Con los codos apoyados en la mesa, junta los dedos de cada mano y hace crujir las uñas de la derecha con las de la izquierda. Un sonido delicado se mezcla con las primeras gotas de lluvia que repican en el empedrado del patio de la casa de Mario Alvarez Quiroga, donde el santiagueño apronta el mate con hojas de cedrón.
-¿Alguien dedicado a escribir y componer canciones, observa algún joven que despunte?
-No con sabiduría todavía. De la generación mía Ica Novo, Peteco Carabajal, Roberto Ternán, Yuyo Montes. Desde ahí para acá puedo nombrarte a Abel Pintos, que se dedica a algo más pop, no tan folklórico. Pero el tiempo dirá. El arrancó muy pibe en la música y cuando uno empieza de pibe es lógico que tenga referentes actuales; no se tiene de referente a Yupanqui. Creo que con el tiempo uno se vuelve yupanquiano y tanguero.
-¿Eso te pasó a vos?
-Y sí. Yo también pasé por todos esos procesos, pero con el correr de los años he completado la colección de discos y libros de Yupanqui. En mi casa tengo, además, las músicas del mundo y le digo a mi hijo que para formarse como músico, para ver su hendija de luz, tiene que escuchar la música del mundo. Borges decía que somos un poquito de todo los que hemos leído o los que hemos escuchado. Cuando te encierras en una sola cosa, fuiste. Cuando uno tiene amplitud de criterio tiene más posibilidades y no se trata de lo comercial, sino de liberarte como músico para poder componer sobre una cueca, un gato, una guajira, una vallenato, un joropo, una milonga, hasta sobre la música pop, por qué no. Yo le di una letra mía a Franco Ramírez. Se llama Algarrobo y se trata de una planta que sobrevive al progreso. Y Franquito le puso una melodía muy linda, una fusión con música pop. Por eso hablo de liberarse y no detenerse.

Madre cancion

“¡Mirá qué mate papá!”, exclama Mario cuando lo pone en manos de otro. No abandona la letra s sostenida ni la erre sonora de su tierra santiagueña. “En Santiago del Estero hemos tenido la suerte de haber sobrevivido con nuestra música y tener una identidad. Es muy fuerte tener una identidad como músico. La chacarera se afincó en nuestra provincia y se transmite de una generación a otra. Los años pasan y la chacarera está ahí. Veo criaturas cantando chacareras por el país. Es muy fuerte la raíz de la chacarera. Y en Corrientes, es maravilloso respirar chamamé. Allí no vas a escuchar el chamamé que se escucha aquí, es otro el chamamé, es otro el repertorio, es otra la poesía. Y descubrí en General Acha, La Pampa, un reservorio maravilloso de la milonga de la que hablaba Yupanqui.”
La pava lo apura. Mario no necesita probar el agua para saberla lista; le alcanza con el sonido del fuego en el metal. Se va a buscarla y la voz se le pierde. Vuelve a la silla. Y dice. “Nosotros seguimos con la tozudez de apostar por la canción, por la vanguardia. Es con la canción que se saca un pasaporte a la eternidad. No somos artistas marketineros. Para nosotros el único sponsor es la canción. Eso nos hace sobrevivir. No nos apoya una compañía y nadie pone en afiches nuestro nuevo disco”, dice con el vapor del mate desdibujándole la mirada.
-Vos fuiste artista de una compañía grande…
-Sí, grabé cuatro discos, pero no tuvimos esa posibilidad a pesar de haberles abierto un camino en Latinoamérica con Penas y alegrías del amor, que sigue siendo un hit en Colombia, donde ganamos el premio Flecha de Oro en 1998 por llegar a los 25.000 discos vendidos. Eso no lo tomó en cuenta la compañía. Lo editó en 1995 y 16 años después uno mira las planillas de Sadaic y se ve que el disco se vende y se va a vender toda la vida. Desde entonces, debe de haber vendido un millón de discos y se va a vender toda la vida. Y es una pequeña vaquita lechera para la compañía. Pero se vendió el disco porque se vendió la canción. Es esa canción que pica, pasa al frente y dice “acá estoy muchachos”.
-Cuando la estás componiendo, ¿te das cuenta si va a ser un éxito?
-No. ¿Sabés quién marca la pauta? La gente. Saco una guitarra ahora y te canto diez canciones. Una vas a distinguirla del resto, pero es la gente la que marca eso. Y hoy me pasa que si no canto Penas y alegrías del amor no me puedo bajar del escenario.
-Es algo que no te pasa con tu canción más famosa, A Don Ata…
-En realidad el éxito de A Don Ata fue de Soledad. Hubo un antes y un después con esa movida que produjo Soledad. Pero fue la canción la que hizo ese quiebre.

Cortar camino

En 2010 volvió a Cosquín después de siete años sin pisar el escenario Atahualpa Yupanqui. Con la actuación caída de 2009, emprendieron una ruta paralela que los llevó a lugares que nunca habían ido. Así nació el disco Siempre hay otro camino. En el lugar que tenía reservado en Cosquín, lo ocupó con Santa Fe. Allí conoció gente del sur que lo invitó a tocar a la Patagonia. Lo explica Alejo, su hijo, percusionista y productor artístico. “Fueron más de 10 shows en 40 días en la camioneta. Nos fuimos un poco tristes por no haber podido tocar en Cosquín y empezamos a descubrir un montón de cosas que nos dio el camino: tocamos en una comunidad aborigen para 500 personas y en Lago Puelo para muchísima gente. Sin querer, algo nos hizo click y nombramos a la gira Siempre hay otro camino, pero lejos del resentimiento. Descubrimos algo que nos hizo muy bien.” En él juega canciones nuevas, apoyadas en una máxima que no tarda en decir. “Hay que seguir reflexionando con la canción. Los artistas deben tener un compromiso social. No se puede hacer la vista gorda con lo que ves. Yo hablo de lo que conozco: nací, viví y me crié en este país, por lo tanto me interesa lo que pasa aquí. Viajando he tenido la posibilidad de conocer. Siempre estoy diciendo algo además de cantarle al paisaje y al amor.”
-Santiago tuvo décadas de gobierno de los Juárez, que dañaron mucho a la provincia. Sin embargo la canción no denunció eso. ¿No están en deuda los músicos?
-Sin ninguna duda. Peteco hizo una chacarera contra los Juárez y yo escribí una que no pude grabar en su momento. El santiagueño tiene un serio problema: carga con dignidad y orgullo su pobreza. Así somos nosotros.