Fotos Juan Carlos Casas

 

¿Son una nación, una étnia, una raza? Tienen linaje como para creerse una etnia, la organización idiomática para saberse una nación y una historia genética que los determinaría como una raza. Pero nada de eso pretenden, más que aquello que manda Dios. “Pañuelo negro para las casadas y blanco para las solteras. En la vestimenta, a cierta edad, se usa ropa más oscura de acuerdo a la suma de años”, narra nuestra guía. Por lo general todos calzan zapatos y “enterito”. Camisas a cuadros, algunos con remera debajo, pero nunca remera sola.

La ropa, claro, la hacen ellos mismos. Tal vez en esa independencia esté la reticencia que algunos le tienen: no dependen de nadie, no le sirven al consumo, son insensibles a las publicidades que ofrecen los beneficios de una vida cómoda porque todo lo que quieren lo tienen dentro: demasiado para el mundo occidental. Por eso saben que aunque no lo pretendan son una atracción turística. Algunos se ríen de eso.

Ana levanta el mate recién cebado y sonríe. Antes había cocinado milanesas con puré para nosotros, mientras atendía a sus mellizos con los movimientos limitados que le permite su embarazo.

Afuera ladra un perro sin nombre; ninguno lo tiene. Le dicen “perro” en su idioma. Con él juega Elizabeth, una niña de ojos azules e inquietos. Impresiona su belleza con ojos de cielo y piel transparente. La niña tiene una capellina blanca, cruzada con un moño verde y un vestido azul con una cinta roja. Debajo del sombrero tiene unos risos ocres que brillan con el sol. Come un caramelo, mientras su madre le sirve el almuerzo a los visitantes y se aleja de la mesa. Sólo se sienta cuando se les insiste a coro.

Llega Abraham Loewen, un chico alto, rubio y pecoso. Porta gorra con visera, como todos. Viste overol, como todos. Y estrecha la mano mirando a los ojos, como todos. De mañana en la quesería, de tarde en la metalúrgica de esta familia -cuyos padres fueron a montar un techo en General Pico. Trabaja de sol a sol. Aquí nació hace 20 años. Su padre falleció en el campo, a los 59 años, y su madre debió dejar de trabajar por problemas en la cintura. Son 9 hermanos, con uno en la colonia de Bolivia y otro en Santiago del Estero, adonde partieron otros 90 colonos pampeanos. Allá y acá, siembran sorgo para rollos y todos tienen la huerta delante de la casa y el tambo detrás.

Los chicos son grandes desde mucho antes y los grandes son viejos desde temprano. Pero nunca cortan el cordón umbilical que los une a la tierra. “Nunca dejan de trabajar porque si no trabajan se sienten inútiles”, cuenta la guía. Aunque siempre trabajen, recién a los 21 años disponen de su dinero. Hasta entonces, dan los chicos la plata a su madre.

Hasta que se case, Abraham vivirá con su madre. El casamiento será un sábado al mediodía, con ropa especial y las familias de ambos. Ocho días después los casará el obispo en la iglesia, con otra ropa: de negro la novia, que antes usó vestido color café. Más temprano que tarde, llegarán los hijos, pues no aplican métodos anticonceptivos. Tras el parto, la mujer se quedará dos semanas en la cama y los vecinos atenderán a la nueva mamá trayéndole comida.

Tienen hijos hasta una cantidad sólo limitada por la mano de Dios. Prefieren varones para heredarles los trabajos manuales. “Los chicos maman el trabajo desde niños y sueñan con hacer la vida de su padre”, dice la guía.

Tierra que me hiciste bien

Cuando llegaron a La Pampa, en 1986, lo hicieron con una promesa de tierras fructíferas. Pero el sueño les duró poco. Ninguna de las 10 mil hectáreas del campo que compraron tenía siquiera un atisbo de lo que les habían prometido: un suelo pedregoso, un clima seco, con mucho frío en invierno y mucho calor en verano.

Las 10 mil hectáreas están divididas en nueve campos. Cada uno tiene un jefe que los representa, una escuela y, detrás de ella, el cementerio. “Sólo van a enterrar el cuerpo y no vuelven más”, cuenta la guía. No le rinden culto a los muertos: entierran a los suyos con una estaca sin nombre, porque cuando se van es lo mismo que cuando viven: son iguales ante Dios.

Vienen al mundo con la misión de trabajar la tierra y vuelven a ella. Antes, el carpintero fabrica a medida un cajón para el difunto, cobrando sólo el costo de la madera porque sostienen que nadie debe, como en nuestro mundo, lucrar con la muerte. Lo velan -en el comedor de la casa- por cuatro días a la espera de que lleguen los familiares -muchas veces desde otros países- para el saludo final.

Las casas son austeras, sin adornos, sin cuadros. Un almanaque con las fechas en rojo de sus celebraciones religiosas y con las del mundo del consumo son las únicas capaces de colgarse en las paredes. Tampoco disponen de radio, ni ventiladores, ni televisores. Muchas mujeres tienen las manos lastimadas de lavar la ropa, aunque, más por necesidad que por lujo, algunas han adoptado lavarropas. A grandes rasgos, usan la tecnología pero no la tienen: juegan al flipper pero no quieren ser la pelotita.

Son confiados, no aceptan la violencia ni las mentiras. Un comerciante mendocino les adeuda la nada despreciable suma de 40 mil pesos a una de las queserías. “Hay que cuidarse. Pero la gente de acá confía más en los de afuera que en los de adentro”, revela Abraham.

Nadie sueña con dejar la colonia. Irse implica la posibilidad de no poder volver y la seguridad de cortar lazos con la familia. “Nunca pasó eso”, dice la guía. Abraham rechaza la idea con una sonrisa cuando el periodista se lo pregunta. “Estamos acostumbrados a esta vida”, sentencia con los ojos tiernos. Y se rasca un callo que le florece en la mano.

El domingo es el día para el descanso, la familia y la religión. La de la iglesia es la única actividad comunitaria. El resto es trabajo. Pero nadie trabaja el domingo: no cocina la mujer ni labora el hombre.

Los colonos no reclaman asfalto, seguridad ni coparticipación por las ganancias que le generan a la provincia, a pesar de que pagan impuestos con exactitud y fueron capaces de fundar un pueblo en medio del baldío pampeano. Son tranquilos. No gritan. Si se enojan, lo hacen en silencio. Dejan las gallinas sueltas y a los chicos correr. Reciben un diario desde Canadá; es todo lo que leen. No tienen fotografías de familiares, ni adornos, anillos ni crujifijos. Sus únicos feriados son religiosos: celebran reyes, pascuas, navidad. Viven en el más hermoso de los despojos. El lazo con la tierra los vuelve verdaderos, simples, tranquilos, respetuosos a más no poder. “Son puros, no tienen maldad”, resume la guía.

Cultivan la única religión que no se transfiere sino por sangre. La única que rinde culto a un Dios sin imagen y en la que todo está dentro; afuera sólo está la materia que abona la tierra, el cuerpo. No esperan la muerte para redimir pecados, no creen que sea para los pobres el reino de los cielos ni pagan en el presente las incidencias pecaminosas de sus ancestros.

El sol se escondió en el horizonte y tiñe de naranja una parte del cielo, que del otro lado empieza a desteñirse para recibir a la noche. Cuando La Pampa muestra el ancho de su confín y la colonia menonita se desdibuja por la distancia, uno invierte la ecuación sobre la libertad, los mitos sobre el desarrollo y los mandatos del consumo. Ese mundo quieto en donde el tiempo corre de manera diferente y pura es bastante mejor que este otro -el nuestro- al que no nos queda más remedio que regresar.

¿Cuántos menonitas hay en el mundo?

De acuerdo con un informe publicado en 2007 por la Conferencia Mundial Menonita, viven en el mundo un millón y medio de menonitas, distribuidos en 82 países. Lo cierto es que el número se multiplica si se considera que esa cantidad incluye sólo adultos bautizados, dejando afuera de la estadística a los niños, cuyo promedio por familia es de cinco. A continuación se describe la cantidad de menonitas según el continente, de acuerdo al informe citado.

* África: 530.000

* Norteamérica: 500.000

* Asia, Oceanía y el Pacífico: 241.500

* América Central, Sudamérica y Caribe: 156.000

* Europa: 52.500