Por Jorge Daniel González

Cuando el sol se esconde por el horizonte, el cielo simula un arrebol en el silencio de las aves y se escuchan melodías de bombos y guitarras aprobadas por el Zupay, rey y amo de las virtudes musicales del misterio, allí donde no existen caminos claros, los breñales se roban las flores y las lampalaguas de rojo sangre en sus ojos cuidan la entrada de los seres débiles. Caminando por senderos sin huellas, El Mandinga ha encontrado en La Banda a los estudiantes salamanqueros ofreciéndoles desde 1992, un encuentro anual de poetas y cantores a cambio de encender el fuego de su alma y bendecirlo hasta la eternidad bajo el nombre de Festival de La Salamanca. En aquel primer encuentro, el diablo fue venerado con estopas encendidas formando el nombre Salamanca y además, con imágenes de su portal, sus animales y duendes en una inmensa tela de lienzo detrás del escenario. Para asegurarse la fidelidad del pacto, el demonio se llevó en garantía la vida de Jacinto Piedra, el representante del folklore joven santiagueño de esos años. Por entonces, los organizadores pintaron en un telgopor la imagen del cantante y lo ataron con globos con gas elio para elevarlo al cielo. Pero la naturaleza impidió ese viaje dejando la metáfora en pie: “Jacinto Piedra quiere quedarse”, pensaron. Por ello reafirmaron al escenario con su nombre.

Canta el escenario.
Este año se desarrollló, del 2 al 6 de febrero, la edición 21 de este festejo que desde los años 90 hasta hoy pasó de ser una reunión comunitaria a uno de los mejores festivales nacionales del país -sólo por su grilla y la concurrencia- en el cual pasaron, en cinco noches, más de 80 artistas, casi 500 músicos, centenares de bailarines y entre 15 y 30 mil espectadores por noche.
La cancha del Club Sarmiento, en su paisaje de pasto alto y arcos de fútbol, fue un complejo ameno para el festival, aunque por momentos quedaba muy pequeño por la increíble multitud que la visitó, familias enteras con sus sillas reclinables y el bolsillo listo para invertir en bebidas con el propósito de contrarrestar los 47 grados promedio que hizo el fin de semana de la Fiesta.
Durante las cinco noches, los homenajes, los dúos e improvisaciones fueron los estandartes de las calurosas noches de Salamanca. Entre lo más destacado, se realizó un reconocimiento a Jacinto Piedra que, a dos décadas de su desaparición física, llenó de lágrimas al predio, con un video recordando sus actuaciones con el Dúo Santiagueño y con MPA (Músicos Populares Argentinos) “El destino no quiso que Jacinto actuara en este escenario”, sollozó el locutor. Mavi Díaz recordó a su padre Hugo y Los Carabajal hicieron lo propio con Felipe Rojas. El grupo La Callejera fue de lo más original: “El bailarín es una raza que sigue adelante; ensayan todo un año para mostrarse en tres minutos”, dijeron. Y dedicaron a todos los ballets una canción con aire-rapeado. La actuación de Morenito Suárez soltó una nostalgia al cantar sin su hermano del alma, Pedro Palomo, fallecido el año pasado y Jorge Veliz, el inimitable guarachero de ley, no pudo contener el llanto al cantarle a Corina, su madre, a quién perdió hace un mes. El Dúo Coplanacu invitó a bailar en el escenario una zamba a un niño con muletas y Catherine Fulop le cumplió el sueño a Camila -una niña que estuvo en silla de ruedas con pocas probabilidades de mejora- de vivir un recital de Axel: “Hoy está de pie compartiendo con nosotros este show”, soltó el cantante. Los Manseros Santiagueños, con 52 años de trayectoria, tuvieron una reacción especial con la gente: “Vamos a hacer un parate de dos o tres años en el Festival. Parece que se les gastaron los aplausos. Nosotros no decimos que no aplaudan a los de afuera, pero recuerden que primero están los de nuestra tierra”, dijo Onofre Paz, líder del cuarteto histórico.
Alejandro Lerner, hijo de santiagueña, improvisó un zapateo cuando se cortó el sonido y fue tan ovacionado como Néstor Garnica cuando tocó una guaracha con Marcelo Véliz, ritmo que hizo furor también con Kalama Tropical.
Como una mancha hacia el festival, el ganador de Taky Mosoj –Pre-Salamanca- Edgar López esperó en la noche que debía tocar más de siete horas para subir al escenario Mayor –lo pasaron para otro día-, similar situación que ocurrió con Los Sin Nombre -44 años de trayectoria- y Los Kijanos, actuando entre las 7 y 8 de la mañana, como pasó con Marcelo Mitre y Pucho Ruiz, esperando más de seis horas en el hall principal.
Además, en los diferentes días, actuaron grupos de tierras afuera: Jorge Rojas, Chaqueño Palavecino, Abel Pintos, Los Tekis, Sergio Gallegillo, Los Huayra, Claudia Pirán, Dúo Orozco-Barrientos, entre otros.

Oportunidad de ventas.
“El festival genera una fuente de ingreso para muchas familias. Además acrecienta el trabajo en restaurantes, hoteles y supermercados”, declaró el intendente bandeño Héctor “Chabay” Ruiz, lo que reafirma el wwwimonio de muchos dueños de los puestos que rodearon la cancha del club. Luis Carabajal, uno de los propietarios de los pequeños stands de comidas dice que hace muchos años viene a este festival; en la temporada anda por unos 10 festivales en los cuales logra doblar la inversión. Situación similar ocurre con los Infante y los Castagna. “Hemos gastado 9000 pesos entre el alquiler del espacio, más elementos de trabajo y mercadería. Recién al tercer día podemos comenzar a recaudar ganancias”, dice Carlos Infante, encargado de venta. 
La cuestión de los precios dentro del predio fue un dilema y se hamacó entre justos y oportunistas. Entre 15 y 20 pesos el sándwich de milanesa, la bomba de cerveza –medio o un litro-, entre 12 y 20 y el fernet llegó a pisar los 30, como pasó con las gaseosas más populares de dos litros. La docena de empanadas promedió entre 30 y 35 y los panchos, 10, lo que demuestra un aumento considerable del 10 al 30 por ciento con relación a la ediciones 2010 y 2011. Otra realidad presentaron los puestos de afuera del predio –más de 30-, aquellos que no pagaron el impuesto al derecho de venta, pero que trabajaron dignamente teniendo como cabeza jerárquica la milanesa y el choripán. Además, tuvieron el horario más amplio de empleo: de 19 a 9.

La Banda ancha.
El intendente Ruiz, en una conferencia de prensa que dio en Cosquín, aclaró que La Salamanca iba a ser “un encuentro donde los artistas podrán expresarse libremente” haciendo hincapié a la censura que pesa sobre Raly Barrionuevo, Juan Saavedra y Claudio Acosta, integrantes de la lista negra del gobierno del gobernador, Gerardo Zamora, por su adhesión al Movimiento Campesino de Santiago del Estero (MOCASE), agrupación formada en los 90 para luchar por el trabajo de las familias originarias en sus tierras, la vida campesina y el desalojo de sus habitantes santiagueños. “No quiero de más/quiero lo que es mío/al mazo trampeao voy a torcerle el destino/levantate cagón/que acá cayó un campesino”, cantó el Duende Garnica. Le cambió la letra a su chacarera “El olvidao” para aludir al asesinato -en noviembre el año pasado- del joven Cristian Ferreyra, integrante del MOCASE, en San Antonio, a 60 kilómetros de Monte Quemado. También Raly Barrionuevo señaló este hecho y fue uno de los temas sociales más mencionados del festival, como la contaminación del Río Dulce, el desmonte, el respeto por las tierras, Famatina y la mega-minería: “Cuiden la tierra y el agua, planten árboles, ayuden al que está al lado. Luchen por Argentina. La mega-minería es una mierda, una industria asesina”, sorprendió el cantante pop-romántico Axel, comprometiéndose por una de las situaciones sociales más difundidas de los últimos meses.

Siesta Salamanquera
Otro atractivo bandeño estuvo en la casa de la abuela, Doña María Luisa Carabajal, a menos de 10 cuadras de la cancha de Sarmiento, en el barrio Los Lagos. Para quienes que no les alcanzaban las horas continuas de música y danza en el festival, La Banda propuso extenderse con La Siesta Salamanquera. Para sentir el fuego de febrero y la presencia del diablo mismo, el patio con techo de caña custodiado por un añejo chañar y un algarrobo abría sus puertas de 13 a 22 hs. para proponer un encuentro peñero que reunía a artistas locales y a un centenar de turistas. Una fiesta única, informal donde los presentes comparten bebidas y comidas, bailaban y hacían amistades con el objetivo de vivir un clima único. 
El Zupay fue venerado durante cinco días es una fiesta inolvidable y a cambio le brindó a los bandeños una pequeña llovizna para humedecer el ardor de la piel. Por lo pronto, La Banda cumplirá este año su primer centenar de vida y la cuna de poetas y cantores se teñirá otra vez de jolgorio y atracción. Los sonidos de la leyenda sólo se escucharán desde lejos. Eso sí; habrá que esperar un año para volver a sentir por las calles, los latidos del Diablo del Monte.