El sol empieza a caer, pero antes rebota contra los vidrios de algún edificio y vuelve a tener, la tarde de Buenos Aires, el mismo color que tiene al mediodía. Una vez sentado en el bar, juega con los hilos colgantes de su bufanda negra; los enrosca con los dedos y cuando los siente tensos los suelta: vuelven a desarmarse. A sus espaldas, el micro con su cara gigante y sus músicos dobla por Avenida Del Libertador. Le dicen, con cariño y con razón, la favela a las ruedas que peregrina festivales y teatros desde hace siete años, cuando dejó Los Nocheros para ser ese intérprete de referencia en convocatoria: Jorge Rojas.      

Tierra adentro. El recorrido por canales de televisión y radios lo somete a lo de siempre: se acuesta tarde y se levanta temprano. Lleva un año y medio sin visitar Buenos Aires y esta visita tiene, además, un aditamento: trae bajo el brazo un disco que le llevó un año de trabajo y lo muestra a Jorge desde adentro, en un concepto musical marcado por una búsqueda universal de la canción. “Es una mirada interior. Tenía la necesidad de conectarme con algunas cosas internas. Es amigarse con uno, porque esa es la batalla que tenemos: enfrentarnos con nuestras propias miserias. Cuando uno anda a contramano puede terminar solo”, dice. Hace un espacio de punto y seguido y continúa. “Me llegó el momento de encontrarme con esas cosas que con el ímpetu de la juventud uno se lleva puestas. Me senté a pensar cómo soy yo y trato de sentirme bien conmigo para estar en armonía con los demás. Si somos un mundo quiere decir que no estamos para estar solos, sino conviviendo, con diferencias, pero respetándolas”.
La criatura que nació de ese viaje interior se llama “Uno mismo”, para el cual el neuquino frenó su andar por el país, se recluyó en su guitarra, en los apuntes de su cuaderno, en su archivo de sonidos y retazos y se concentró en alimentar un disco que nació a partir de un concepto: un disco no tan folklórico como el anterior (su anterior trabajo fue “Los Rojas”, con sus hermanos Lucio y Alfredo). “Cada momento tiene su disfrute. El momento de la composición es lindo porque estás en la gestación, cuando empieza a tener forma una canción. En ese proceso me pasé seis meses. Me bajé del escenario para trabajar en lo que tenía ganas de decir, en la musicalidad del disco, en la composición. Le dediqué el tiempo suficiente para que madure cada idea. Claro que dentro de la composición están los momentos difíciles, cuando se traba la cosa, pero también están los momentos de felicidad que son cuando la canción se terminó y ya la imaginás en su plenitud, cuando la estás cantando en vivo. Después, cuando ya tenemos la canción viene la etapa de producción: convoco arregladores, llegan los aportes de Lucio y Alfredo -sus hermanos- en la armonía de las voces y es con los arregladores que empezamos a vestir la canción: algunas van con piano, otras con orquesta, otras con cuerdas, otras con la intimidad de una guitarra y una voz. Pero a cada canción le vamos probando cosas, como si le probáramos la ropa: le medimos la solapa, las mangas. Una vez que tenemos el traje a medida para cada canción, entramos al estudio de grabación. Eso demora unos seis meses de trabajo. Y otro tanto en el estudio.”
-¿Cuando componés te das cuenta de cuáles pueden ser los arreglos?
-Sí, claro. La canción te viene diciendo cosas: dónde necesita cuerdas, dónde un piano, dónde una guitarra y una voz. Pero en el camino de la construcción podés descubrir que puede quedarle mejor una cosa que la otra.
-¿Juntaste canciones para buscar un disco melódico o salió solo?
-Ya trabajé con un objetivo. El disco anterior es de puro folklore y me encantó hacerlo: es un disco precioso. Eso me dio la libertad para hacer algo distinto: me planteé romper con la estructura folklórica, pero no con la rítmica. La canción Uno mismo es un retumbo, pero no tiene la estructura tradicional, lo mismo con una chacarera. El objetivo era conservar la rítmica pero quebrar la estructura. Mucha gente lo escucha y dice “esto no es folklórico” y eso está bueno porque la gente está recibiendo algo más universal. Pero lo cierto es que siempre parto del folklore. Yo sé que mi camino en la música nació con la música nuestra, pero quiero que la música me abra el corazón. Sé tocar una baguala, cantar una vidala, cantar una chacarera como la canta mi gente. Pero cambiar es motivador: no sirve quedarse encasillado en un lugar.

Una copla de amor. Afuera una fanática le pide con señas desesperadas una foto. Golpea con la uña el vidrio del bar. Jorge le hace otra seña para pedirle que lo espere y sonríe con pudor, levanta el índice y sobre él apoya la palma, con el revés de la mano hacia el cielo. La fanática se sienta en el cantero de la vereda: está dispuesta a esperar cualquier tiempo para tener el saludo del ídolo. “El camino en la música es con compromiso y trabajo diarios. No alcanza con tener talento; hay que mejorarlo cada día. Por eso vamos a talleres de composición donde primero conocemos nuestra música y su variedad inmensa de ritmos, averiguamos su historia, sus formas tradicionales”, revela. Pero no hay taller, lo sabe, que pueda con la inspiración. Por eso, la canción nunca se impone; aparece: “Hay momentos en que escribo, sin melodías, alguna idea, algún pensamiento, algún sentimiento. O a veces, con la guitarra, saco una melodía y sobre ella pongo las letras. Pero me es indistinto: puedo musicalizar letras o ponerle letras a melodías. Tengo un archivo de frases, melodías, estribillos. Y el archivo juega un papel importante en la composición porque tal vez ahí tengo la punta del hilo: un estribillo, una frase.”

Para cantar he nacido. Los primeros tonos de la guitarra los despuntó en la escuela, con tres aborígenes chorotes como acompañantes en La Merced de su crianza, patria de palo santos y algarrobos, monte que lastima con su silencio, garabatos que pinchan con la ausencia.
Cuando era adolescente viajó a Salta para probar suerte con la música. Formó Los del Cerro, un dúo con el cual llegó por primera vez al Pre-Cosquín. Por esos años, un cuarteto se había quedado sin uno de sus integrantes y buscaba una voz potente. Con 18 años, Jorge Rojas entró en Los Nocheros, adonde cantó hasta abril de 2005. De ese paso tiene huellas que lleva puestas. Le echa la culpa a su gusto por la música latinoamericana desde sus años nocheros. En Bolivia se dejó encantar por Los Kjarkas, el grupo de folklore boliviano que lo conmueve. En Chile probó de las mieles de Illapu. Lo mismo le pasó en Perú y Colombia con varios artistas. Todo eso, dice, va a parar a las canciones, a las que compone y a las que elige para el repertorio. “En este disco hay mucha fusión con ritmos latinoamericanos. Nos planteamos el objetivo de hacer algo distinto. Yo estoy feliz con el resultado.” 
El proceso es siempre comandado por el propio Jorge. Graba primero las bases: bajo, rítmicas y batería. Luego aparecen las melodías de pianos y guitarra y después pone la voz. “Trato de hacerla en una toma completa. Llego con la canción bien aprendida y la canto de pe a pa. No usamos el parche: hago una toma completa y, por una cuestión de seguridad, hago otra, pero siempre completa.” Jorge habla de otro Jorge, el “Portugués” Da Silva, ingeniero en sonido: “Tiene una sensibilidad tremenda, más allá del conocimiento técnico. Encuentra la calidez del audio”, lo elogia. Pero también se alegra porque grabó una canción de uno de sus referentes entre los autores nacionales: Peteco Carabajal. “Es una alegría contar con algo de él. Siempre es una alegría tener y disfrutar su gran legado musical.”   
A sacar las penas. La charla sigue, pero Rojas dejó de comer la picada, su única comida desde el desayuno. La paciente fanática se multiplicó en otras y enseguida la vereda se agita con la espera de otras 10. Como en el básquet, Jorge pide tiempo muerto para ir a saludarlas. “Así no esperan más”. Cuando vuelve, sale de su ser interior para intentar desentrañar el misterio que tiene el norte donde se crió y su riqueza musical. “El contacto con la naturaleza es sabio. La cantidad de escritores que dio Salta, Santiago del Estero, con Peteco Carabajal a la cabeza, pero con tantos más como Pablo Raúl Trullenque. Y de los tantos que hay en Salta. Creo que eso tiene que ver con el paisaje, con la simpleza de la vida, lejos de la urgencia de la gran urbe.”
-¿Y en tu caso, que te criaste en un lugar tan lejano de la ciudad?
-Eso se transporta a las canciones: lo que duele, lo que hace feliz. El chaco salteño es muy especial: es uno de los lugares más inhóspitos, más pobres del país, más postergados. Sin embargo, la alegría de su música recorrió el país entero: con el Chaqueño Palavecino y con nosotros. Es decir que su gente no sacó su dolor y su marginalidad renegando, sino que la volvió alegría. La música del pueblo chaqueño es súper alegre e identifica al lugar. Pero cuando vas allá encontrás una realidad distinta, dolorosa, cruda, cruel. Pero en su música se expresa con el bombo y el violín, con la alegría de un baile en un patio de tierra, con la sencillez, con todo eso que si lo analizamos es bastante extraño.