Texto y fotos: Sebastián Salguero

“Tengo a dos chicas en el frente, una con la dotación en Ascochinga y la otra no muy lejos de acá, pero incomunicada por las lomas”, me dice Rosa, una mujer de 65 años que comanda las comunicaciones en el cuartel de bomberos voluntarios de la localidad Vertientes, de La Granja, en las sierras chicas de la provincia de Córdoba, a unos 55 kilómetros de la capital provincial. “En breve llega el primero”, adelanta Rosa, que está volviendo del centro de operaciones. ¿El primero?, pregunto desorientado. “Sí, es el nombre del cargo del jefe: jefe primero.” En un instante ocurre lo que Rosa anunció. “Soy Hugo Villarruel, jefe primero”, dice. Y pasa el parte: “La tengo a Mica sin señal y dudo que la encuentres, a Eva podés localizarla al norte si seguís al grupo de asistencia que sale ahora para allá”. 

 

Son las 18 del jueves 12 de septiembre. Hace cuatro días que el fuego hace arder las sierras de Córdoba. Todavía quedan focos en varios puntos y mucha brasa bajo tierra a punto de encenderse nuevamente. La temperatura que se eleva durante estas situaciones penetra hasta las raíces de los árboles y hormigueros, que fuera de la vista de quienes intentan sofocarlo, reaparecen ante la primera brisa de viento.
El cielo es color ocre y rojizo hacia el horizonte, donde el sol parece haber sido eclipsado y hasta es posible mirarlo a los ojos. Es la tarde, pero parece la noche cerrada por la nube de humo que espesa el ambiente.

 

Llegamos a un punto desconocido en el camino. En la banquina, un grupo de personas colabora con la causa: agua, fruta y ropa se asoman de dos autos, mientras las caras y brazos rasguñados por las espinas del monte descansan agotados en el pasto seco. Allí aguarda uno de los bomberos que nos guiará hacia donde se encuentra la dotación haciendo un rastrilleo del perímetro que se quemó y que me llevará hasta Eva.

 

Son unos 600 metros de sendero montañoso. En el inicio, ya comienza a percibirse el blanco de la ceniza que por momentos parece nieve. El olor a humo es ya una costumbre. A lo lejos se escucha la voz de Luis “Biguá”, que nos indica dónde está el grupo: concentrado en cuidar la integridad de su gente.

Eva, mujer de fuego

Camuflada bajo el uniforme naranja y sentada en una piedra descansa con Carlos mientras se toma un trago de agua helada de una botella de plástico cortada. Pelo negro, tez trigueña y voz tenue. “Yo soy Eva”, dice con un hilo de voz, casi sin entender por qué la buscaba este fotoperiodista. Lleva siete días corriendo tras el fuego, para apenas para descansar, pero nunca deja de pensar en en apagar las llamas. Mateo, Eva, como se dice durante el servicio, habla siempre así es la manera que tiene de expresarse. “Vengo a conocer lo que hacés”, le digo. Le ofrezco acompañarla al viaje de regreso al cuartel.

 

La actividad consiste, ahora, con este fuego que se come el bosque y con el humo que cierra el cielo, en circundar el perímetro para asegurarse que no habrá reinicio. Eva carga una  mochila con agua y revisa entre la zona quemada si aún quedan vestigios de braza o fuegos que pueda reiniciarse. Es la única mujer de este grupo de 9 hombres que, ahora sí, retorna al cuartel para reagruparse. La situación está controlada. Entonces podemos hablar.

 

Eva tiene 23 años, dos hijos hace dos años y medio que es bombero. Se interesó por curiosidad mientras hacía los cursos de aspirante, hasta que comenzó el entrenamiento que permite incorporarse. Los hijos se enganchan con la actividad y comentan por ahí, orgullosos, lo que hace su madre.

 

Durante el entrenamiento conoció a Hugo, su actual pareja y jefe primero del cuartel. “Mientras estamos de servicio yo soy Mateo y el es jefe primero”, dice Eva. “Se nota el respeto hacia las mujeres la colaboración y la asistencia, aunque somos todos bomberos. Siempre la gente colabora como en estos días para nosotros es de gran ayuda y ese apoyo te incentiva a seguir haciendo esto”.

 

Eva entró de servicio el viernes 7 de septiembre y al día siguiente, a las 12, se registró el primer foco de incendio en la zona, por lo que se quedó en el cuartel hasta el jueves 12 a la noche: 7 días que el fuego no le dio respiro. Con el deseo de descansar retorna a su casa y se encuentra que durante su ausencia le habían robado todo: “me dejaron una cama y una mesa, por suerte no había nadie, tal vez a esa persona le hacía más falta que a mí”.

Rosa comunica

Rosa sigue operando la radio. Tiene 16 años de servicio en el cuartel, ha sofocado incendios, asistido en accidentes varios y situaciones propias de la zona serrana, como destrabar un animal de un guardaganado. “A esta edad yo debería quedarme en casa pero me gusta ayudar a la gente. Opero la radio porque a mi edad es difícil estar en el frente, pero por mi experiencia sé cómo debo operar”, dice. Ahora que el fuego cede bajo el agua de los bomberos y bomberas, Rosa tiene otro semblante. “Acá somos todos bomberos; no hay distinción de sexo, religión ni política. Podría decirte que aquí somos especialistas en incendios por lo que ocurre a menudo en la zona”.

Rosa y su pareja Luis “Biguá” Tinto, que también integra el cuerpo de bomberos, llevan juntos 45 años, tienen dos hijos y tres nietos. Se hicieron bomberos de grandes, cerca de los 50 años. “Si nos dejan entrar, entramos los dos”, dijeron entonces. Llevan 16 años de servicio.

Mica y su ser de bombera 

El cuartel es el centro de operaciones. Se colma de personas que entran y salen. De noche es difícil distinguir quién es quién debajo del carbono que quedó en la ropa y en la cara de cualquiera que ande por acá.

Una señora aún con el pelo mojado de la ducha se acerca al cuartel y agradece infinitamente lo que están haciendo en la zona. El lugar parece el seno de un hogar de un día domingo de reunión. Cada ambiente tiene un grupo conversando de lo acontecido. La mujer que llegó para decir gracias se encarga ahora de recorrer todos los grupos para volver a agradecerles; se sienta, comparte una charla, un mate, saluda y se va.

Entre los que aparecen brillan los ojos azules de Mica, sonrisa permanente y pasos casi arrastrando, que se cruzan con los de Eva y Rosa: las tres mujeres del cuartel se encuentran por unos minutos. “¿Cuando es mi próxima guardia?”, pregunta Mica a pesar de que los días, en el transcurso de la semana compleja de incendios, no tuvieron principio ni fin.

Mica es la más nueva dentro del grupo de mujeres, tiene 38 años y hace un año que es bombero voluntario. Vive con sus hijas en las sierras, al igual que la mayoría. Hace un tiempo que hace actividades solidarias y con ese perfil  que prefiere omitir es que decide ingresar al cuerpo. “Me gusta la actividad, la responsabilidad es la misma que en un civil, sólo que en algunos casos la colaboración se siente más que en otros. Todos queremos ser un poco bomberos a veces”, dice.

NÚMEROS

470 mujeres bomberas voluntarias hay en 168 cuarteles.
3.200 hombres bomberos voluntarios.
90.000 hectáreas quemadas.
15 a 35 años tardará en recuperarse el bosque.
90 millones de pesos se recaudan por año con el impuesto al fuego.

Leé la nota completa en la edición de octubre de revista El Federal