El 15 de febrero la tucumana Celina del Carmen Olea de Segovia había cumplido 119 años. El pasado jueves 12 de mayo sus familiares tuvieron que llevarla al hospital Eva Perón de Merlo, y en la madrugada del viernes murió debido a un grave cuadro de neumonía.

Celina ya casi no escuchaba y no veía. Tenía sus puños apretados y sus pies encogidos. Hacía un tiempo que estaba en una silla de ruedas y sin hablar. Vivía con su hijo Alberto, el menor, que se quedó soltero para cuidar a su mamá. Durante los últimos años se murieron cinco de sus hijos. 

No tomaba medicamentos. Sólo le ponían una crema por sus quistes en la piel. Nunca tuvo obra social. Sus secretos, había dicho: amar, trabajar y caminar.

Tuvo doce hijos y una infinidad de nietos, bisnietos, tataranietos y hasta choznos. Su larga vida comenzó en 1897, en una granja tucumana de Famaillá, donde se despertaba con los gallos, y trabajaba todo el día. Allí en Tucumán cultivaba, criaba animales, cocinaba mazamorra, paría hijos, les hacía pochoclo y los empujaba para ir a la escuela. Ella no había ido. La tucumana era analfabeta. Andaba a caballo y así salvó a varios de sus hijos con meningitis, galopando hasta el hospital. 

A fines de los 60 se mudaron con su esposo José Inocencio Segovia y el resto de los hijos a la casita del barrio Samoré, en Merlo, donde vivió hasta el jueves. Una casita de lo más precaria, en medio de una manzana repleta de montañas de basura de esas que no se levantan nunca.

Vivió años casi en la pobreza. La tucumana cobraba una pensión de 2.700 pesos. Decía que se la había dado Raúl Alfonsín, el último presidente que votó. Hace unos meses, cuando su historia se hizo conocida, el municipio decidió darle un subsidio.

Fuente: Clarín