Si hay un parque que vale la pena disfrutar con la llegada de la primavera es el de Palermo en la ciudad de Buenos Aires. El 23 de junio de 1874 se discutió en el Senado de la Nación un proyecto de ley, enviado por el Poder Ejecutivo para su construcción, en el mismo sitio donde el ex gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, había levantado su quinta, abandonada luego de su derrocamiento. En esa sesión, el recientemente incorporado senador por Tucumán, Nicolás Avellaneda, demostró que era posible sostener la oposición a Rosas, entonces en el exilio, sin necesidad de destruir aquello que él había construido y que era digno de aprovechar.
El senador por San Juan, Guillermo Rawson, se opuso al proyecto y entre sus argumentos esgrimió que Rosas escribía en Southampton dos libros: uno sobre la historia del país y otro sobre medicina, y expresó su temor de que en alguno de esos escritos el ex gobernador se refiriera al lugar elegido para el Parque con la ironía de que “el pueblo que se titula civilizado y libre ha adoptado aquel monumento del atraso”. Rosas había adquirido las tierras de Palermo en 1836 cuando era un pantano y, en solo dos años, construyó una quinta de 16 habitaciones, después de nivelar el terreno con tierra traída de lo que hoy es el barrio de Belgrano.  Además, plantó tantos árboles que dieron origen a hermosos bosques que la población usaba como paseo. En 1838, terminó de levantar la casa y entonces abandonó la morada de los Ezcurra, su familia política, en Bolívar y Moreno, y se trasladó junto a su hija Manuelita, tal vez como un intento también de extrañar menos a doña Encarnación, su esposa, que hacía meses que había muerto. Pese a la calificación de tirano que hicieron los legisladores Rawson y Avellaneda, el acceso a Palermo era libre, no había ninguna guardia o restricción que le impidiera a cualquier vecino, sin distinción de clase alguna, disfrutar de la propiedad de Rosas, que él mismo transformó en un paseo público.    A su turno, Avellaneda sostuvo una conclusión opuesta a la de Rawson: “El tirano es muy anciano ya y debemos apresurarnos; es necesario que ese libro por él escrito no concluya diciéndonos: `¿Veis ese Palermo de San Benito? ¡Hoy es el paseo de Buenos Aires después de 30 años! ¡Y con qué diferencias! Han destruido los árboles, han dejado crecer la hierba en los caminos, han desecado las aguas del lago hasta convertirlo en un pantano!´. Es necesario apresurarse; es necesario que esa ironía sangrienta no se encuentre escrita en la página final del libro de Rosas. Es necesario, por el contrario, que le obliguemos a retractarla, mostrándole que el Palermo de San Benito, aquel viejo Palermo, no es el paseo favorito de Buenos Aires, sino otro Palermo mejorado, y embellecido por todos los maravillosos encantamientos de las artes, de las ciencias, de la elegancia y del buen gusto”.
Respecto al consejo de Rawson de “no asociar nuestros paseos, nuestras distracciones públicas al horrible recuerdo de la tiranía”, Avellaneda respondió: “Es santo, es bueno, es noble, el horror a la tiranía; pero no basta el horror a la tiranía; es necesario amar a la libertad. El horror a la tiranía por sí mismo, sin ser vivificado por el amor a la libertad, puede convertirse en un sentimiento de destrucción”.
Un año después, Avellaneda fue consagrado presidente de la República. En ese carácter le tocó inaugurar la primera parte del Parque que él había defendido en el Senado y en ese discurso completó su idea: “Era mejor convertir la mansión sombría del tirano cauteloso en jardines cultivados para el uso del pueblo. ¿Dónde hay, a la verdad, otro espectáculo igualmente democrático, demostrando mejor nivelados los rangos, y que cada hombre por fin es siempre igual a otro hombre, como el que presenta cada día un paseo público? Las condiciones sociales desaparecen. Todo lo que pueden mostrar de precioso o raro los favorecidos de la fortuna en sus jardines ostentosos, es aquí el patrimonio común. El hijo del pobre y el hijo del rico mezclarán bajo estos árboles al grito jubiloso de los pájaros sus juegos igualmente inocentes”. El Presidente cerró su arenga con esta idea: “Los paseos públicos, ejerciendo una atracción irresistible sobre la masa de los habitantes, sirven para mejorar, ennoblecer y elevar los sentimientos de las multitudes; y pueden contribuir a dar formas cultas y suaves a las luchas duras y severas que engendra la vida democrática”.
Habrían podido evitar bautizar el parque como “Tres de Febrero”, en conmemoración a ese día de 1852, fecha en el que Rosas fue vencido en la batalla de Caseros, y mantener el nombre de Palermo, el que le había dado don Juan Manuel, quien trabajó durante diez años para transformar un pantano en un bosque que, en su tiempo, puso a disposición de todo el pueblo.