Por Leandro Vesco

Apenas siete kilómetros son los que separan a la Escuela N° 26 Constancio Vigil de poder regresar a ser un centro de estudios abierto a la comunidad rural. Aislada por la inundación desde hace un año, esa distancia es la que tiene uno de los caminos que está complicado por la presencia del agua y que el municipio, luego de tanto tiempo sin hacer trabajos viales, ahora promete que arreglará. Ilusionadas, las maestras de la escuela preparan un baile para juntar fondos para poder arreglar la escuela.

Hace más de 20 meses que el Distrito de General Villegas tiene el 70 por ciento de su superficie bajo agua, el monocultivo, el cambio climático y la ausencia de obras hídricas han sido las causas de que una de las tierras más ricas de la provincia de Buenos Aires se convirtieran en una inmensa laguna. Desde hace un año la escuela N° 26 está aislada, se encuentra a 20 kilómetros de Emilio Bunge, sus cuatro caminos de acceso están bajo agua, uno de ellos se podría recuperar, es lo que vienen pidiendo las maestras desde hace un año.

Las escuelas rurales funcionan como una gran familia, el compromiso y el amor que tienen las maestras hacia sus alumnos trascienden el hecho educativo. Por eso, fueron ellas mismas que gestionaron la solución para que las clases continuaran en Bunge en una sala de una escuela que se solidarizó con ellas. “Necesitamos que la municipalidad repare un camino de apenas 7 kilómetros, ahora nos dijeron que en un mes podrían repararlo y ante la posibilidad de que sea así, decidimos organizar un mega baile para juntar fondos para que, de una vez podamos llegar a la escuela y podamos acomodarla para volver a dar clases”, detalló Susana Nievas, la directora de la escuela rural. La esperanza crece en ella.

Hace un año, Susana debió ver cómo un mar de agua dulce proveniente de La Pampa, Santa Fe y Córdoba ingresaba a los campos aledaños a la escuela, hasta que un buen día ya no pudo entrar más a su escuela, esa masa de agua hacía imposible llegar al edificio escolar, única construcción visible en ese horizonte pampeano. Un año después, las ganas de regresar no hay hecho otra cosa que aumentar. “Seño, ¿cuándo volvemos al campo?”, le preguntan sus trece alumnos, ahora unidos en una pequeña sala en la escuela de Bunge. “Ellos extrañan su escuelita, la tranquilidad, la naturaleza y el ambiente más familiar”

Con la promesa del arreglo municipal en el camino, pronto Susana junto con la maestra de Jardín, y los padres de los alumnos, se pusieron en movimiento. El agua ha hecho mucho daño a la escuela, por lo que el trabajo que deberán hacer, si es que pueden llegar hasta ella, será grande. Solos no pueden y sin dinero, tampoco. Necesitan fondos. “Nuestra cooperadora es chiquita, y poner de nuevo en funcionamiento la escuela implicará limpiarla, revocar sus paredes donde el revoque se ha caído por la humedad y ver cómo se terminan de arreglar los baños”, explica Nievas. Salió la idea de un baile, que es como se juntan fondos en el campo.

El 4 de noviembre a las 21.30, en el Fútbol Club de Bunge la familia rural se unirá por la escuela. El baile promete ser bueno, se presentarán varias orquestas que quieren ayudar a la escuela con acordes populares y camperos. Como todo buen baile, contará con un “esmerado servicio de cantina” La noche será inolvidable. La solidaridad de los pueblos se ve en estos bailes, muchas familias recorren grandes distancias por caminos en pésimo estado donde no existe la señal de telefonía celular. Pero a pesar de todos los obstáculos, es difícil hallar una queja en estos eventos, la premisa es clara: hay que ayudar a las maestras para que puedan abrir de nuevo la escuela.

Susana Nievas, que les consigue todos los años los guardapolvos a sus alumnos y los pasa a buscar por la puerta de los campos, cuenta las horas para abrir la puerta de su escuela.