Por Matilde Moyano

Hacer una carrera universitaria, tener un trabajo estable, formar una familia. Tal vez sea para muchos la fórmula de una vida feliz, o por lo menos, segura. Pero hay otros que eligen animarse, como Ignacio Krebs (33), un sanjuanino que se recibió de abogado en la Universidad Católica y ejerció la profesión durante 3 años, hasta que un día decidió cambiar su vida. Y estaba tan seguro de que necesitaba otra cosa, que en poco tiempo dio de baja su matrícula y tomó la decisión de continuar con el trabajo de sus abuelos en la finca que estos compraron hace 60 años. Se trata de tierras que pertenecieron a los jesuitas, ubicadas a tan sólo 12 kilómetros al oeste de la capital de San Juan, en la Quebrada de Zonda, departamento de Rivadavia.

Su emprendimiento nació aproximadamente hace 7 años junto a su hermana Victoria (29), “buscando una actividad en la que nos sintiéramos bien, buscando calidad de vida”. Ilinca es el nombre de este complejo rural que hace honor a la abuela de estos jóvenes sanjuaninos, Mara Ilinca, hija de yugoslavos, quien trabajó estas 12 hectáreas por más de 40 años.

“Las ciencias jurídicas me gustan como ciencia, estudié por vocación de justicia, pero después al salir a la calle, el trabajo del abogado es diferente”, asegura Ignacio, quien trabajó en el estudio jurídico de su papá, también abogado, y sentía que “ya tenía todo el circo armado”, y que no le gustó el ambiente hostil ni la calidad de vida del abogado, que está en el medio de un conflicto siempre. “La gente que ejerce la abogacía empieza a tomar como normales cosas que no son buenas, y me di cuenta de que no quería compartir mi vida con ese tipo de gente, no quería dejar mi energía allí”.

A la hora de elegir cómo continuar su camino pensó en que siempre le gustó estar en el campo y la naturaleza, por lo que apuntó a hacer algo con la finca de sus abuelos. “Cuando viajaba a otros lugares siempre me decían ‘sanjuanino traete un aceite de oliva, traete un vino’, y me dije a mí mismo: estoy en el lugar en donde se consiguen productos de buena calidad a buen precio y tengo contacto con gente que me puede ayudar a abrir puertas para ubicarlos en otros lugares”.

Ese fue el momento en el que se dio cuenta de que tenía una gran oportunidad, porque había un galpón sin utilizar; su abuelo lo había utilizado hace 20 años y le cedió en vida su 50% del lugar. Los primeros años del emprendimiento lo compartió con él, quien le transmitió su experiencia, y así arrancó desde cero con Victoria, Licenciada en Comercio Exterior, quien en ese entonces trabajaba como empleada administrativa y estaba recién casada: “por ahí tenía todo lo que mucha gente espera, pero también le pasaba eso de no saber si era lo que le satisfacía a nivel personal, al espíritu”, explica Ignacio, ya que los dos estaban pasando por un momento similar con respecto al sentido de sus vidas. Y tras una conversación, ambos decidieron comenzar fraccionando pasas y aceite de oliva y fueron metiéndose en el negocio sin saber demasiado, como dice Ignacio: “todo a pulmón”, aunque le ayudó a tener una mejor visión del negocio haber hecho un posgrado en Turismo Rural en la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Hoy tienen 3 unidades de negocios diferentes que funcionan en el mismo lugar: ‘Ilinca Productos Regionales’, que incluye el fraccionamiento de los productos (aceite de oliva, aceto balsámico, frutos secos y desecados) y el envío a otras provincias (Buenos Aires, Córdoba y Rosario); ‘Ilinca Almacén de Campo’, donde reciben turistas desde 2010 y venden delicatesen y productos artesanales representativos de la agroproducción de la zona; y por último ‘Ilinca Cultura y Sabores’, un restaurante de ‘gastronomía fusión’, ya que siempre cuidan que haya identidad regional, con cocción al horno de barro y shows en vivo, al aire libre, en espacios creados entre los cultivos de la finca.
La gente suele ir allí por recomendación, y hoy en día la convocatoria es óptima. “La idea es mejorarlo con los recursos que tenemos, pero que no deje de tener la identidad que tiene el lugar, que está todo hecho artesanalmente y por nosotros mismos, que generamos la autosuficiencia con esfuerzo y con pasión. Queremos mejorar el producto desde la calidad”.

Haberse animado a emprender este proyecto les fue presentando diferentes desafíos que no se hubieran imaginado en un principio: Ignacio se encargó de cocinar en la primera temporada del restaurante (2012-2013), e incluso construyó él mismo los muebles del lugar utilizando pallets, ya que no tenían dinero para invertir en la infraestructura. Actualmente trabajan muchas personas en Ilinca : “Esto no es un proyecto solo mío, es de un montón de gente, y sin mi hermana no hubiera pasado nada de esto”.

En este restaurante no falta el corte característico de San Juan, la punta de espalda, que sólo está en la región de Cuyo. Ellos lo cocinan al horno de barro con papas rústicas y lo condimentan con su propia identidad. Esta nueva temporada van a poner el énfasis en las comidas naturales (no naturistas), incorporando semillas, legumbres, y demás alimentos orgánicos. Y, por supuesto, la selección de vinos es de vinos sanjuaninos, de acuerdo a los que realmente les gusta a ellos: Mil Vientos de la Bodega Merced del Estero es su vino predilecto (una de las marcas sanjuaninas de vinos jóvenes más premiados en los últimos años), también los vinos Summus, de la bodega Sierras Azules. La música también está presente para acompañar una vista ideal de las Sierras de Marquesado y quienes asistan pueden escuchar los sonidos de la cultura sanjuanina, que no se trata de folklore, sino que la idea es que sean músicos sanjuaninos con una propuesta original, aunque también pasaron por el escenario de Ilinca músicos de otras provincias, incluso de Brasil.

Durante octubre y noviembre, Ilinca está abierta de viernes a domingos, y en diciembre, enero y febrero, de jueves a domingos. Ignacio y Victoria disfrutan mucho de ser los anfitriones de este emprendimiento que cambió sus vidas.

Para mayor información: Asociación San Juan Turismo Activo