Desde acá se ve el río, una cinta de plata agitada por los brazos. Se ven los sauces meciéndose por la brisa. Se ve una hoja que va a caer y se demora en el aire, como poniéndole puntos suspensivos a lo que es inexorable: el río arrastrándola. Se ven unas nubes blancas, dos o tres, moviéndose lentas en un cielo azul profundo. Se ven los pájaros inclinándose sobre el agua. Y se ve el agua. Esta porción pequeña del mundo que ahora es el mundo entero por donde 340 nadadores bracean y patean, se hunden y flotan, empujan y aflojan, inhalan y exhalan; nadan.
La carrera es larga para quien recibe este día su bautismo: ocho kilómetros, casi la misma distancia que recorre la línea D de subterráneos de una punta a la otra de Buenos Aires. Para colmo la salida es desprolija, sin la corneta esperada, sin un anuncio claro, ni oscuro. Parte una nadadora ciega primero, acompañada por su profesor. Y enseguida salen los que vienen a ganar: apurados. Esta, la de la velocidad, no es la carrera de los que practican natación sólo por placer, ni es la competencia de los que nunca hicieron esto: nadar en aguas abiertas, sin paredes ni rayas negras, sin cloro ni baldosas. Sin profesores.
A poco de arrancar caigo en la cuenta que creía: yo también quiero ganar. Pero no necesito pasar a nadie, ni mirar en la planilla el nombre de algún conocido nadador, ni salir antes para robar metros. El mío es un mano a mano con el río, un diálogo sin palabras, un momento de equilibrio exacto entre el cuerpo, el corazón y la cabeza. Tres meses de preparación para un rato. Quienes nadaron en aguas abiertas saben que una carrera así se gana con la cabeza, antes que con el corazón y mucho antes que con el cuerpo. Uno de ellos soltó: “Si uno está bien preparado y no tiene cabeza, no la termina. Pero si la cabeza está firme, compensa cualquier falencia física”.
Después será comprobable que hay que poner todo, los brazos, la cabeza, el corazón, aunque ahora esa frase suene sólo a una frase.
Gerardo Wamba, el profesor, aconsejó salir lento, hacer una carrera ascendente hasta encontrar el ritmo propio, una especie de velocidad crucero que permita pensar eso que ahora, en el agua marrón del Paraná, es incierto: ¿Llegaré?
A la vera del río hay chicos calentando fideos en una hornalla mínima. Hay otros calentando músculos, comiendo cereales, tomando agua, masticando bananas. A poco de empezar he dejado de ser un periodista que contará su experiencia: ahora soy un nadador, un tipo dispuesto a romperse los músculos con tal de terminar.
Van los primeros minutos de la competencia que para mí duró una hora y media, pero eso aún no lo sé. Sólo sé que no logro encontrarme con mi nado. Hay gente de sobra que bate el agua a diestra y siniestra: salpica y patea como también lo hace uno sin querer con los demás. Estoy peleado con el agua. Cuando pasan los minutos y los espacios aparecen, navego. Soy un tronco que el río deriva por las líneas de su corriente, como cuando uno está en una bajada y sólo debe orientar la dirección. Voy en punto muerto bajando una cuesta, pero no dejo de bracear ni paro de patear. Cuando mengua la corriente, sí, aprieto los dientes hasta que me duele la frente y levanto la cabeza: arriba, adelante, hay un hilo interminable de brazos. Me queda acelerar para que sean nueve los competidores que restaré a los cientos que tengo por delante. Tengo la basílica de San Nicolás cada vez más cerca. Braceo con fuerza pero perdí el estilo. La cúpula se hace grande. Me guardo la fuerza de la patada para las manos. Y voy por el río como por una calle, a terminar la travesía, a pasar a los que pueda, a ponerle el mejor fin a tres meses de entrenamiento. A llegar sano y salvo. A llegar satisfecho.              
 
Por Esteban Raies
Fotos Pablo Uncos y Daniel Dorado 

Mirá la maratón acuática más larga del mundo. Los 57 km. de la Santa Fe-Coronda 2013