El astrónomo, antropólogo e investigador adjunto del CONICET Alejandro López, estudia desde 1999 junto a su equipo las ideas sobre el cielo de los grupos indígenas chaqueños, en particular las relaciones de estos grupos con la dispersión meteórica de ‘Campo del Cielo’, una región caracterizada por el tamaño y la alineación de sus cráteres, y por la presencia de una gran cantidad de fragmentos meteóricos con alto de gran masa y contenido de hierro, entre los que se destaca el meteorito “El Chaco”, el segundo más grande del mundo y que pesa 37 toneladas.

Hace unos 4.000 años un enorme cuerpo metálico proveniente del espacio entró en la atmósfera terrestre y se fracturó mientras caía. Sus fragmentos se esparcieron a lo largo de una larga franja de unos 100 kilómetros de largo por 3 kilómetros de ancho.

Este equipo de investigadores exploran los conocimientos y prácticas de estos grupos en relación con los meteoritos, a los que la literatura previa hacía referencia de forma confusa y anecdótica, para buscar conocer cómo estas sociedades se vinculan con su entorno y los seres que lo habitan.

Específicamente se centraron en la comunidad mocoví (moqoit) -grupo que pertenece al tronco lingüístico guaycurú y habitaban la zona sur del Gran Chaco donde vivían de la caza y la recolección-. “Para los mocovíes el cosmos está poblado de diferentes sociedades de seres no-humanos con los que es imprescindible pero peligroso relacionarse. El espacio celeste es una parte integral y muy importante de su mundo ya que de allí proviene la abundancia y la fecundidad de la Tierra. El cielo mocoví está organizado alrededor del Nayic o ‘camino’, que la astronomía académica llama Vía Láctea, y que es una zona del cielo que se observa como una gran franja de brillo difuso y alrededor de la cual se organiza el espacio celeste mocoví. A lo largo de la misma se disponen los rasgos más importantes, que incluyen estrellas, grupos de ellas, manchas brillantes y oscuras. El brillo es una de las manifestaciones características de los seres con poder, y es por eso que la Vía Láctea se piensa como una región especialmente potente”, destaca López.

En este contexto los meteoritos tienen una gran importancia para este grupo: son vistos como estrellas que caen del cielo y anuncian lluvias y además concebidos como objetos productores de suerte y riqueza, ya que son la manifestación de la presencia material en la Tierra de los poderosos seres del cielo. Se trata por ello de objetos cargados de potencia y cuya manipulación es peligrosa, pero que además están asociados a la construcción de liderazgo.

“Se piensa que los fragmentos meteóricos se entierran profundamente al caer y van emergiendo lentamente del suelo para aparecer en la superficie ante aquellas personas para las que están destinados. Por ello la extracción de meteoritos por parte de criollos y extranjeros funciona muchas veces como símbolo de la situación general de despojo de sus recursos a los que estos grupos fueron sometidos desde la ocupación de sus territorios y su sedentarización forzada. Los meteoritos cumplen el rol de íconos de la identidad para estas comunidades. El interés que despiertan en los no aborígenes es para muchos una metáfora de las desigualdades existentes. Es por ello que, en el último tiempo, muchos movimientos de reclamos por sus derechos se organizaron alrededor de los meteoritos”, advierte López.

“Cuando se estudian las ideas de los grupos de pueblos originarios sobre el cielo es importante comprender que todas las sociedades cambian. No obstante, el análisis comparativo entre las etnografías actuales y los wwwimonios del pasado, tanto documentales como arqueológicos, nos sugieren la continuidad de importantes elementos. Entre ellos la idea de un cosmos poblado por diversas sociedades de seres humanos y no-humanos, la del cielo como un espacio de abundancia y poder y la de que los meteoritos constituyen una presencia en la tierra de las entidades celestes. Estas concepciones son muy relevantes hoy, aún en el contexto de los cristianismos aborígenes contemporáneos”, aclara el investigador. Según López, la educación astronómica ofrece un espacio interesante de interacción entre las concepciones académicas y las de los pueblos originarios. La tradición de observación del cielo a simple vista de los grupos tiene un enorme potencial formativo e integra la observación de distintos fenómenos y ciclos astronómicos con rasgos del paisaje, ciclos vegetales y animales y la memoria comunitaria.