Esta es la historia de la desidia que acompaña a nuestro país. Desde las alturas de Los Gigantes, un sistema montañoso y paradisíaco de las Sierras Grandes que es clave para la generación de agua para Córdoba, se pueden ver las ruinas contaminadas de la mina de uranio, que cerró hace 25 años, pero que continúa contaminando como si estuviera en actividad. 

Las instalaciones están como eran antes, a excepción de la zona de los dormitorios, ya demolida. Tampoco están los gigantescos tachos donde se depositaba el ácido sulfúrico necesario para el proceso de concentración del uranio.

A la distancia, lo que más llama la atención son los diques con un líquido oscuro y anaranjado.  Allí todavía están todos los residuos que se generaron durante la explotación de la mina entre 1982 a 1990. La residuos tóxicos están a cielo abierto, y nadie hace nada.

Millones de toneladas de desechos que concentran materiales radiactivos y metales pesados, los cuales representan un riesgo potencial para la biodiversidad y para una de las fuentes de agua de la provincia, el dique San Roque, se hallan descubiertos sin que exista un plan para erradicarlos. 

La Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) debería haber remediado la planta para evitar que siga contaminando. En 1998 pidió un crédito al Banco Mundial, que finalmente fue aprobado en 2008. Pero el proyecto nunca se concretó. 

Ahora está en marcha un estudio para determinar la factibilidad de trasladar allí otros desechos con radiación baja: las 58 mil toneladas de residuos de la planta de Dioxitek de Alta Córdoba, donde se fabrica el dióxido de uranio que utilizan las centrales nucleares.

El campo donde funcionaba la mina pertenece a la orden de los franciscanos, quien se lo alquila a la CNEA. En la actualidad, sólo quedan dos empleados como custodios del terreno, al que está prohibido el acceso. Un gigante de muerte y soledad.

En el paradisíaco camino que sube por el Valle de Los Lisos surgen vestigios de los trabajos de cateo y prospección minera. Cada tanto se observan los “wwwigos” (bloques de roca) en la búsqueda de la veta del mineral. “La gente que viene a hacer trekking nos pregunta si hay riesgo de contaminación o de radiación”, asegura José Luis Amuchástegui, dueño del campo Valle de Los Lisos, que limita con el predio de la mina.

Raúl Montenegro, de la Fundación para el Ambiente (Funam) y quien sigue el tema de cerca, asegura que el riesgo sigue latente. “Es un lugar donde se han acumulado artificialmente toneladas de residuos que tienen concentraciones de elementos radiactivos, metales pesados y metaloides”, señala.

A criterio del biólogo, hay riesgo de que se genere un colapso en la zona por una lluvia torrencial o como consecuencia de un terremoto, como la catástrofe ocurrida el 5 de noviembre pasado con dos diques con desechos mineros que colapsaron en el estado de Mina Gerais, Brasil, probablemente a causa de un sismo.  “Desde 1990 hasta ahora está contaminando. El gobierno provincial también es cómplice porque nunca le exigió a la CNEA que realice los trabajos de remediación”, remarcó Montenegro.

¿Cómo remediar la contaminación? La idea es realizar un tratamiento químico de los líquidos del dique principal para reducir la carga de contaminantes. El dique ya vacío se rellenaría con roca, estériles y marginales de las canteras, además de arena. Luego se colocaría una capa de material para impermeabilizar y evitar la erosión,y el arrastre a los cursos de agua y mitigar la emanación de gas radón. En este dique también se depositarían los desechos provenientes de Dioxitek. Las colas de mineral son los residuos de material del que ya se extrajo el uranio. Para conternerlos, se construirían uno o varios diques y evitar que lleguen hasta los cursos de agua.

Mientras los burócratas, encerrados en escritorios confortables, dilatan la solución, la basura nuclear penetra en la tierra y contamina vida a cada minuto. Mientrás estás leyendo esta nota, ese lugar se contamina más.