La distribución del ciervo de los pantanos (Blastocerus dichotomus para la ciencia) se redujo drásticamente en las últimas décadas a causa de la caza furtiva y la modificación de su hábitat, por lo que se lo considera hoy una especie “vulnerable” a nivel global. 

En el Bajo Delta o Delta Inferior reside su población más austral y la más singular desde el punto de vista genético. Afortunadamente, este ciervo demostró una inesperada capacidad para adaptarse al cambio más drástico operado en el Delta: las profundas transformaciones que impuso la expansión del cultivo comercial de sauces y álamos –motor de la economía local– en los ambientes naturales de la región. 

Los expertos coinciden en que esta circunstancia hace que el futuro del ciervo dependa de que logremos integrar el manejo forestal a la estrategia de conservación de la especie, de que generemos prácticas de producción compatibles con el mantenimiento de la biodiversidad.

Para hacer frente a este desafío, un grupo de investigadores del CONICET, INTA, Universidad de California, Fundación Temaiken, otras ONGs ambientalistas, productores y empresas forestales, veterinarios y guardaparques, pusieron en marcha un proyecto de investigación para sentar las bases de un plan de conservación para la especie en el Delta del Paraná: el Proyecto Pantano.

La buena noticia es que el 23 de febrero en el predio forestal El Oasis de Arauco Argentina –situado en la Isla Talavera, partido de Campana–, miembros de este proyecto consiguieron capturar y equipar con un collar satelital a una hembra de ciervo de los pantanos.

Este logro, que se alcanza por primera vez en la Argentina, aportará información clave para conservar la especie en los paisajes productivos del Bajo Delta del Paraná.

A pocas horas de liberada la cierva, los científicos del proyecto comenzaron a recibir vía satélite las localizaciones emitidas por su collar. Con estas coordenadas podrán seguirle los pasos en tiempo real por espacio de un año, develando así sus patrones de desplazamiento y el uso que hace de los ambientes isleños.

“La bautizamos Arauca, en honor al compromiso ambiental de la empresa anfitriona –señala Javier Pereira, investigador del CONICET y director del Proyecto Pantano–. Esperemos que se convierta en símbolo de que producir y conservar pueden (y deben) ser actividades compatibles”.