El crepúsculo cae, inexorable, sobre estas calles empedradas de Banfield Oeste. Es la parte del barrio que resiste con su señorial adoquinado al progreso de los edificios que oscurecen el cielo. Perdura la humedad en los adoquines después de una noche de lluvia furiosa y entonces el piso brilla, el viento sopla del Sur, la luz se va, como si un monstruo de viento se la tragase y dejara una nota lírica suspendida en el aire. Este era el barrio de Julio Florencio Cortázar. Acá llegó cuando tenía cuatro años. Acá está recreado “Los Venenos”, esa maravillosa analogía del amor adolescente que duele en el corazón. Están Doro, y está Aníbal enamorado en Sara en “Deshoras”. Está la infancia de ese hombre extraordinario que nació un día como hoy de hace 100 años y se consagró tempranamente en la alta cumbre de los escritores universales.

Hay que venir acá, quedarse entre las sombras que tejen los árboles añosos, para intentar ver algunas de sus criaturas. O tal vez a él mismo saliendo de su casa; con tiradores, chiquito, engominado y apurado yéndose a la escuela. Acá vivió su infancia sin lujos, pero con libros. Desde los nueve años, su madre, María Herminia, se propuso sacarlo a la intemperie porque leía y escribía mucho. Un médico prescribió seis meses sin letras para que el niño Julio saliera al sol del Sur. Pero estaba el piano, las aventuras de Julio Verne, los discos de pasta, los cuentos de Edgar Allan Poe. Estaba el jazz. Y estaba naciendo esa bestia llamada Julio Cortázar. Sus primeras palabras fueron casi un plagio de Poe. Las pensaba mientras cerraba la puerta de alambre tejido de Rodríguez Peña 585 y caminaba las ocho cuadras hacia la Escuela 10, en la esquina de Maipú y Belgrano; cruzaba las vías del entonces Ferrocarril del Sud y jugaba con las letras.

Aquí hizo toda su primaria. Terminó la escuela a los 14 años, en 1928. Tenía un excelente en Aritmética, un 10 en Historia y destacadas notas en Lectura, Idioma y, claro, Escritura. Con lo justo aprobó Dibujo, Manualidades y Ejercicios Físicos. A esta misma edad publicó en el diario Noticias de Lomas de Zamora un poema llamado Apóstrofe, adonde se reía de los rulos de su hermana Ofelia apodada “Memé”. “Son dos sierpes que agonizan, son dos magas que se hechizan, son las ondas de Memé”, remata en el poema, aún inédito.

Miraba el tren Julio, ese tren al que sube la Isabel en “Bestiario”. El tren que se tomaba el Aníbal de “Deshoras” para volver a Banfield, el tren que él mismo tomó cuando se fue a vivir a la ciudad de Buenos Aires.

No está mal la idea de que la patria es el otro; es linda. Pero la verdad es que la patria es la infancia, el sitio al que no se puede volver sino escribiendo. La infancia de Julio empezó en Europa y siguió en Banfield. “Banfield era para un niño un paraíso, porque mi jardín daba a otro jardín. Era mi reino”, explicaba. Según él mismo, su infancia fue brumosa y con un sentido del tiempo y del espacio diferente al de los demás. Cuando tenía seis años de edad, su padre abandonó a la familia, y ésta ya no volvió a tener contacto con él. Julio fue un niño enfermizo y pasó mucho tiempo en cama, por lo que la lectura fue su gran compañera. Después vino Buenos Aires, el profesorado de Letras en el Mariano Acosta y su rol de profesor en varios puntos del país, como Mendoza, Chivilcoy, Bolívar, Saladillo.

Cortázar es uno de los pocos argentinos que nació en Bruselas. Lejos de la humorada, lo cierto es que podría haber nacido en Honduras o en la París que después adoptó. Todo dependía de su padre, diplomático. Llegó casi en viaje de bodas a esa ciudad de Europa y Cortázar alumbró en el momento en que el Kaiser y sus tropas tomaron Bélgica. La familia viajó por Europa escapando de la guerra y vivió con su familia en varias capitales. “Mi nacimiento fue totalmente bélico, lo que dio por resultado a uno de los hombres más pacifistas de la humanidad”, decía Julio.

Este mundo de barriletes y pelotas, de esquinas y veredas, de baldíos y aventuras en el barro lo forjó. Pero ni aquel Banfield es éste Banfield ni la casa de Julio es ya la casa de Julio. En su lugar hay un impresionante chalet que quién sabe si conservará el fondo con hormigas por donde andaba. La Municipalidad de Lomas de Zamora le debe –se debe- un circuito cultural que traiga al mundo a estas calles desiertas. Apenas hay una placa en la casa. “Aquí el escritor Julio Cortázar”, dice. El Municipio no realizó ninguna actividad para recordarlo, pero de todos modos tendrá su homenaje (ver abajo “Semana Cortazariana”).

Amante del boxeo (“La noche de Mantequilla”), de Víctor Hugo, del tabaco y del jazz, decía que en sus palabras intentaba encontrar el swing de esa música. Por eso volvía loco a sus traductores. Además de por su particular manera de respirar en el texto, o sea, de manejar la puntuación con el arte de un prestidigitador.

Creer o reventar: a esta hora del domingo crepuscular del invierno suena una trompeta en Banfield. El jazz se escapa de alguna ventana y llega hasta la calle como en sordina. Entonces, bajo la luz mortesina que se cuela por entre las hojas de los árboles, parece que un chico saliera de la casa en la que Julio vivió 10 años. Lleva una tiza en la mano, un sueño en la cara y las ganas de dejar dibujada en estas calles de su Banfield infantil la más grande de las rayuelas.

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Semana cortazariana

El periódico independiente “El Banfileño”, un excelente mensuario editado por vecinos artistas, inquietos y curiosos de Banfield, organiza la Semana Homenaje a Julio Cortázar. Empieza hoy a las 10 con la colocación de un busto del escritor en Maipú y Belgrano. El trabajo lleva la firma de Juan Carlos Mercurio. A las 20, Vicente Zitto Lema, Gloria Arcuschin y Jorge Deschamps debatirán en el Banfield Teatro Ensamble (Larrea 350). El 27/8 a las 20, muestra se artes plásticas en la escuela X Are (Av. Alsina, casi Rincón). Jueves a las 20 narración oral con la cuentista Lilian Bonel en el Teatro Maipú (ex Payró), El viernes, la Escuela N° 7 tendrá a los chicos ganadores del concurso literario El Banfileño-Siguiendo la Huellas de Cortázar. A las 21 en el Centro Cultural Espacio Puchero (Arenales 1555) se proyectará El Perseguidor, de Osias Wilenski. Sábado de jazz en El Viajo Varieté (Maipú 540). Cierra el domingo a las 10 en la plaza de la estación con murgas.