Si los pioneros, con sus ropas, electrodomésticos y costumbres de tomar el té están representados en el Museo Casa del Pionero en Puerto Santa Cruz es, quizás, en el Museo Regional “Carlos Borgialli” donde la evolución de las especies queda plasmada en impresionantes animales embalsamados pero además, en “reliquias” que arman un raconto de la región, con fotos históricas unas más sepias que otras, de acuerdo con el tiempo. En una de ellas, por ejemplo, un centenar de personas sostiene una pancarta que reza “Viva la Solidaridad”. Y la fecha, apenas visible en tinta, dice mayo de 1921. Año que marcaría a fuego la vida de locales, patagónicos y de la Argentina con los fusilamientos de un millar de peones en las estancias del Sur, en la primavera–verano de aquel año. “La foto es una copia” explica el historiador y ex intendente (1987-1991) Marco Marinkovic, quien añade que la escena se produjo sobre la hoy avenida Roca, de Puerto Santa Cruz y del museo, y recuerda que fue en su mandato, precisamente, cuando surgió la idea y por concurso público se dispuso el homenaje a Borgialli, quien entre muchísimas actuaciones fue célebre por sus investigaciones y artículos publicados en la Revista Argentina Austral.  Familias históricas tehuelches también pueblan con fotos las paredes de esta sede y escenas costumbristas de un Puerto Santa Cruz reluciente. Vitrinas y estantes protegidos por vidrios, los utensilios que se utilizaron en cada época también narran la historia a su manera. Y parte de ellos están en las cajas casi intactas como la que contiene las bochas de tenis, impecables. O el botiquín de primeros auxilios, con los medicamentos en tubos súper prolijos, con sus etiquetas que especifican de qué se trata el contenido, modo de uso y recomendaciones todo escrito en inglés. Justo ese fue uno de eso reclamos de los peones asesinados, pues no comprendían las instrucciones, tal como se menciona en crónicas de la época e investigaciones históricas como en La Patagonia Rebelde, de Osvaldo Bayer. 
Entre los animales embalsamados, llama la atención un pato. El Macá Tobiano. Pues, fue registrado en 1974 cuando lo observa Mauricio Rumboll, en la laguna Escarchados, al este de El Calafate, a 743 msnm.
Pesa 530 gramos y unos 33 centímetros de largo y es un ave zambullidora, estima que la especie en un primer momento se creyó endémica de estas lagunas patagónicas de altura en la estepa, de las cuales se contabilizan cerca de 130, aunque luego se verificó que en ambientes naturales del lago chileno también habitaba el Macá Tobiano que debe su nombre al plumaje de color blanquinegro, como el pelaje de algunos caballos, y tiene su cabeza negra con plumas alargadas de color marrón o castaño rojizo sobre el pico que mide dos centímetros de un color gris azulado al igual que sus patas. Es considerada una especie “Vulnerable” hacia 1997 y “casi amenazada” en 2007, y una población que estaba siendo estudiada se le perdió el rastro aunque los locales estaban entusiasmados, pues en los restos del mastodonte donde funcionó el ex frigorífico, hay una laguna donde un mes atrás fue visto un grupo como de 28 Macá Tobianos. Así lo contó a El Federal, el malvinense y puertosantacruceño por opción, James Lewis, mientras la tarde cae sobre la costa del estuario del río Santa Cruz y El Federal retoma su camino hacia el empalme de la ruta  288 con la RN 3 y continuar con el corredor azul. “El rocío cae sobre el asfalto—dice James y señala con la mano—y drena hacia los costados y eso hace que crezca vegetación con esa agua que se forma y los guanacos se acercan a comer al costado de la ruta. Cuando se asustan y corren, ocurren accidentes.” Un temón. Las torres de alta tensión acompañan al camino. Y sobre esta obra de ingeniería también hay historias. “Fue el mismo día que el atentado contra las torres gemelas en Nueva York -dice James-. El 11 de septiembre de 2000. Estuvo cortada la ruta 3 con más de tres metros de nieve y el posteado de 25 kilómetros con la nieve en los cables y el viento hizo un efecto dominó y se cayeron casi todos. La reconstrucción duró un año y debieron poner, entonces, motores en Piedrabuena y pasar electricidad. Fue un fenómeno meteorológico muy raro”, recuerda James. Lo cierto es que en menos de media hora estamos divisando Piedrabuena. Hacia allá vamos. Pero esta es otra historia en la Ruta Azul.