Por Eduardo Bustos / Fotos Juan Carlos Casas
 
Desde muy chico supo que iba a trabajar en un lugar donde pequeñas porten un código genético total y único: un criadero de semillas. Recuerda con nostalgia aquellos días de invierno en los que pasaba frente a la estancia de los Buck, mientras viajaba en el colectivo que lo llevaba hasta la facultad de Agronomía de la Universidad Nacional de La Plata. Se trata de Lisardo González, ingeniero agrónomo de profesión y mejorador de trigo por vocación. Lisardo recibe a El Federal en la sala de reuniones del criadero, ubicada muy cerca del casco de la estancia, en medio de una arboleda añeja y frondosa donde funciona la administración de la compañía y los laboratorios.

Deja en la mesa un manojo de planillas con resultados de ensayos sobre cultivos finos. Cuenta que conoció a Norman Borlaug, Premio Nobel de la Paz en 1970, por haber sido el inventor de los trigos enanos, un avance que permitió a países como India, Pakistan y México mejorasen sus rendimientos. También hubo otro agrónomo que fue clave en su carrera de mejorador, el alemán Kurt Meyle, contratado por el criadero para trabajar en el desarrollo de nuevos trigos.  

“Por suerte para mí, la empresa sigue necesitando gente con experiencia. Estamos formando jóvenes mejoradores y sigo trabajando en la investigación de semillas. Además me dio todas las posibilidades para participar en los congresos mundiales de trigo que se hicieron a lo largo de todos estos años en el mundo. Turquía, San Petesburgo, Estados Unidos, México, fueron algunos de los lugares a los que concurrí para participar de esos encuentros. También tuve la posibilidad de participar en los programas de Syngenta, que compró los criaderos Agripro en Estados Unidos y Benoist en Francia”, revela González.  

Pero, ¿cómo incursiona su familia paterna en la actividad agropecuaria? Dice: “Mi padre estuvo un tiempo trabajando en el almacén fundado por mi abuelo. Luego se asoció con su cuñado, que era ingeniero agrónomo y tenía un campo cerca de La Dulce. A partir de allí, mi papá termino siendo un chacarero el resto de su vida. Por otro lado, la familia de mi madre, descendiente de dinamarqueses, también se dedicó al campo, por lo que la actividad la viví desde muy chico. Creo que mi tío también influyó mucho en mi decisión de estudiar agronomía. Además era funcionario en el Servicio Nacional de Semillas, lo cual me permitió salir con él para realizar algún tipo de fiscalización.”

Entonces empezó su romance con las semillas. “Cada vez que viajaba a La Plata, pasaba frente al criadero de semillas y pensaba que sería lindo trabajar en ese lugar. Cuando yo estudiaba ya se hablaba del mejoramiento de las semillas de trigo y tenía una idea de cómo era. De todos modos es una especialidad en la que uno se tiene que meter de a poco. Incluso imaginaba que la gente que trabajaba en el semillero tendría muy pocos feriados, muy pocos domingos, porque en el campo se trabaja todo el día y todos los días. En el caso del trigo, la cosecha arrancaba en navidad y terminaba en febrero. Trabajábamos de sol a sol en esa época y nadie se quejaba.”

El programa de cría

“Un programa como el que llevamos adelante en el criadero para el mejoramiento de semillas se logra porque los mayores saben transmitir conocimiento a un grupo de 10 personas que son mejoradoras de semillas. Es cierto que dentro del grupo hay técnicos que están más metidos que otros en los programas de mejoramiento, pero todos empujan en forma simultánea para salir adelante y llegar a los resultados deseados.” 

-¿Sí tuviera que definir un hito importante en su carrera como mejorador de trigo, se animaría a hacerlo?
-El criadero, fundado en 1930, ya tenía su propio germoplasma de trigo cuando yo ingresé, y se venía trabajando en mejoramiento. Entre 1969 y 1970 se había iniciado el cruzamiento con germoplasma de trigos mexicanos. Me tocó participar en la etapa en que se logró en la Argentina la variedad de trigo que se conoció como Pucará, que llegó a cubrir el 20 por ciento de la superficie implantada, cuando se destinaba a este cultivo entre 5 y 6 millones de hectáreas. Hoy apenas se alcanza a cubrir 3,5 millones de hectáreas. En nuestra región, cubríamos entre el sudeste y el sudoeste de Buenos Aires el 70 por ciento de la superficie implantada. La experiencia capitalizada con el germoplasma mexicano, a mediados de los años ’80, sirvió para comenzar a manejar el germoplasma francés desarrollado por Benoist. En forma paralela comenzamos a trabajar con trigos híbridos producidos por la estadounidense Agripro y, para eso mandamos a un mejorador joven a la Universidad de Oregon para obtener una maestría en manejo de trigo, lo que nos permitió un intercambio fluido de germoplasma. Esta compañía hoy trabaja con germoplasma nuestro, producto de los acuerdos firmados en su momento. 

-¿Por qué el trigo es un cultivo que tiene menos desarrollo desde el punto de vista biotecnológico?
-Es un cultivo que fue evolucionando de forma natural. Este cultivo es originario de Avisinia (hoy Irán), en Asia menor, donde hay trigos silvestres, pero el que denominamos trigo pan es producto del cruzamiento de tres especies diferentes que fueron adicionando genomas, que a diferencia de la cebada, desde que se la conoce solo tiene un tipo de genoma. Por eso es mucho más complejo hacer un mapeo de este cultivo. Hoy podemos decir que hay una gran conexión entre los mejoradores de todo el mundo dentro de la comunidad triguera.