Miguel Angel Bertero pide disculpas por su lentos movimientos: el dibujo de una baldosa de un estacionamiento subterráneo lo hizo tropezar y se lesionó el pie y la rodilla. “Lo bueno es que no me pasó nada en las manos”, bendice su suerte. Bertero usa las manos para tocar el violín, instrumento que lo acompaña desde muy pequeño, cuando en Grütley Norte, un pueblito cercano a la zona lechera de Rafaela y Esperanza, en la provincia de Santa Fe, tocó en un boliche junto a su hermano acordeonista. “Mirá, fue hace mucho tiempo, hasta hay un sol de noche para iluminar”, señala el registro que conserva intacto, como si no hubiera pasado el tiempo. “Cuando tenía ocho años tomaba el micro que venía del Norte a cinco kilómetros del pueblo. Ahí me encontraba con Ado Falasca (N. de R.: hermano de Rosanna Falasca). El iba a estudiar acordeón a Santa Fe y yo el violín a Esperanza.
-¿En su familia había músicos?
-Mi padre tocaba el bandoneón de oído. Yo lo escuchaba tocar todas las tardes los tangos que evocaban a Buenos Aires, como “Corrientes y Esmeralda”.
-De alguna manera conocía la ciudad.
-Sí, puedo decir que conocí Buenos Aires a través de los tangos. Jamás me hubiera imaginado este momento con el disco y la presentación (ver recuadro) en el Centro de Exposiciones. Hasta los catorce años viví en Grütley, mi padre me compró la bicicleta, me iba hasta la ruta, que estaba a cinco kilómetros, dejaba la bicicleta en la casa de un vecino y me iba a Esperanza a estudiar. A la tarde me volvía. Las lluvias, por ese entonces, te dejaban un poco aislado y los micros no pasaban. Pero había que tocar igual, porque en Esperanza había muchas orquestas. Pero como era una zona lechera, había un camión que llevaba leche a Esperanza. Un grupo que viajábamos para esa ciudad, llegábamos en carro a la ruta, subíamos al camión lechero y de ahí nos íbamos a Esperanza. Eran cuarenta kilómetros, pero tardábamos ocho horas, era todo barro.
-¿Cómo eran las orquestas de Esperanza?
-Se permitían hacer varios géneros. Podían hacer jazz, foxtrot y tango. Las llamaban “típicas, características”. Yo estaba en una que se llamaba El Amanecer. No éramos profesionales. Se armaban las orquestas con gente de campo. En el departamento Las Colonias había casi cuarenta orquestas. En Esperanza había cuatro o cinco típicas. Funcionaba muy bien el tango en los cincuenta.
-¿Usted sabía lo que era un violín?
-No tenía ni idea, nunca había visto uno. Allá había acordeón y bandoneón. A mí me gustaba el acordeón por el nacarado rojo, que me resultaba muy vistoso. Mi padre pidió un catálogo en Casa América y llegó en tren a la estación de Grüdtley Sur. ¡Increíble! Hoy no me lo puedo ni imaginar, pero entonces llegaban los catálogos, veíamos los precios, pedíamos y llegaban los instrumentos. Cuando mi padre vio el valor del acordeón, era imposible comprarlo: era un instrumento muy caro. En relación al violín, era mucha la diferencia. Si el acordeón valía mil, el violín salía veinte. Nosotros éramos pobres, yo no juntaba cartón, yo juntaba huesos. No había nada y hacía unos pesos. Mi padre me bajó el pulgar por el precio y porque tampoco le gustaba el acordeón. Me dijo: “No te puedo comprar esto” y mi hermano me dice que había venido al pueblo de Felicia (N. de R.: del departamento Las Colonias) un cuarteto con un cantor de tangos llamado Enzo Valentino que buscaba un violín. A los pocos días apareció sobre la mesa de la casa un violín que había comprado mi padre. Conclusión; empecé a buscar un lugar para estudiar. Pero antes uno de los músicos que tocaba con mi hermano me dijo que tenía en la casa un libro viejo de clases de violín. Empecé tocando canciones religiosas, pero en poco tiempo me fui a estudiar a Esperanza. Allí tuve a un maestro llamado Juan Benesovski, la familia tenía una casa de artículos del hogar, pero él era un estudioso del violín. A los seis meses ya tocaba frecuentemente e hice un par de temas en unos shows. Era una especie de fenómeno, los que tocaban el violín eran gente grande, un chiquito con este instrumento era atractivo.

UN CORTE Y UNA QUEBRADA (SUB). El diálogo se interrumpe unos instantes para hacer las fotos que incomodan un poco al músico. “Estas cosas siempre salen al revés. Cuando el fotógrafo te dice sonreí, lo más probable es que me salga cara de piedra; y cuando me dicen que me quede serio, automáticamente me brota una risita“, dice. Vuelve a recordar algunas de las imágenes que, se le nota, le hacen bien recordarlas. “En Esperanza trabajé en una tapicería de autos, mientras estudiaba. También lo hice para la Di Tella. Hice de cadete para ir ascendiendo hasta ser jefe de la sección de repuestos de autos. ¡Lo máximo! Tenía quince años. Lustraba los pisos de la oficina y los fines de semana tocaba. Había muchos bailes y tocaba en distintas orquestas. Un día, mi maestro de violín, me dice: “Vos tenés condiciones, ¿por qué no escuchas música clásica?” Yo tocaba tango y no quería saber nada con la música clásica. Escuché Mendelssohn en un disco de pasta y me gustó pero no me impactó. El tango se empezó a venir a pique, era mediados de los sesenta. En Buenos Aires repercutió, imagine Esperanza. Había una ley que tenía que haber dos orquestas por show, pero apareció el Club de Clan y la gente se volvió loca. Cuando vino la Orquesta Sinfónica a tocar a Esperanza la fui a ver y me impactó. Quise entrar y le transmití a mi profesor ese deseo.  El director de Cultura de la provincia de Santa Fe era el poeta Jose Pedroni, que era esperancino. Me conocía y conseguí una audición para que el director Olgert Bistevins me viera. Un director excelente. Me escucharon, que no era tarea fácil. Llamó a su concertino, me dijo “toque” y toqué. Me dijo: “Usted tiene mucho talento, pero debe estudiar”.
-Salió redondo.
-No tan así. Había que ir a estudiar a la ciudad de Santa Fe, a la que nunca había ido. Conseguí un profesor y entré a la Orquesta Sinfónica de Santa Fe. Dejé mi trabajo en Di Tella y empezó el drama. Hacía un año que estaba tocando y me empezaron a agarrar dolores en todo el cuerpo, se me acalambraban los brazos. No podía tocar más, me iba llorando de los conciertos. Cuando vino el concurso para validar ese cargo interino, quedé afuera. Me cambió la manera de tocar, yo tocaba naturalmente y perdí todo eso. Volví a trabajar a Di Tella, sólo al mediodía. Iba a colgar los botines, hasta que encontré a un contrabajista que me recomendó al maestro Salas. Tuve que empezar de cero, tocaba diez minutos y se me caía el instrumento de la mano. Me hacían masajes para que pudiera tocar. El maestro Salas fue quien me salvó al vida. Todos los días estudié con él hasta los 70. Ocho años que incluyeron sábados y domingos. Entré de nuevo a la Sinfónica de Santa Fe porque renunció el que me había suplantado. Se me fue el temor de tocar y acá estoy.