Llevan tres décadas juntos. Son casi como hermanos, y una dupla creativa que desde hace mucho tiempo representa una marca registrada. En nuestro país, hablar de Pepe Cibrián Campoy y de Ángel Mahler, es hablar de la comedia musical nacional, de corte rigurosamente local, con acento argentino y una identidad ya festivamente reconocida, como corresponde, en todo el mundo. Pepe y Ángel mantienen la impronta de la mayoría de quienes suelen ser nota en El Federal: son dos emprendedores natos, dueños de una pyme que da trabajo a mucha gente, por la cual han pasado miles de artistas a lo largo de la trayectoria que marcaron hitos como Drácula, Las Mil y Una Noches o Calígula, sólo por citar a algunas de las alrededor de veinte piezas que escribieron en colaboración.
En un año de crisis económica y modestas expectativas para el mundo teatral, Cibrián/Mahler arrancaron el año con dos espectáculos: El Jorobado de París, en el Teatro Presidente Alvear –producción que cumple 20 años–y Dorian Gray, el retrato, en el Lola Membrives.
Es decir, Cibrián y Mahler apuestan a salas de estreno, con actores y orquestas en vivo –el hijo de Ángel, Damián, dirige El Jorobado…, mientras que su padre lleva la batuta en Dorian Gray…–, y todo eso en un contexto regresivo para el negocio artístico. ¿Se los puede, acaso, llamar de otra manera que no sea emprendedores de ley?
A continuación, reproducimos el diálogo que Cibrián mantuvo con El Federal:
– Su vocación fue siempre el teatro musical.
– ¡Sí! Yo amo al teatro musical. Creo que es un género muy difícil. En muchas escuelas de teatro, a aquellos que trabajan en una obra musical, los miran con cierto desdén. Yo les diría: “Bárbaro, vengan a hacerlo. Súbanse al escenario, muévanse, canten algo, bailen, imiten sonidos humanos”. Y luego hablamos.
– Una vez usted me dijo que le daba tristeza que muy poquita gente haga teatro musical en la Argentina.
– Y sigo pensando así. De pronto han surgido algunas personas con potencial creativo, muy jóvenes, hablo con ellos y les pregunto por qué producen una obra cada tres años, y no este año una, al siguiente otra, y otra, y otra, y otra… A lo mejor es porque los jóvenes también se equivocan, y creen que hacer un musical es contratar luces o tener una infraestructura como ésta, y nada que ver. Yo al musical lo hice con diez sillas y una vela. Daba igual. Trabajé veinte años en sótanos, y feliz de la vida. Hicimos Aquí no podemos hacerlo, en 1978, sin recursos.
– Y seguramente se divirtieron mucho haciéndolo.
– Pero claro, da igual. En San Telmo hacíamos Calígula con 30 luces. Ahora, en Dorian Gray…, tenemos unas 700. Aquéllas 30 se veían bellísimas, espléndidas, igual que las cientos de ahora. Y si no lo hacés con velas, o con espejos que las reflejan, o con linternas, qué sé yo. Se hace. Uno se adapta a la realidad que la vida, el país y la sociedad de actores enfrenta.
– Una crisis permanente.
– Los actores que empiezan ahora tienen unos sueldos mínimos que realmente no los tiene, de pronto, un profesional que ha estudiado siete años una carrera. Con lo cual, ¿qué pasa? El año pasado, sólo en Excalibur, teníamos treinta actores. Este año, sumando las dos compañías, son veintiséis. Nos obligan a tener elencos más chicos. Estos chicos nuevos no saben quién es Nini Marshall, ni quién es Roberto Arlt. No saben de nada. Yo los tengo que formar íntegramente. No es que estás recibiendo a una Claudia Lapacó, que merece cobrar muchísimo más que un sueldo mínimo, porque se trata de una gran profesional.
– Para cualquier joven debe ser un orgullo integrar uno de sus elencos.
– Claro. Me siento muy querido por la gente. Realmente, en la calle, por el taxista, el camionero, el quiosquero… Mi siquiatra me dice: “Pepe, vos sos mucho más popular que tus obras. Hay mucha gente que no las ha visto”. ¿Y por qué será? Y qué sé yo, será porque no las habrán escuchado, me conocerán por mis padres… Lo que quiero decir es que hay que tener coherencia. Yo me gusto. Soy una buena persona, tengo 48 años de carrera, y creo haber sido el único, junto con Ángel Mahler desde hace 30 años, que ha promocionado a miles de personas en nuestras obras. Hemos tomado pruebas a 150 mil personas, fácil. ¿Es mucha gente, no?
– Ahora estamos acostumbrados a ver “audiciones” por tevé.
Pero yo no las veo. Hace como ocho años que no veo televisión. No me interesa, y seguramente me debo perder de cosas que sí deben ser interesantes, porque de repente, hay ficción muy bien hecha. Sí me han llamado para que forme parte de sus jurados y siempre agradezco muchísimo, porque que te llamen para ofrecerte trabajo es siempre algo muy gentil. Yo les digo que no, y les explico que ni una vez en la vida le he dicho ni le diré a nadie, durante una prueba, que no sirve. Siempre he cuidado a la gente, y aunque yo piense que no sirva, siempre aclaro que si estoy eligiendo un elenco para una obra para niños de doce años y viene Plácido Domingo, le tengo que decir que no, pero porque no sirve para este proyecto. Porque uno, a la gente, la tiene que hacer sentir bien.
– Desde algún lugar, en el arte suyo, ¿no lo afecta el karma de vivir al Sur? ¿No siente que nació en el país equivocado? Usted podría ser un mega productor global, tipo Andrew Lloyd Webber o Cameron Mackintosh…
– O Webber podría ser un Cibrián (se ríe). Cuando me dicen que yo debería estar en Broadway les agradezco, porque sé que se trata de un acto de buena fe. Pero yo estoy feliz acá, vivo en el país que he elegido… Podría haberme ido a los 18 años, de hecho estudié en Estados Unidos, pero igual quise volver, porque yo quería triunfar en mi país. Yo soy mucho más feliz yendo a Mendoza en gira que estrenando en México, en Chile o en Brasil. ¿Voy a ir a hacer una prueba a los Estados Unidos para que me digan que soy un latino sobreactuado, porque para ellos somos “el pájaro loco”? No,  ni hablar. Yo feliz acá, con mi lugar, con mi gente. Ya los conozco, ya me conocen, no cambiaría esto por nada. Pero a veces, eso sí, me enojo mucho con mi país.
– ¿Qué cosas de la Argentina lo enojan?
– Me enoja profundamente la impunidad, la impunidad. Me enoja la corrupción, me asusta la inseguridad, la indisciplina, que se estacione donde no se tenga que estacionar, que se tire una botella en la calle, me enojan las promesas electorales incumplidas, y este gobierno, al que voté, ya tiene muchas. Yo creo que la presidenta Cristina es una mujer vigente y sumamente capaz, muy inteligente. Su entorno no me agrada, pero sí me agrada ella. Pero no estoy de acuerdo con el “ellos” y el “nosotros”. Me parece un horror que se genere eso en la Argentina. Es una cosa espantosa. Una guerra civil intelectual. No me hace feliz ni me da alegría.
– Es que la Argentina tiene sus ciclos…
– Tengo 65 años y ya he visto de todo. Rodrigazo, Martínez de Hoz, Sourrouille… Desde el mundo nos miran y se preguntan cómo hacemos para sobrevivir a estas crisis periódicas que tenemos. Hay marchas a favor y en contra. ¿Qué más puedo desear yo que le vaya bien a la Presidenta, que es mi Presidenta, a la que yo voté? Y si no la hubiese votado, sigue siendo la Presidenta de todos los argentinos.
– ¿Qué aguas musicales abrevó para inspirarse?
– Fundamentalmente, escuchar a mis abuelos de chico disfrutando de la zarzuela. La zarzuela es un género maravilloso con historias hoy quizás pasadas de moda, pero las melodías que tienen, las operetas, son tremendas. Luego fui entrando en el mundo del musical, porque cuando tenía diez años, papá (el actor José “Pepe” Cibrián) hizo Mi Bella Dama en El Nacional, luego Buenas Noches, Karina, de los mismos autores de El Diluvio que Viene, después Kiss Me, Kate, de Cole Porter, y eso fue entre los diez y los once años míos, y abrió mi cabeza a un mundo muy mágico. Mis padres también me dejaron viajar mucho, ver teatro en todas partes. Toda esa cosa que me llevó a empezar en un sótano, como era lógico. Pero yo hago musical argentino, ojo. Porque para hacer un musical nacional, no hace falta que tenga música de tango.