Empieza a correr el mate cuando llega una chica desde otro taller para hablar con Ramona. Trae un guardapolvo que deja sobre las manos delicadas de la experta encargada del control de calidad. Ramona Benítez agudiza la vista, lo gira en silencio, estira el puño y lo mira. Abrocha los botones y lo toma del cuello, con dos dedos en el espacio que va desde el cuelo hasta el hombro. Mira los bolsillos, revisa los botones. “El próximo te va a salir mejor”, la alienta a la joven sobre el primer guardapolvo de su cosecha personal, uno de los 12.000 que este año produjo el programa textil del gobierno de Formosa, una cifra que piensan triplicar en 2012 hasta alcanzar los casi 150 mil guardapolvos que la provincia distribuye por año a los alumnos de las escuelas públicas. “No es difícil la confección del guardapolvo, el tema es agarrar práctica, por eso cuesta un poco, sobre todo en las terminaciones, en los puños, en el cuello, pero con práctica nada es difícil”, dice Ramona, con más de tres décadas en la confección de diferentes prendas de vestir.

Coser para volver a vivir. “Tenemos que hacer de Formosa una potencia en la fabricación textil, porque acá no tenemos otra cosa hermano”, reflexiona Juan Ramón Montiel, el cortador del taller, un hombre de lentes ahumados y carácter chispeante que, con precisión cirujana, trabaja en la mesa de corte donde de una tela de 12 metros por 1,8 previamente moldeada corta el material para confeccionar entre 1.400 y 1.500 guardapolvos. Es una tarea que hace cinco veces al mes. Treinta y cinco años en el Once y cinco en Milano le dieron el ojo preciso como para no desperdiciar un milímetro de tela bajo la potente cortadora.
“En la calidad estamos llegando a un estándar que queremos mejorar, porque siempre se puede mejorar, pero ahora estamos tratando de llegar a una cantidad, a través de una secuencia de procesos de producción. Antes una persona hacía el guardapolvo entero, ahora vamos a buscar que eso se divida para que cada uno se encargue de una parte del proceso. Controlamos el tiempo y vimos que pueden hacer 10 guardapolvos entre tres personas por día para después ir mejorando ese número”, apunta Néstor Sosa, el coordinador.
La irregularidad de la producción está dada por la experiencia y la practicidad: hay personas que hacen 300 guardapolvos por mes y otras que hacen 50. El objetivo es que lleguen a hacer, cómo mínimo, 100 guardapolvos por mes.
Janet Analía Benítez es la contadora del programa, asesora a los grupos asociativos en cuestiones contables, hace chistes con casi todo lo que ocurre a su alrededor y dice que lo más importante es explicar en criollo los vericuetos legales de los pagos del estado a las cooperativas. “Los miembros de las cooperativas deben ser monotributistas. Están inscriptos como monotributistas sociales, que pagan 35 pesos mensuales.” La mayoría de los trabajadores textiles tiene algún beneficio de Nación o de provincia y la única manera de tener una actividad es con ese tipo de anotación impositiva. “La idea es cambiar la cultura del conformismo”.  

Fuerza textil. “Esto no es un verso, es producción”, dice Horacio Cosenza, encargado estatal del proyecto productivo hecho con fondos del Ministerio de Economía, a través de la Subsecretaría de Desarrollo Económico, con la administración del Fondo Fiduciario Provincial.
El programa creó cooperativas y consorcios para agrupar a los obreros textiles. Las máquinas se las entregan a los integrantes de esas instituciones. Les dan un equipo de 10 rectas, cinco overlocks, una ojaladora, una botonera y una plancha industrial. Además de toda la materia prima: hilos, botones, talles, etiquetas, la tela cortada, las bolsas y las cajas para embalar. Les pagan la confección con materia prima del estado: 15,60 pesos por cada guardapolvo sin terminar (sin ojal, ni botones y sin planchar), monto al que se suma 4,20 pesos por la terminación. El precio final es de 19,80 pesos por cada guardapolvo. Si cumplen el objetivo de confeccionar 100 al mes, perciben 1.500 pesos y tiene que dar cuenta de cuatro horas diarias de trabajo. “La gente se engancha. Hay muchas costureras pero hay que trabajar la secuencia de la producción. Eso nos va a costar en el tiempo, pero para el año que viene vamos a estar mejor. Marcamos objetivos a diario para mejorar la producción y ya vemos los avances”, cuenta Soria.
Las personas trabajan en su casa, forman unidades de entre 3 y 4 personas, se agrupan en un taller y al cabo del mes entregan la producción. El programa arma la infraestructura del taller y cuida las instalaciones eléctricas de las máquinas. “Les pagamos la confección a valor INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial)”, dice Cosenza. “Para 2012 queremos que entren en el circuito de proveedores del Estado. Trabajamos en la inserción laboral, con las capacitaciones del INTI, que nos ayudan en todo en Formosa. Hoy hacemos guardapolvos y conjuntos deportivos, pero el objetivo es que todo el consumo textil de Formosa esté fabricado en Formosa”, se ilusiona Cosenza. “La idea es que cada uno se especialice en alguna indumentaria, con diseñadores de Formosa, para trabajar en conjunto, usando el algodón nuestro en el futuro.” Lo dice porque la provincia subió el promedio de hectáreas sembradas poniéndole un precio de referencia al algodón; ahí completarán el círculo de producción primaria con el de industrialización. “Hacerlo con nuestro algodón tendrá un valor sentimental que también es muy importante.” Así, crearon la marca “Texfo” para, en el futuro, poder venderla a otros lugares. 
Siembra conjunta. Un perro ladra sin constancia, sin levantarse del piso, casi por compromiso, cuando siente que llega alguien al galpón. Suena música en una radio. Se oye el ruido de las agujas cosiendo una parte con la otra, se ven las manos que estiran la tela, la máquina que frena un minuto sólo para coser otra parte. “El que use este guardapolvo va a ser inteligente porque lo hice yo con mucho amor”, dice una de las chicas, saca una sonrisa tierna y baja otra vez la vista para enfocarse en el trabajo que está a punto de terminar. Parece feliz.
“Queremos capacitar gente para que pueda venir una empresa a instalarse. Nosotros estamos formando el factor humano para poder armar un polo textil en Formosa. Queremos reinstalar la cultura del trabajo, por eso no regalamos nada. En 40 meses, las cooperativas nos devuelven con guardapolvos la plata que el estado invirtió en la infraestructura. La cuota es de 66 guardapolvos por consorcio o cooperativa.”
A riesgo cero, con un prestación de cuatro horas por día, los trabajadores aprender mientras ganan un dinero con el que complementan sus tareas particulares. “Queremos cubrir en el mediano plano un 40 por ciento de la necesidad de guardapolvos de Formosa”, augura Horacio. Antes los compraban desde Buenos Aires, a través de una licitación pública, hasta que se oyó la frase: “No quiero más intermediarios”, de boca de Gildo Insfrán, el gobernador provincial, cuando hace dos años decidió impulsar el programa. Por ese carácter, el programa incluye a varias localidades, además de la ciudad de Formosa: Pozo del Tigre, Laguna Blanca, Pirané, Ingeniero Juárez, Siete Palmas, Buena Vista, Riacho Hehe, Vaca Perdida, La Rinconada, estas últimas dos localidades con etnias wichis. “Es gente que quiere insertarse en el mercado del trabajo y el gobierno de Formosa, a pesar de las críticas que recibe, trabaja en la inclusión de todos los sectores”, dice Cosenza.