Un equipo de investigadores perteneciente al Instituto Multidisciplinario de Biología Vegetal (Imbiv), dependiente de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y Conicet realizaron un estudio para comprobar cómo impacta la degradación de los bosques del noroeste cordobés en el cambio climático.

La zona incluye un área de aproximadamente 1200 km2, que atraviesa parte de los departamentos de Pocho y San Alberto, y se corresponde con el Parque y Reserva Natural Chancaní y alrededores. Se trata de una región de la provincia donde la degradación de los bosques, durante la última década, se ubica entre las más altas del mundo y es consecuencia, principalmente, de la explotación agrícola y el sobrepastoreo.

Georgina Conti, investigadora del equipo que llevó adelante el estudio, explicó que existe un consenso en la comunidad científica acerca de que el cambio climático global “es producido fundamentalmente como consecuencia de la actividad humana”. En general, es causado por el aumento en la concentración atmosférica de dióxido de carbono (CO2) y, en menor medida, de otros gases de efecto invernadero, como el metano y el óxido nitroso.

Frente a ese panorama, una de las principales acciones para mitigar este fenómeno es “tratar de reducir, o al menos no incrementar, los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera”.  Es en ese punto donde el secuestro de carbono que realizan los bosques se vuelve clave, ya que ecosistemas únicos que poseen la capacidad de absorber y almacenar carbono en reservorios estables; según explicó la especialista.

Cualquier reducción en la cobertura del bosque implica que el carbono acumulado a lo largo de años se libere, emitiéndolo nuevamente a la atmósfera como dióxido de carbono”, señaló la investigadora, y agregó que esto implica una pérdida en la capacidad de esos bosques de secuestrar carbono y, así, mitigar el efecto del cambio climático global.

En este marco, los especialistas del Imbiv cuantificaron la cantidad de carbono que “secuestran” los bosques del Chaco seco cordobés y analizaron cómo se redujo esa capacidad con los cambios en el uso del suelo de esa región.

Vale aclarar que actualmente el paisaje se compone de “parches”, que han sufrido históricamente distintas presiones de uso; por lo cual el equipo midió cada uno de esos “parches” para establecer una información de base acerca de cuánto carbono estaba almacenado en árboles, arbustos, hierbas, materia muerta sobre el suelo, y en materia orgánica e inorgánica del suelo hasta dos metros de profundidad.

“La conversión de la cobertura boscosa en sistemas degradados o su total reemplazo por sistemas agrícolas tiene profundísimas consecuencias en la capacidad de estos bosques de proveer del servicio ecosistémico de secuestro de carbono”, advierte el estudio respecto a las implicancias en la posibilidad de esos bosques de morigerar o mitigar los efectos del cambio climático.

Para ejemplificar la pérdida, Conti utiliza la siguiente comparación: “En términos absolutos, una hectárea de bosque chaqueño seco en su estado más conservado almacena, solo en la vegetación, 43.26 toneladas de carbono, que representan lo que contaminan 34 argentinos promedio en términos de emisiones de dióxido de carbono. Si consideramos el suelo orgánico bajo ese bosque, a solo 30 cm de profundidad, los valores se duplican. El reemplazo de una hectárea de bosque por cultivos agrícolas reduce los valores de carbono en la vegetación prácticamente a cero y, si incluimos el suelo, la reducción es del 60% bajo una hectárea de cultivo. Es decir, se pierden 51.5 toneladas de carbono por hectárea y se libera el equivalente al dióxido de carbono que emiten 40 argentinos promedio en un año”.

En tanto, los investigadores descubrieron que manejos ganaderos de baja carga, con extracción leñosa controlada, al menos en el corto plazo, “brindan otros servicios ecosistémicos sin afectar de manera significativa la capacidad de almacenar carbono del bosque chaqueño de Córdoba”; ya que permite la regeneración del bosque brindado productos de potencial uso a la comunidad local y regional.

El estudio cobra especial relevancia ya que en el último tiempo ha sido demostrado que estos bosques, en conjunto con otros sistemas semiáridos del hemisferio sur, juegan un rol central en la regulación de las variaciones de dióxido de carbono atmosférico a nivel global.

Finalmente Conti llama a “entender que el delicado equilibrio existente entre la provisión de servicios por parte de los bosques y su explotación es fundamental para mantener una subsistencia digna en nuestro planeta”.