“A mí me salvó el arroz integral”, puede ser un buen título si el entrevistado es otro, cualquier otro, menos él. Pero el mito del rocker se desvanece como la bruma con el sol: viene de correr, todavía tiene la respiración entrecortada, el pelo revuelto, la remera dibujada de sudor. Sus ojos buscan agua, su cuerpo una silla. “Soy artista cuando estoy arriba del escenario; después me dedico a vivir”, tira. Cero en estrella, diez en buen tipo, Omar Mollo abre la puerta de la casa primero, la del ascensor después para hablar de su presente tanguero y de su pasado -que a veces también es presente- rockero.
“No sé lo que pasó conmigo, pero los tangueros ortodoxos que no te perdonan, fueron los que más me apoyaron, me dijeron que me perdonaban el pelo largo y el rock and roll porque mi voz los hacía acordar a los tangueros clásicos. De chico hice folklore y tango y eso me dio una data que me quedó toda la vida. Siempre canté tango, pero me costó hacerlo profesionalmente. Le tenía mucho respeto y un poco de miedo también. Grabé y en poco tiempo tuve más respuestas con el tango que con el rock.”

Yo soy así.
La voz de Omar se difumina. Un libro le sirve de traba para que la puerta no cierre del todo. Hecha el humo afuera y las palabras dentro. Su rubio exhala una niebla en cámara lenta.
Mollo habla con voz de trueno, pero mira con ojos buenos. Tiene el pelo largo de los rockeros, las voz pausada de los tangueros, las manos simples del panadero y la impronta poderosa de un front man. Así es Omar, un tipo capaz de lanzar mudanzas de malambo o cantar un rock, de soltar una milonga orillera, de acompañarse con la guitarra para cantar una zamba o soltar un solo que descone los parlantes. De todos esos Omar, el tanguero es una sensación en Holanda desde hace siete años. “Me costó horrores despegar de acá, pero una vez que estás allá es genial. El secreto es ir y quedarse, así saben que pueden contar con vos. Los espectáculos se arman con un año de anticipación. Así trabajan. Los teatros son impresionantes, en el sonido y en la estructura. Llego y tengo una persona para mí. Todo es cinco estrellas. Y para ellos es normal, aunque para nosotros sea increíble. Estudian y quieren la perfección, pero les gusta que vaya alguien que improvise porque quieren experimentar.” Habla de él, de su explosión en escena, de su expresividad más allá de lo vocal. “No hay sorpresas en Holanda. Pensaba que como estaba todo ordenado y todo tan bien armado, me iba a comer una así de grande. Me quería volver al otro día que llegué, pero todo va por los carriles que te dicen que va a ir. Jamás pasó nada que no nos hayan dicho”, reconoce.
Graciela Minervino, su mujer y manager, pide pido. Omar atiende el teléfono a una radio; su voz se oye rebotada contra los azulejos de la cocina del departamento. Es imposible hablar de Omar sin mencionar a Graciela, una de las culpables de que Mollo sea una referencia del tango argentino en Europa. “Estamos las 24 horas juntos, no competimos y eso que ella toca la guitarra, canta, es pianista y bailarina clásica y tiene una oreja así (abre las manos)”, la elogia. Junto con Carel Kraayenhof, excelso bandoneonista y director del sexteto Canyengue (dos bandoneones, dos violines, contrabajo y piano), Omar integra una formación multiétnica que tiene al argentino al mando vocal. Allí es capaz de zapatear malambo, tocar la guitarra, percutir un instrumento holandés o cantar una canción en ese idioma (Bloed, Zweet & Tranen o Sangre, sudor y lágrimas, según la traducción) imitando a André Hazes, un maravilloso cantante de ese país, ya fallecido. Por eso, los holandeses son capaces de decir: “No entendemos nada, pero nos emociona con la actitud”.
Cantó con la sinfónica de Amsterdam. “Ellos son maravillosos. Nuestra palabra vale porque venimos del lugar del tango y eso, para los holandeses, vale mucho.” Carel había jurado, tras dos malas experiencias, no contratar más a un argentino. Probó con Omar sin que Mollo lo supiera. “No alcanza con ser buen artista, hay que ser también buena persona. Allá los músicos andan en bicicleta. Acá se aprenden dos tonitos de más y no los para nadie”.
-Además de a Omar Mollo, ¿a qué tanguero escuchan en Holanda?
-Mucho (Astor) Piazzolla y (Osvaldo) Pugliese. Leen y se informan todo el tiempo. Karel vino hace 25 años al país a aprender tango. Ellos son muy completos: aprender historia, lunfardo, toman mates. En Rotherdam hay una escuela de música en la que tenés que rendir Piazzolla y Pugliese para aprobar. A mí me invitaron a participar de las clases. Vino un bandoneonista finlandés, blanquito, que tocaba sin moverse: ¡parecía Pichuco! Pensé: cómo toca este chabón, ¡por favor! Le dije a Carel “es éste” y hoy toca con nosotros. Carel estaba muy copado con Rubén Juárez y nos hizo grabar “Los cosos del al lao” y “Bailarín”. El bandoneonista lo hizo igual a Rubén, con todos los yeites.

Camino cantor.
Cuando tenía cinco años aprendió danzas en la esquina de su casa en Pergamino, donde también hacían peñas. Uno de los profesores era guitarrista de Antonio Tormo, que por entonces era el artista más vendido con su éxito “El Rancho e´ la cambicha”. A los seis, ya giraba como bailarín y su cara aparecía en los diarios del pueblo; Patito Mollo le decían al más grande de los hermanos. Después del baile, siguió con canto y guitarra, pero jamás olvidó las formas de la danza. Armó “Los Romanceros de Achalay”, un grupo en el cual era el más chico de cuatro gauchos cantores. A los 12 llegó a Buenos Aires: a su padre se le incendió la fábrica de zapatos y debió viajar, con toda la familia, a Buenos Aires. Conoció a un señor que hacía peñas. Hizo buenas migas con el hijo y él le hizo escuchar, en 1963, a un cuarteto de rock inglés: eran The Beatles. Después le fue llegando al oído Santana y Hendrix, entre otros. El rock se le metió como un veneno por las venas. Formó Año Bisiesto, con “Dartagnan” Sarmiento. Fue su primer grupo de rock and roll. Era 1969 y al joven Omar lo frenaba el servicio militar. En una gira por Mar del Plata se enteró, por el diario,que le había tocado número alto. Furioso, viajó a Buenos Aires para convencer a su padre de que lo salve. “No”, le dijo Don Alejandro.
Fue al distrito militar de Ramos Mejía y se encontró con un amigo. Quería quedarse en el barrio. Le dijeron que estaba loco. Omar usó todos los argumentos para convencer al militar y lo logró. Cada noche, salía para dormir en su casa. Así hizo la conscripción. Hasta que tenía que cantar en Villa Gessell y le dieron 10 días de permiso: se quedó dos meses. El padre lo fue a buscar. Cuando volvió le hicieron pagar el favor: fue la última vez que le cortaron el pelo, al ras. Pero le firmaron la libreta y se fue.
En su cabeza estaba germinando Mente Alma Materia (MAM), que formó en 1976 con su hermano Ricardo, Raúl Lagos y Juan Domingo Rodríguez. Pero latía, como un animal silencioso, el tango que una vez, de niño, lo había llevado al programa “Grandes Valores del Tango”.

Con el tango en la sangre.
-Hace 40 años que no comés carne, tenés años trotando con rigurosidad. ¿También tenés disciplina para cuidarte la voz?
-Sabés que no. Eso fue maravilloso. Yo no tengo técnica para cantar. Tengo un caño que me ayuda. Adriana Varela dice que soy el único que puede cantar ¡a las 10 de la mañana! Jajaja.

Graciela ya prendió la computadora, donde un violín le hace de cortina a la voz orillera de Omar. Mollo levanta las cejas: se acomoda en la silla para mirar la pantalla, donde el pergaminense estira una vocal hasta deshacerla en el aire. Tiene los ojos cerrados, el ceño fruncido. No canta, la vive a la canción. “No te olvides que mi amor estará junto a ti”, se desgañita. En la computadora marca el compás con la cara. En la charla tiene algo para decir:
“Del Polaco (Roberto) Goyeneche me mata la forma de decir. No hace falta cantar afinado, sino saber decir.” Omar transmite, suda, camina el escenario y canta. “Yo dejo todo, la interpretación es muy importante. Entendí la actitud que hay que tener para cantar un tango. No me costó porque yo no tomo una postura para el tango, lo tengo. No mezclo, no hago fusión entre rock y tango, aunque hice tangos con MAM.”

-Vos no dejás de ser un rocker aunque hagas canciones de Festilindo. ¿Qué pensás del rock hoy?
-Es difícil porque estoy poco en el país. Creo que antes no había letritas para arengar a nadie ni, como ahora, el rock tenía tres tonos. A una banda hay que armarla para tocar, no persiguiendo un objetivo determinado más que la alegría de tocar. La función del músico es amar lo que hace y poner toda la energía en eso, si llega la oportunidad llega y si no, no importa: queda la tranquilidad de que uno hizo las cosas bien. Por eso los pibes acá se desilusionan cuando no triunfan; porque no están fortalecidos con el amor para hacer algo. Si te vas a dedicar a algo, poné todo, porque cuando es para vos, podés estar durmiendo en un tacho de basura que te van a ir a buscar. Ahora, una banda de cinco que se separa porque no tiene “éxito”, se multiplica en 10 bandas más. Y en ese afán de mostrarse tocan en todos lados sin cobrar. Si hacen eso, que se olviden de cobrar, porque todos saben que ese toca gratis, entonces le pagan a otro.
Graciela prometió no dormir en paz hasta que Omar no grabase un disco de tango. Gustavo Cordera y Andrés Ciro Martínez se sumaron a la insistencia. Registró “Omar Mollo Tangos” y ganó un premio Gardel como mejor intérprete. “Graciela me dijo: ´Si hacés tango, vas a poder hacer rock toda la vida, con gusto y con quien quieras´. Y tenía razón. En Holanda hay gente con la que armo shows de rock and roll. Armamos una banda con un batero argentino y un bajista chileno; el grupo se llama MAMsterdan”.
En 2011, vivió el año más largo en la Argentina. Pero no deja de ensayar con Carel por skipe -un sistema de comunicación de voz vía web- porque sabe que 2012 lo tendrá otra vez por Europa. Mientras tanto se dedica a ser feliz. “Estoy re feliz. Yo no era responsable y ella me enseñó a serlo (la mira a Graciela). Me ubiqué en el lugar que tenía que estar en el universo.”