Fotos Marcelo Arias

Después de un aguacero descomunal, el sol salió a convertir en humedad el agua que había corrido por la tierra colorada de Posadas y todos supieron que la primera noche del Festival Nacional de la Música del Litoral iba a tener una luna gloriosa, que a la noche tendió sobre el río Paraná un surco de luz que era posible ver en primer plano desde las gradas de cemento del anfiteatro Manuel Antonio Ramírez, el lugar que por cuatro noches se convirtió en el epicentro de la fiesta más importante de la provincia.  

La noche inaugural, la del 21 de noviembre, arrancó con la danza apenas el sol posadeño se fue a dormir: Alejandra Arancio y Matías Bogado, ganadores del Pre Festival, bailaron chamamé tradicional. Del mismo concurso, pero del otro lado del río (Encarnación), subieron los paraguayos del Trío Amalgama. A ellos le siguió el posadeño Pato García, con canciones tradicionales en formato de cuarteto.

Después de la prometedora Pamela Ayala, que cantó “Misionero y Guarany” para su Puerto Esperanza natal y “Puerto Tirol” para que todos bailen, Los Huaya pisaron el escenario y tuvieron un set errático, teñido por los graves de un sonido que le costó acomodarse. Eso, más las voces tapadas por los golpes de una batería demasiado enérgica, jugaron en contra de las buenas intenciones vocales que encontraron las palmas más fuertes con los clásicos, antes que en las reversiones de canciones que le quedan lejos, como las de Joan Manuel Serrat. “Vamos a cantar como hacemos los salteños, fiero y fuerte”, dijo el Colo Vasconcellos. Cumplieron con el primer objetivo.

La excesiva energía del misionero Gringo Barreto -productor yerbatero- trajo al escenario un chamamé bailantero con una montada calidéz popular y algo de sertanejo brasileño. Después de Barreto, Franco Zacarías hizo canciones festivaleras para el aplauso, pero de Misiones –de donde es- ni noticias.

Era la noche de Jorge Rojas, que aparecía en la pantalla gigante y arrancaba los suspiros femeninos, pero se hacía desear. Antes hubo que escuchar al Conjunto Santa María, que le cantó al festival con escasa poesía (“festival del litoral, festival del litoral”, repetido hasta el hartazgo) y pidió palmas antes de cantar, que la gente entregó por respeto.

A las 1:40 del viernes, Lucio Rojas aparece zapateando en el escenario Alcibiades Alarcón y el público aclama por su hermano, que pisa el escenario rasgueando la guitarra y cantando La Yapa. Rojas ratificó de entrada su alta calidad vocal, pero también su manejo de los tiempos del escenario y de los momentos de un espectáculo: zapateó, además de cantar las canciones del chaco salteño de su infancia y las otras que las chicas quisieran que el de Cutral Có les susurrase al oído (“No saber de ti”).

Amagó con irse para siempre, pero volvió para sumar a Joselo Schuap en la voz y a Lautaro Cristaldo en la verdulera para cantar “Posadeña linda”. Potente y bendecido por el aplauso, dejó todo en el escenario y le puso un broche genial a la noche, cerca de las 4.

Música y emoción

Mientras arranca la segunda jornada, este cronista y el fotógrafo están volviendo de ver las plantaciones de té de Oberá. El colectivo se eterniza en la ruta y nos priva de la segunda noche. Cuando el día amanece, todos comentan la jornada más diversa dentro de la región litoral: con los entrerrianos de Los Cuestas Hermanados, con los correntinos de Los de Imaguaré, pero sobre todo con dos figuras de la provincia. Será por siempre la noche en que Luis “Rulo” Grabovieski (de Los Cuatro Ases), de Apóstoles, maestro de Chango Spasiuk, reciba el Mensú de Oro, el premio que el festival entrega desde 1996. Fue el momento más emotivo de una noche bailable y tradicional, que tuvo al prócer misionero, Ramón Ayala, su guitarra de 10 cuerdas, su voz que acaricia las 9 décadas y sus canciones que ya son un himno de la tierra roja y, sobre todo, de los hombres que la andan.

El litoral de Aznar

Recién se apagaba la tarde, de calor llameante, cuando empezó la tercera noche del festival, la del sábado 23 de noviembre. A la danza del ballet Agitando Pañuelos le siguió el ganador de la categoría solista instrumental, Chemo Cáceres, de Iguazú. En su calidad, podía adivinarse la que iba a ser la mejor noche del festival litoraleño.

Los Pura Sangre, un cuarteto con chicos de Entre Ríos, Corrientes y Buenos Aires, subieron a cantar como ganadores del rubro conjunto instrumental del Pre Festival y demostraron el por qué del premio: se apoyaron en la delicadeza para hacer saber que sin hacer ruido ni ponerme por delante de los instrumentos se puede llegar al público.

“Hacemos casi todo lo contrario a lo que dicen los manuales”, dijo Karoso Zuetta, nacido en Oberá, que formó con su esposa Narina Bader (de Jardín América), un exquisito dúo que salió al rescate de los sonidos guaraníes. Cantó ella sobre pistas, la acompañó él en los vientos (sikus, flauta) y en la guitarra. Y cerró Karoso con una canción dedicada a la luna, que a esa hora estaba amarillenta, alumbrando al río que está de frente al público del anfiteatro.

De traje para hacer chamamé tradicional, Los Hermanos Brítez (el bandoneón de Alan Brítez, dos guitarras, contrabajo), cantaron seis canciones, con algunos clásicos (“Puerto Tirol”, “Kilómetro 11”) y un cantante (Miguel Ángel Sheridan) capaz de arrancar aplausos con los recitados, al cabo de los cuales la gente respondió con un zapucay, sin que nadie lo pidiera.

Siguió el conjunto tradicional de Tito Molina y el Cuarteto Corrientes, programado originalmente para la noche de cierre. Engancharon chamamés entre el relincho final del acordeón y el próximo del bandoneón, en una serie de chamamés instrumentales de corte rural, salvo por la voz de Gabriela Zaval, una adolescente de dulce voz.

Los Nuñez (nativos de Campo Viera, una zona tealera) rompieron con los aires tradicionales para anotarse entre los más destacados del festival. Debieron salir a explicar por qué la gente los aplaude con ganas apenas asoman. Justificaron las palmas desde el primer tema: Juan estiró el fuelle del bandoneón hasta la asfixia para hacerlo sonar con estilo piazzollezco o lo cerró para hacerlo ronronear. Y Marcos “El Chavo” Nuñez acompañó en guitarra, en una formación con batería y bajo con la que sonaron a banda para ratificar la proyección nacional de su música. El último tema vino con yapa: lo floreó Cary Macena, el locutor de la fiesta, y la gente se paró para aplaudirlos.

El ballet oficial del festival armó un cuadro conmovedor para homenajear a María Elena, la mítica voz del litoral, que actuó por última vez en la séptima edición de este festival y murió, a los 23 años, en 1969. El público bailó con el ballet, que bailó con la voz de María Elena y acompañó, fervoroso, todo el cuadro.

Entonces, esperábamos a Pedro Aznar, pero la grilla del festival tuvo uno de los pocos cambios: subió el local Joselo Schuap, quien entendió que el festival estaba en su 44ta. edición nacional, pero también –y sobre todo- en su sexta edición del Mercosur y trajo las cuatro banderas de su canto. Le pidió perdón al Paraguay por la masacre en la Guerra de la Triple Alianza, pintó con gracia el mercado La Placita para despedirse. Y se fue con el aplauso hecho clamor popular para que volviese al escenario, pero no había tiempo: fue esa la chapa más importante para saber que es él el juglar de la tierra roja. Bañado en aplausos, volvió al micrófono de la locutora para decir: “Gracias, pero hay muchos artistas y tenemos que escucharlos a todos”.

Pedro Aznar tiene su público en Posadas, pero ni el más optimista iba a pensar que el ex músico de Charly García (con quien empezó a tocar cuando tenía 18 años) se iba a llevar la ovación más grande de la noche. Llegó sólo, él y su guitarra, a las 23.55 del 23 de noviembre. Ofreció un repertorio criollo que la gente aplaudió como a un hijo de esta tierra roja. Fue de Atahualpa Yupanqui (“Yo tengo tangos hermanos”), a Luis Alberto Spinetta (“Barro tal vez”), cantó dos canciones inéditas que compuso junto con Teresa Parodi y se lució en “Zamba para olvidar”, de Julio Fontana y Daniel Toro. Además, se dio un gusto grande: cantó “El Cosechero” junto con Ramón Ayala, su autor, después de tocar el bajo con un destornillador. Cambió de la guitarra acústica en las zambas (“Si llega a ser tucumana”) a la eléctrica para “Quebrado”. Al final, con los aplausos en su punto más alto, se besó los cinco dedos, como cuando una comida está deliciosa y dejó para el epílogo la caja coplera con la que evocó a Violeta Parra e hizo cantar a propios extraños.

Parecía que la noche podía terminar tranquilamente después de esa intensa hora y veinte minutos de alta calidad musical y vocal. Pero el festival no termina hasta que termina. Subió Hugo Varela y los hizo reír a todos, con sus instrumentos estrambóticos y sus canciones picarescas en las que el público participa cantando y riendo. Cerró su show con su clásico (“Corbata rojo punzó”) para dejarle paso al chamamé más tradicional de la región.

Nada de eclecticismo ni renovación ni nada: chamamé de alto voltaje en dos grupos: Los Vecinos y Los Hijos de los Barrios, los encargados del cierre –con el anfiteatro vaciándose paulatinamente- que pisaron el escenarios a las 3:10 de la madrugada y la estiraron hasta más allá de las 4.

Balance positivo

La última resultó la noche más representativa de la diversidad de una provincia que es posible ver en la cara de su gente y también en su música. Y lo fue con la representación del Paraguay por Francisco Giménez, con los brasileños de Tché Barbaridade -chamamé gaúcho- y con el chamamé rural de Jorge Ratoski. Aunque el artista que más publico traccionó fue Chaqueño Palavecino. El equipo de El Federal lo ve desde el aire, volviendo a Buenos Aires.

A veces llamó la atención que algunos artistas emergentes superaran en calidad a quienes se acercaban con nombre y apellido al escenario. Pero se sabe: lo conocido no siempre es lo mejor. En ese lugar donde hay musiqueros de las sombras también se movieron los organizadores con buen tino para arrimar a los oídos del país a prometedores valores de la región: Pura Sangre, Los Hermanos Brítez, Paola Ayala y Chemo Cáceres se contaron entre los jóvenes destacados.

Impecable la conducción de los locutores oficiales: Cary Macena y Silvia Ferreyra, que llenaron los espacios en blanco con sorteos, con datos, con mucho oficio y sin fisuras. Ellos permitieron que los artistas fluyeran por el escenario.

Una constante: el anfiteatro –de frente a la ciudad de Encarnación, río Paraná mediante- estuvo lleno en las cuatro noches, con una entrada de costo simbólico a 30 pesos la noche y a 70 pesos las cuatro noches. Una política ejemplar para otros festivales como Cosquín, en los que hay que comprar las entradas con la tarjeta de crédito. Eso explica que cada noche no haya habido lugares vacíos.

“Queremos que el festival recobre la importancia que tuvo en los años 60 y 70. Hoy podemos decir que somos productores de un hecho artístico nacional”, dijo, orgulloso, José María Arrúa, Secretario de Cultura y Turismo de la Municipalidad de Posadas, la organizadora del festival, a partir de una idea del intendente local, Orlando Franco: “El festival es parte de nuestra política de estado”, dijo el jefe comunal.

Misiones resumió en cuatro días el sentimiento de una provincia que tiene su rasgo identitario en su diversidad. Allí, donde los vértices se cruzan, donde los colores se mezclan, está el festival para reflejar la marca multicromática de una provincia llena de colores. Y de música.

Mirá el video de Jorge Rojas zapateando