La señora está furiosa. Lo demuestran su cara y su gesticulación, pero, sobre todo, la batería de improperios que dirige en kaqchikel –su lengua natal maya– a la encargada del puesto. La vendedora, sin embargo, que además de español habla k’iche’, la evita como puede, sin mirarla, y ordena una y otra vez la misma pila de bolsos que tiene a su lado.
Esta escena se repite cada jueves y domingo aquí, en Chichicastenango, una pequeña ciudad ubicada en la cima de una montaña, a 3 horas al noroeste de la ciudad de Guatemala, donde tiene lugar el mercado a cielo abierto más grande y colorido de todo Centroamérica. El mercado de “Chichi” -como se lo conoce popularmente- ocupa una superficie incierta, que crece más rápidamente de lo que puede medirse. “En Chichi -cuenta Tomás Sánchez, un empresario textil de la zona-, todos trabajamos en el mercado o vivimos de él: los taxis, los comedores, las farmacias. El mercado ocupa toda la ciudad y más allá de sus límites”, explica en un español con marcado acento indígena.
Pero no seamos injustos, la señora tenía razón. Había encargado unas piezas especiales, varios huipiles (blusa típica de la vestimenta femenina tradicional del país) provenientes de la zona de Quetzaltenango, cada uno de ellos tejido y bordado a mano, cada uno de ellos con un exquisito trabajo de flores en más de 20 colores, capaces de deslumbrar hasta al más minimalista de los diseñadores. Cada uno de ellos honrando la tradición textil de la zona y del país. No obstante, la vendedora, impiadosa ella, sucumbió a la tentación: un turista con muchos dólares en el bolsillo -un buen huipil no baja de los 300- ofreció una gran cantidad por el lote, lo puso en una bolsa y se lo llevó con una sonrisa mal disimulada.
 
Las manos mágicas. Referirse a los textiles de Guatemala es como hablar del café colombiano, de nuestra carne argentina o de la cerveza alemana. Para los mayas, el tejido es un atributo de las diosas lunares: Ixchel es la diosa de la fecundidad y el tejido. Su hija Ixchebel Yax, la diosa del bordado. En un país donde la población indígena y campesina es mayoría, donde las costumbres religiosas mayas se entrecruzan con un fuerte crecimiento de las iglesias evangelistas, los textiles son un indicador cultural y un símbolo de identidad nacional, además de una forma de sostener gran cantidad de economías familiares e incorporar a la mujer -siempre relegada en Centroamérica- a la producción.
Las mujeres indígenas que permanecen fieles a la tradición visten huipiles, fajas y tocados realizados por ellas mismas en su telar de cintura o de palitos. La cosmovisión maya toma forma en la indumentaria de las mujeres que visten sus trajes regionales. En estos tejidos, se puede identificar el grupo étnico, la comunidad a la que pertenece la tejedora y el lugar que ocupa en la sociedad. Entre las actividades cotidianas elaboran sus prendas, las de su familia y también aquellas que van a comercializar al mercado o que son solicitadas por encargo desde otras comunidades.
Cada huipil es, literalmente, una artesanía única y singular. Los paños que lo forman tienen el ancho de los brazos de la tejedora. Al plantear la urdimbre, la productora concibe el diseño de la prenda según su uso: diario, ceremonial, boda o luto. En el telar, los hilos se colocan de a dos, de acuerdo con la concepción maya de la complementariedad entre hombre y mujer, unidos en la creación y en armonía con el universo. Con el movimiento de su cintura determina la tensión de los hilos y con sus dedos, tomando los colores, genera diferentes figuras y símbolos. Diseños contemporáneos que se integran con figuras de la geometría maya y que representan el sol, la lluvia y la tierra, junto a símbolos como la serpiente y el águila bicéfala. En el bordado de flores y pájaros, se evidencian creatividad, destreza técnica y manual y, sobre todo, la clara influencia de esa exuberante naturaleza que las rodea.
En la actualidad, sobre las prendas que aquí se desarrollan, se reconoce el sincretismo maya-cristiano y la dinámica de los intensos cambios culturales, acumulados en tres períodos bien diferenciados: prehispánico, colonial y contemporáneo. En los tejidos se identifican costumbres, tradiciones y valores de la cultura maya, se articula el pasado y el presente de cada comunidad para trasladar el oficio de generación en generación.

Un país complejo. La república de Guatemala contiene en su entramado una complejidad étnica con características que lo hacen uno de los países más interesantes de toda América Latina: 23 lenguas vernáculas comparten cartel con un idioma español que avanza como puede entre selvas y montañas. Los índices de analfabetismo en el país son importantes puesto que muchas comunidades rurales no pueden acceder a la escolarización. Los niños hablan la lengua originaria maya, pero sólo una pequeña porción tendrá acceso a otro idioma y, seguramente, será en la adolescencia, cuando puedan moverse con seguridad entre valles y senderos.
En la actualidad, el país enfrenta varios problemas relacionados con la violencia. Se destaca entre ellos la presencia de “maras”, las pandillas formadas a partir de los años ochenta por inmigrantes guatemaltecos y hondureños en la costa oeste de los Estados Unidos y que, debido a leyes generadas a partir del 11 de septiembre de 2001, fueron deportados a sus países de origen. Por el momento, la presencia de estos delincuentes violentos se reduce a la ciudad capital, por lo que el turismo es también una industria importante del país, pero se teme que podría avanzar hacia el interior, sobre todo por su vinculación con el narcotráfico.
Quien haya pisado esta región sabe que no es un secreto: su diversidad geográfica, su complejidad étnica, la conservación de tesoros y construcciones precolombinas -el mismísimo Tikal-  y tantas maravillas hacen de Guatemala un gran destino turístico, pero también, un lugar para aquellos viajeros que buscan contactarse con la esencia misma del ser humano. Desde la producción de vestido o alimentos, hasta la relación con la tierra y los misterios que la rodean