ver al agua que debe comenzar tranqueras adentro.