Por Juan Leo López.

Pedro Luis Barcia, el apasionado y lúcido presidente de la Academia Argentina de Letras, desde donde hace más de una década trabaja e investiga el idioma de los argentinos, ahora también fue nombrado al frente de la Academia Nacional de Educación. Desde esa doble responsabilidad, siempre resulta interesante una conversación sobre cómo hablamos los argentinos.
– ¿Cómo afectan las nuevas tecnologías el uso del idioma en nuestro país?
– En varios aspectos, ya que se han incorporado un conjunto de voces necesarias para manejarnos en el español y sobre ellas hemos ido trabajando para adecuarlas al espíritu de la lengua. Por ejemplo, si uno habla de términos técnicos como hardware, que no tienen traducción y no hay por qué traducirlos, se la escribe directamente en cursiva o, como yo prefiero decir, en bastardilla para indicar que es bastarda y no es hija del idioma. Otras como tuit, tuitero, tuitear, blog, bloguear, bloguero, ya las hemos incorporado plenamente al idioma, al igual que las del vocablo ciber, como cibernauta, que es una palabra mixta y viene del griego cyber (timón) y el latín nauta (navegante) o sea que el que tiene el timón, es el que navega bien en internet. Por eso no todos los jóvenes son cibernautas, aunque tengan acceso a internet, porque no saben buscar bien, o no tienen orientación, o sea timón.
– ¿Se tienen, entonces, cada vez más recursos y menor capacidad de usarlos?
– Peor lenguaje y cada vez menor cantidad de palabras. Al chico yo le llamo Iliota, de Ilio, que significa vela, porque va a los bandazos, según sople el viento. No tiene dirección, por lo tanto hay que enseñarle al chico la exploración, a marcar el timón en la navegación virtual. Otro fenómeno evidente, es la deformación del lenguaje, que a mí no me asusta si yo manejo el sistema, ya que uno lleva a cualquier medio de comunicación que use su competencia o incompetencia lingüística. El problema de muchos jóvenes (y no tan jóvenes) es que no manejan el sistema, entonces entran primero por juego a manejar todo ese tipo de reducciones, de simplificaciones, de sustituir sonidos por números, como salu2 y se van habituando a eso y después lo desplazan inconscientemente a otros ámbitos, como por ejemplo cuando tienen que escribir una solicitud de empleo y es entonces donde pierden el empleo.
– ¿Qué pasa con el lenguaje actual, veloz, inmediato, con poco respeto de las normas?
– Dos cuestiones: el espacio y la velocidad. El espacio de los 140 caracteres del twitter o los 160 del celular son elementos de constricción, pero pueden ser potenciados para aprender síntesis. Tengo unas páginas escritas sobre esto, de cómo dar clase con un celular. Lo exploto, le saco provecho a lo tecnológico, no lo demonizo. De manera que lo limitado puede ser un ejercicio de virtud. Decía Paul Valery, que si a los bailarines de ballet les  entregan zapatillas dos números más chicos, van a inventar  pasos nuevos. ¿Por qué? Porque son talentosos. Lo único que cambia y modifica el idioma en profundidad y lo renueva es el talento creativo de quien maneja el sistema, ningún sujeto que no maneja el sistema va a modificarlo esencialmente. Dentro del grupo sí, pero no va a cambiar el idioma para la generalidad del mundo hispánico.
 – ¿Cuáles son los desafíos o las problemáticas que presenta en su criterio la educación argentina, y cuáles sus propuestas?
– Hay un primer problema que hay que revisar de base y es la formación docente, que ha caído mucho en el país. Si en la universidad la formación del maestro en lengua, por ejemplo, no es suficientemente efectiva, es un efecto dominó de pérdida. Pero además, en la universidad de los últimos veinte años, se ha dejado de enseñar oralidad, y es algo realmente nefasto porque la oralidad es el noventa por ciento de la comunicación de una persona. Para defender sus derechos, para prowwwar por algo, para manifestarse en el Senado, para hablar en una reunión, para dar su opinión en cualquier comité, tiene que hablar con fluidez, precisión y claridad. Las tres ce: claridad, corrección y concisión. Ahora no los formamos para esto, el chico sale un discapacitado verbal y la persona que no puede manifestarse por la boca, se manifiesta por el puño, el empujón, el sopapo o la pedrada. Dice John Dewey, pedagogo norteamericano, que la democracia se basa en el diálogo, porque a través del diálogo se busca el consenso, la coincidencia; si no hay diálogo, no hay democracia. Y la escuela no está enseñando el diálogo en estos momentos, ya que el maestro y el profesor no están educados para el diálogo. Hay mucho temor frente al chico, porque la apertura al diálogo puede terminar en un desgobierno si no se lo sabe encauzar.
– ¿Recuperar entonces la capacidad de cuestionamiento y la oralidad como elemento central del diálogo, frente a lo formulario, la letra muerta?
– Y tenemos otro problema serio: que la cultura contemporánea ha acostumbrado al chico a una especie de percepción salteada, tipo zapping. Esto nos lleva en primer lugar, al igual que con los videojuegos, al desarrollo de una procesión rápida y de resolución instantánea. Pero esto, que no es malo, hay que hilvanarlo con otros recursos, porque la cultura y la educación de una persona no es únicamente la rapidez, sino que es la capacidad de profundizar. Como dice Carr en Superficiales, estamos surfeando en internet, y se trata además de bucear, profundizar. Está faltando la integración entre la galaxia Gutenberg y la galaxia Marconi o galaxia Fleming. Hay que capacitar intelectualmente a los docentes para que no sientan el desprecio ingenuo de los chicos por no manejar un aparato. Importa  enseñar a leer en cualquier soporte y generar el hábito, que si no se genera en un joven antes de los dieciocho años, no se consigue más. Y la escuela está perdiendo tiempo, porque no sabe qué tiene que hacer para enseñar a leer en nuevos formatos, porque la formación docente no ha adecuado todavía a sus docentes para salvar la brecha digital.
– ¿Cómo se habla en los medios y cuál es la responsabilidad de estos con respecto a  la comunidad de hablantes?
– En este momento, estoy escribiendo un librito que se llama Las muletillas argentinas. A propósito de esto, los otros días me dice un periodista: doctor, ¿yo tengo muletillas?, a lo que le respondo: no querido, vos andás directamente en silla de ruedas. La Academia tiene que prestarle mucha atención a la radio, más que al periodismo escrito, porque por la radio entran las novedades, se filtran las primeras modificaciones y los neologismos son primero radiales, luego  pasan al periodismo impreso. La radio y la televisión son aulas insomnes, están enseñando siempre, y el argentino está escuchando todo el día estos medios, recibe lecciones permanentes de buena o mala expresión idiomática, de buena o mala capacidad de razonamiento. Entonces, hay que tener en cuenta la responsabilidad de los medios. No es, aclaremos, función de los medios enseñar lengua, pero la lengua es el instrumento básico de comunicación que tienen y deberían atender a la claridad, concisión y coherencia, ya que debe formarse la idea de que está impresionando, imprimiendo modalidades en los escuchas.
– ¿Qué piensa del tan mentado fin del libro, o al menos del libro como objeto central de culturización, de educación, de literatura?
– El libro como objeto, no como objeto físico, sino como objeto cultural, es decir, un conjunto de reflexiones clasificadas y ordenadas compuestas por un hombre, no se perderá. Hace tiempo Umberto Eco dijo que iría a desaparecer, después cambió de opinión. Porque se trasmuta, el verbo muta de aspecto: pasó de la arcilla al papiro, después al pergamino, y luego a las hojas del manuscrito sobado, después a Gutenberg y llegamos ahora a la tableta, que es una forma del libro, sumamente práctica, ya que podés llevar en ella las obras completas de Shakespeare, las de Cervantes y por qué no los boletines de la Academia.