La casa es un biscuit. De chapa, paredes y techo. Todo original. Cuenta James Lewis, un patagónico malvinense radicado aquí, que las primeras casitas se hacían con la chapa acanalada que traían los barcos desde Europa, la chapa inglesa, que luego se colocaba madera y otra vez chapa. Que en mucha ocasiones, a la madera se la forraba con arpillera y luego papel, el papel de pared, el de empapelar, que aún se puede ver. Y allí está, la casa de chapa, perfecta, una de las primeras en la costa de Puerto Santa Cruz y que perteneció a la Compañía Argentina del Sud, donde vivió uno de los primeros barraqueros, que trabajaba justo en frente, sobre la costa, donde estaban los galpones, las barracas donde se acopiaba la lana y las mercaderías. Desde allí, salían los lanchones (unos botes de madera enormes y anchos) que navegaban hacia adentro cargados de lana y cueros para transbordar los bultos a las naves inglesas y volvían hacia la costa con la mercadería que se traían desde Europa y luego los comerciantes retiraban sus pedidos. “De todo traían -dice James-. Los barcos llegaban desde Europa con chapas, porcelanas, telas, alambrados, lo descargaban aquí y se llevaban la lana.”
El piso de la vieja casita es de madera. Y a pesar del frío, se está bien adentro. Hay mucho silencio mientras las miradas recorren los ambientes que resguardan escenografías. Hay un maniquí vestido a la usanza de 1900. El “secarropas” es el que tiene varios rodillos de madera y funciona como el sistema de la “pastalinda”, pero gigante y en lugar de tallarines sale la ropa como centrifugada. Una caja registradora de 1901 está perfecta entre los barrotes de un mostrador. Y botellas de 1870 guardan orden en una estantería. James se entretiene con algo en un rincón y sorprende al visitante: le da manivela a la vitrola y apoya con cuidado el brazo que termina en una púa. Se escucha un suave golpe seco amplificado, un poquitito de “fritura” y comienza a rodar uno de los veinticinco discos de pasta. La vieja casa se llena de un foxtrot impecable. La gente sigue el ritmo con los pies. Y mira todo. La púa está en perfectas condiciones. Resulta irreal el momento y sin embargo James aclara que tiene púas de repuesto. Cuenta una anécdota. “Cuando no llegaban los repuestos de este tipo y se rompía la púa, la gente utilizaba una espina de calafate”, dice y se refiere a la planta típica de la Patagonia que le da el nombre a la villa de montaña famosa por el glaciar y donde tiene su casa de descanso la presidenta, Cristina Fernández. Además, la leyenda dice que quien prueba su fruto, vuelve al sur. Hay otra consulta sobre las púas y es si la espina de pescado, ya que estamos junto al océano, cumple la misma función. Y James, que es muy “british”, cree que la de pescado podría quebrarse mientras que la de calafate es más dura. “Igual yo no probé ninguna, es lo que se dice, yo siempre usé la original.” La música sigue rodando y la historia de los puertosantacruceños está en cada rinconcito. Las cajas, revistas de época y fotos antiguas, blanco y negro son de una familia y nos soplan que se trata del segundo gobernador de esta provincia, Ramón Lista, de quien se cuenta que, estando casado en Buenos Aires, se enamoró de Clorinda Coyle, una mujer de sangre tehuelche con quien tuvo una hija, Ramona Lista. Cuentan también que para estar más cerca de su familia hizo trasladar la capital provincial, que era Puerto Santa Cruz, a Río Gallegos. Afuera, el viento sopla con fuerza desde la costa. Los ojos profundos miran desde las fotos. La luz se inmiscuye por entre los vidrios recortados de las ventanas. Deja de sonar el foxtrot y el silencio le gana a la tarde que se acorta sobre la Patagonia. La ruta sigue dentro del pueblo hasta el próximo destino: el edificio de la Sociedad Rural local. Un viaje de ida.