Por Guido Piotrkowski

La fotografía es magia. Quien haya tenido la oportunidad de entrar a un cuarto oscuro sabrá de qué estamos hablando. Un papel que se sumerge en un químico y una imagen que se revela. Alquimia pura. Y esa magia, bien utilizada, puede ser, paradójicamente, reveladora. Y también transformadora.
En tiempos digitales, donde la proliferación de imágenes es cosa de todos los días, Verónica Mastrosimone y Esteban Widnicky volvieron a la raíces. En tiempos en los que ya no hace falta entrar a un laboratorio para revelar una imagen, estos dos fotógrafos, soñadores empedernidos, volvieron al principio de todo. Viajeros incansables, se trasladaron en el tiempo y utilizaron el viejo concepto de la cámara oscura, plasmado en la fotografía estenopeica, como punto de partida para un proyecto que, fiel a su nombre, viene a hurgar en lo más profundo. Volver al pasado para construir un futuro. Un viaje a los inicios de la fotografía, y una travesía para rescatar la esencia de los pueblos originarios, siempre tan relegados.
“La idea central era dar un taller de fotografía estenopeica para brindar una herramienta de arte, de expresión y posiblemente trabajo para un futuro -explica Esteban-. Para nosotros era conocer otra realidad. La foto estenopeica es fundamental en este proyecto porque es el principio de la fotografía. Es como volver a la raíces de la imagen, donde no se necesita ninguna tecnología ni dinero. Con una lata, papeles y químicos basta. Ese es el concepto de este taller”, define el fotógrafo.
El proceso es muy simple. Así lo explica Mastrosimone: “La estenopeica es una lata que tiene un orificio por donde entra la luz, y un papel foto sensible. Como todo lo que vemos proyecta luz, algunos de esos rayos pasan por ese agujerito y se imprimen en el papel. Lo que se imprime es un negativo; después ponemos ese negativo sobre otro papel virgen, le proyectamos luz y se hace el positivo. Podemos reciclar lo que tenemos y la física nos permite hacer fotos con latas o con cajas”.
El resultado: bellísimas fotos en blanco y negro, imágenes casi oníricas, a tono con este proyecto cuyo resultado palpable son dos preciosos libros: “Un Pueblo Toba, lo que narran sus ojos”, editado en 2005, y “Un Pueblo Mapuche, los ojos de la tierra”, de reciente edición. Las fotos de ambas publicaciones fueron hechas por los alumnos de los talleres del Proyecto Raíces: habitantes de la comunidad toba de San Carlos, en Formosa, y la comunidad mapuche de Lago Rosario, en Chubut. “La intención es que sea la propia comunidad, y no nosotros, quienes hagan sus fotos, eso le da otro sentido la trabajo”, sentencia Verónica.

Los primeros pasos. El Proyecto Raíces arrancó en 2005 gracias al apoyo de la AECID (Agencia Española para la Cooperación Internacional). El lugar elegido en aquella oportunidad fue la comunidad toba de San Carlos, en Formosa, un paraje de muy difícil acceso. Las historias de Verónica y Esteban hablan de caminos de tierra anegados y travesías eternas para llegar. También de situaciones de olvido total, como cuando un hombre se enfermó de apendicitis, y Esteban tuvo que llevarlo en su camioneta hasta Teniente Fontana, un pueblo a unos 30 kilómetros. Esteban recuerda que el hombre estaba muy grave y gritaba en un camino lleno de pozos. “Tenía la sensación de que no llegaba más. Por suerte no había llovido, porque si no, no pasábamos”. Esta era una escena cotidiana cuando ellos llegaron y es por eso que plantearon en un asamblea construir una salita de primeros auxilios.
El acercamiento inicial no fue nada fácil. Los tobas, alejados y casi sin conexión con el mundo exterior, son desconfiados. Y con total razón. Siglos de avasallamiento los justifican. Sin embargo, los fotógrafos se acercaron sin previo aviso y sin más contactos que el de dos antropólogos que habían trabajado allí. Al principio los miraron con reticencia, pero con tiempo y paciencia lograron quebrar esa barrera. “Ganar la confianza de ellos nos llevó un esfuerzo sideral. Era una comunidad olvidada, perdida en el medio del monte, sin luz eléctrica ni agua potable. Sin acceso a información ni ningún tipo de ayuda. Y al estar tan olvidados sienten que fueron muy sufridos”, cuenta Esteban. Y revela algo que a los ojos del ciudadano medio puede parecer increíble: “Los tobas nunca, pero nunca, habían visto una imagen. Las fotos estenopeicas, incluso, funcionaron para sus DNI. Muchos venían a decirnos: ‘Este es mi DNI, es viejito y no tiene foto. ¿hacemos una foto estenopeica?’”, recuerda Widnicky.
Este primer trabajo les llevó 9 meses, y la mitad de ese tiempo se invirtió en lograr ese entendimiento. “Cuando la confianza está y es visible, tienen muchas ganas de comprometerse y de hacer cosas. Ese es un punto en común con los mapuches”, señala Esteban. Así, les enseñaron a armar las latas, a hacer las fotos a fuerza de prueba y error, y armaron un laboratorio donde aprendieron el arte de revelarlas.
Con lo recaudado gracias a la venta de los 2.500 ejemplares que aquel primer libro pudieron construir una salita de primeros auxilios. “Con la sala se consiguieron unas radios que están comunicadas con la ambulancia. Entonces, lo que eran unas urgencias fatales, hoy ya no lo son”, señala Verónica.
Otra de las grandes satisfacciones que les dejó la experiencia toba fue el hecho de que dos de ellos se dediquen a la fotografía. “Sienten la foto como la sentimos nosotros, con 15 años de carrera. Esto es importante para la visibilidad”, afirma Esteban.

El proyecto continúa. “… Como una sandalia o un cinturón de cuero que hacen las manos de nuestros pueblos originarios. Este es el valor de las imágenes de este libro. Fotografías tal cual tomaron ellos mismos, en sus oficios sencillos. Tan sencillos y naturales como el trino de un pájaro, el susurro de una hoja o el beber agua de una cascada. Estas son las imágenes que quisieron ver ellos y que ahora las podemos ver nosotros. ”Estas son algunas de las palabras que Osvaldo Bayer escribió para el prólogo del segundo libro, presentado recientemente en la Casa del Bicentenario. En el evento se proyectaron las imágenes registradas por los alumnos-fotógrafos de la comunidad. Retratos, paisajes, instrumentos, rituales, artesanías, la cotidianidad de una comunidad que está viva y en movimiento. También proyectaron un compilado de imágenes con el backstage de los talleres. Allí se los ve en plena actividad, seleccionando sus fotos con entusiasmo para revelarle al mundo que allí están ellos, a pesar de todo.
Verónica y Esteban se acercaron a la escuela, donde a diferencia de la primera experiencia fueron recibidos de brazos abiertos. Allí mismo montaron el laboratorio y les enseñaron a los alumnos a armar las latas y a revelar, tal como lo hicieron en San Carlos. Luego, los aprendices quedaron solos en el laboratorio. “Hoy día están sacando fotos y nos preguntan las dudas por mensaje de texto o por mail. Pero ya aprendieron a sacar, revelar y copiar”, cuenta Verónica orgullosa.
El proceso aquí fue más ágil que en San Carlos. Los fotógrafos iban editando las imágenes día a día y las pegaban en la cartelera, de esa manera toda la comunidad podía verlas. “Al tener que hablar sobre la historia, las plantas medicinales, los instrumentos, la música, los sueños, los alumnos se mueven hacia sus casas, hacia las de los mayores. La idea es que toda la comunidad esté involucrada”, señala la fotógrafa, que solía compartir mucho más que los talleres con la gente de la comunidad. Verónica pasaba mucho tiempo en sus casas charlando entre mate y mate. “Me cuesta hablar de la comunidad con todos sus problemas, que son muy duros  -reflexiona Verónica-. Los pueblos originarios están muy dolidos con la historia, de la cual nosotros no nos hacemos cargo, porque no fuimos parte. Pero sí nos hacemos cargo de nuestros antepasados, de lo que sucedió. Hoy en día, el trabajo y el dinero se hacen difíciles en las grandes ciudades y también en una comunidad donde los hombres tiene que salir a trabajar al campo. Lago Rosario es una comunidad que tiene a casi todos sus hombres adultos afuera”, explica la fotógrafa.
El problema de las tierras, como en la mayoría de las comunidades, es eje de varios conflictos. “Lago Rosario tiene tierras comunitarias, y tienen que estar muy atentos a que su tierra no sea usurpada –dice Verónica-. Los mayores nos contaban que antes no había alambrados en el medio de la comunidad, y hoy sí los hay. Eso se dio porque los de afuera empezaron a alambrar sectores que les pertenecían, se los apropiaban”, explica Verónica y sigue adelante con este conflicto eterno. “Entonces, los alambrados internos hicieron que la cuestión comunitaria empezara a cambiar, porque mucha gente cree que es ‘su’ tierra, y nadie la pude tocar. Pero en la comunidad todo es de todos. Y al tener los alambrados empieza esa dicotomía de ver qué parte es de cada uno. Eso es peligroso”, concluye Mastrosimone.
Si bien la fotografía es el motor de este hermoso proyecto, el fruto del trabajo, aseguran, no es el sólo hecho de aprender a fotografiar. “Nuestro objetivo es que cada vez que hacemos un trabajo sirva no solo para fomentar la cultura o enseñar, sino que también sea un instrumento para hacer obras como la salita que se construyó en San Carlos o el museo que planeamos en Lago Rosario”. 
Algo así como una utopía realizable. Se trata solamente de volver a las raíces.