Por Brenda Salva

Miguel Ángel Bávaro y María Cristina Ortiz festejarán pronto sus bodas de plata. Pero este año cumplirá una década algo tan importante como su matrimonio: Tecnisferio, su feria itinerante. La crisis de 2001 los dejo sin trabajo y debieron ingeniárselas para subsistir: un hobbie se convirtió en su fuente laboral. Con los conocimientos de arte, mecánica y diseño, la pareja construyó maquetas, aparatos y herramientas históricas a escala. Con materiales reciclados, entre ellos madera, metal y residuos, reprodujeron decenas de maquinarias que usaron para exponer y explicar su funcionamiento en las escuelas.
Los diseños respetan la materia prima empleada en la época en que fueron creados. Desde un pequeño molino de agua, hasta una catapulta, funcionan. Monopolizan las tres historias que componen la humanidad, comenzando con el descubrimiento más precario del hombre, hasta una casita que se ilumina con energía solar, la feria móvil propone una historia para cada grupo de reproducciones con las que explican la historia del agua, la de las energías y mecanismos de engranajes y la de la comunicación.
Ex delegados en sus empleos, Miguel Ángel y Cristina no imaginaban que su nueva vocación laboral los llevaría a militar, ahora, por una mejor educación. “Eramos grandes para el circuito formal del trabajo y entonces hubo que apelar al ingenio y a la perseverancia. Miguel sabe mucho de electrónica y de diseño, y yo de arte. No creímos en la idea de irnos del país. Apostamos a algo independiente. La crisis nos despertó un mecanismo de subsistencia”, cuenta María Cristina.

Subtítulo. De igual a igual.

El trabajo de la feria itinerante despliega su esplendor en las escuelas primarias, secundarias y terciarias. La pareja narra una misma historia de muchas maneras, siempre ajustándose a su auditorio y logran hacerlo soñar en un viaje a tiempos lejanos y también futuros con sus representaciones diminutas.
Un detalle importante es la cantidad de seguidores que comenzaron a surgir gracias a sus maquetas. La gracia del detalle es que no existe ningún plano de cada reproducción. Miguel Ángel, casi emulando al artista más conocido de la historia italiana, aquel que ocultaba su talento en la graciosa explicación de quitar de las esculturas aquello que le sobraba para que ellas nacieran, no utiliza planos. Desde una primera impresión, busca acercarse lo más posible a la maqueta original. Y lo logra. “Nuestra actividad tomó forma a partir de que esas maquetas formaron parte de historias con un hilo conductor en el tiempo, desde una antigüedad muy remota hasta la actualidad. Cada maqueta ocupa un espacio temporal dentro de cada período. Después, con esa lógica, construimos las otras historias. También homenajeamos a grandes creadores, como Leonardo Da Vinci. Todo está hecho de forma artesanal con materiales reciclados. No pretendemos ser un museo, pero nos llaman así”, acepta Miguel Ángel.
La dupla lleva hechas más de cien copias. Con sus cuatro historias utilizan más de veinte obras por cada una. Año a año las renuevan, las mejoran y descartan aquellas que no utilizan para las muestras. Pero dicen que ocupan los 365 días del año a esta pasión que obliga a la actualización constante y a la información permanente.
Una exposición comienza con lo más sencillo: la creación del fuego mediante la fricción de las piedras. Y culmina con una destilación de hidrógeno que demuestra que el hidrógeno es un combustible. En el transcurso de la muestra, se exhiben molinos de viento y de agua y también el Batán, una máquina del año 1100 que transformaba tejidos abiertos en otros más tupidos. Eran máquinas impulsadas por la fuerza de una corriente de agua que hacía mover una rueda hidráulica y activaba los mazos que posteriormente golpeaban los tejidos hasta compactarlos. Estas máquinas, de extendida utilización en España, estuvieron en funcionamiento hasta finales del siglo XIX. Y son nada menos que las impulsoras de la Revolución Industrial. “¡En ese momento los chicos dicen que compran la ropa en el shopping y les cuesta creer que antes se fabricaban con un aparataje extraordinario y que además la gente se ponía abrigos de arpillera compacta!”, señala Miguel Ángel, maravillado. Coinciden en que el conocimiento que llevan a las escuelas dota de un nuevo lenguaje a los chicos y los nutre de conceptos e ideas que antes ni habían escuchado. Y no sólo comparten un pedazo de historia antigua, sino que ellos, actualizándose, innovan en la fabricación de aparatos de energía renovable, como una cocina a energía solar: “Una experiencia que hacemos es de radiación térmica, o sea, cómo captar la radiación del sol y transformarla en temperatura. Lo demostramos con la cocina solar. Hay reproducciones que se dejaron de usar y otras que no se conocen y deberían usarse, como los paneles solares. A los alumnos les enseñamos que tienen que tener una visión global de la energía que usan. Si bien se pueden usar en Salta, también se pueden emplear en Africa o en Colombia. Sobre todo con las mujeres de esas zonas, las cocinas solares les pueden facilitar sus tareas. Además, poca gente sabe que esta cocina fue diseñada para esas mujeres africanas que están cuatro horas por día buscando leña o cocinando cubiertas de humo, lo cual terminaba matándolas”, cuenta María Cristina, mientras enciende la casita con paneles solares.
Algunas de las maquetas preferidas de la pareja son las máquinas a vapor, su robot Boby, que es un auto con cámara incluida que por sensores logra identificar su ruta por medio de la decodificación de colores. Los motores de explosión y las catapultas con las que juega Facundo, su único hijo.

Subtítulo. Todo cambia, todo queda.

Las maquetas no sólo contribuyen al cambio de otros. “La compulsión por llenar carros de supermercado la hemos perdido. Todo lo hacemos nosotros; los muebles, las restauraciones y tratamos de no entrar en la carrera consumista. Es un trabajo creado a todo pulmón y a veces lo vemos muy raro. Por eso creemos que aún no trascendió como quisiéramos que lo haga. Hacemos lo nuestro y tampoco esperamos reconocimiento. Aprendimos lo duro que es trabajar de forma independiente y no percibir un sueldo fijo. Pero le fuimos tomando el gusto al trabajo propio. Nos adaptamos; no es fácil, pero sí es muy gratificante”, admiten.
Luego de dos décadas en pareja, dicen que la relación de trabajo es igual que su relación matrimonial, aunque a veces en la vida artística discuten por las maquetas a realizarse o las miniaturas a exponer. “Hoy nos sorprende esta actividad después de 11 años, tan anónimos como antes porque esta tarea se conoce de boca en boca, a pesar de lo cual hemos sido reconocidos por el Ministerio de Educación y la ciudad de Buenos Aires declaró nuestro trabajo de interés cultural. Pero sólo son rótulos, el reconocimiento viene más por el lado de los docentes, de haber sido promotores de proyectos institucionales dentro de los colegios, como el tema del agua o la historia de las comunicaciones resurgida con la Ley de Comunicación Audiovisual, que la trabajamos desde hace mucho tiempo. Creo que fuimos un disparador para la difusión, cuando nadie hablaba de estos temas”, dice el binomio que ha logrado valerse de lo artístico para erigirse en contador de historias.