Victoria Bazán sube a la camioneta de papá y apoya sus tres añitos a pata ancha. No pone condiciones usuales para el paseo. Ni caramelos ni juguetes ni globos coloridos. Tiene una ante la cual no declina, sino rompiendo en llanto: sólo pasea con papá si en el estéreo suena Aventura o Cactus, sus canciones favoritas. “Poné Abel, papu”, le pide Vicky a papá Víctor, quien, derretido, sube el volumen y tararea con ella alguna de las canciones de Abel Pintos, un artista que atravesó diagonalmente generaciones y géneros hasta hacer nacer eso que puede conocerse como el “estilo Abel”.  

Todo está en vos. Llega con la cabeza hundida en una capucha, el paso apurado y el ceño apretado por una garúa que se congela en el aire de Buenos Aires y tarda en caer, como en una escenografía de película londinense. Puntual, simpático, pide un sándwich que se pierde en un matorral de hojas verdes que lo acompañan y, mientras bebe licuado de frutilla, naranja y jengibre con azúcar, habla. Porque Abel Pintos, además de cantar con fervor, habla con fervor. “Estoy cumpliendo 15 años de carrera discográfica y, al mismo tiempo, estoy en pleno crecimiento. Eso me genera una situación muy armónica: tengo el aplomo del que vivió muchas cosas y la inquietud del que sabe que todavía adolece de mucho conocimiento. No soy un adolescente en la vida, pero sí en la música. Este disco significa parar la pelota. El éxito que fue creciendo disco tras disco se fue dando de manera paulatina, a medida que yo me iba desarrollando como persona y como artista”, suelta.
Con “Reevolución”, su disco más popular, su convocatoria se reafirmó en una geografía popular: su nombre se hizo número puesto en los festivales y sumó público al que ya tenía. “Para ellos hicimos un resumen de estos 15 años. Pero no quería un disco de catálogo, sino un trabajo que marque un crecimiento.” Habla de “Sueño Dorado”, bautizado con el nombre de la primera canción que Abel escribió. “Tendríamos que haber hecho un disco doble para meter todas las canciones que signifiquen mucho para mí y para mi público. Quisimos
hacer un balance para el público nuevo y, al mismo tiempo, aportar canciones para los que me siguen.”   

Con principio y sin final. Es difícil saber si éste que lo tiene andando por el país es el mejor momento de su carrera. No porque no se sepa qué hay detrás, sino porque Abel es un artista sin techo y entonces uno corre el riesgo de repetir el lugar común dentro de un tiempo. Es, eso sí, un momento de rica cosecha. Porque hubo semillas sembradas.
El sueño de todo compositor es algo similar al suceso que lo tuvo como protagonista hace unos años. En La Rioja, una provincia que siempre lo recibe con butacas llenas y alto fervor. Abel cantó Tu voz. Y la gente también; más fuerte que él. “Me quedé helado: fue muy fuerte esa sensación, tanto que la volví a cantar en el mismo show. Ahí nació una costumbre: una canción fundamental de mis discos, abren y cierran el concierto.”
-¿En dónde está lo popular? ¿Se lo puede palpar en que la gente cante tus canciones?
-Lo popular está en que uno pueda crear canciones y generar una música que identifique a la parte del pueblo que elige acompañarte en tu música, porque yo creo que todos los músicos son populares.
-Pero es un acto íntimo la composición, un momento en que uno se arranca algo sin mirar a la gente, sin saber si eso va a ser realmente compartido.
-Está bien, pero todo lo que sucede en el mundo, lo bueno y lo malo, es mucho. Pero las raíces son pocas. Los músicos diversificamos de manera diferente. Yo canto al amor desde mi lugar  y vos desde el tuyo. Pero ambos cantamos al amor. Nace de un impulso íntimo la canción, pero también nace desde ese lugar en que nos conectamos todos más allá de las diferencias. En los conciertos, me emociona que durante dos horas miles de personas que no nos conocemos podamos conectarnos con las mismas historias, con las mismas canciones.
-Es un punto común, misterioso.
-Es un punto sobre el cual se diserta mucho en las canciones, en los poemas, en el arte en general, en la religión, en la espiritualidad. Pero me parece interesante que no se pueda llegar al origen.

Crece desde el pie. Se recuerda de niño escuchando a Ignacio Copani, a Johny Tolengo, a Roberto Carlos, a Carlitos Balá. Escucha Foo Fighters, José Luis Perales, TV on the Radio, Joaquín Sabina, Zero Seven, Joan Manuel Serrat. “No hay ningún género musical que
no me guste. Soy un tipo muy pasional y desde ese lugar hago mi música. Todo corre paralelo a lo que esté viviendo. En algún momento de la vida, cuando tenga más historias que contar que preguntas por responderme, tal vez mis discos sean más parecidos entre sí, como los de Perales. Hasta que llegue ese momento, van a ser muy distintos uno del otro. Por eso el tema de los géneros me tiene sin cuidado no me encierro en ninguno de ellos.”  
Música escucha todo el tiempo, casi siempre en su teléfono móvil. Aprovecha los tiempos en los hoteles y compra discos por Internet: tiene una biblioteca. “Voy en búsqueda de cosas nuevas. Mi hermano -Ariel, guitarrista de la banda, socio en las canciones- me hace conocer mucha música o Fabricio Rodríguez (armoniquista, líder de la banda Mr. Mojo), un amigo, que también me pasa música.”
La explicación a tamaña apertura está en la patria de todos: la infancia. Sus hermanos, 8 y 11 años mayores que él iban a recitales cuando Abel no había empezado a afeitarse. Ese fue el primer golpe de suerte; de ellos bebió In Utero, de Nirvana, escuchó canciones de Metallica casi hasta romper los vidrios de la casa. Pero también se conectaba con la tierra. Su padre, que tocó la percusión en un disco suyo, cantaba folklore. Cuando creció el perfil se le definió: conoció a Mercedes Sosa. “Ahí se me terminó de abrir el mundo, porque encontré emocionalmente lo que escuchaba en todos los géneros: una síntesis de todo”. Descubrió que podía enloquecer con un sólo de la viola de Metallica o emocionarse con Un son para Cándido Portinari. “Ahí descubrí el amor por la música”, revela. A los 9 años le dijo a sus padres que si escuchar a Mercedes lo hacía feliz, ese era su mundo. Pero antes debió andar un camino. Papá vendía transformadores y disyuntores en la calle y su madre, además de ama de casa, limpiaba en casas de familia. Sus hermanos trabajaban en una empresa de transporte y entonces Abel se quedaba todo el día solo en casa y los padres querían para él una ocupación. La altura lo obligaba al básquet, la habilidad al fútbol. Pero mamá no tardó en saber que el niño no tenía su fuerte en el deporte. “Yo quiero cantar”, se plantó. Fueron al conservatorio, pero la opción no era viable: una familia de clase media no lo podía pagar. Entonces encontró un coro gratuito. Y empezó.   
-El tuyo es un género propio que sintetiza el eclecticismo, pero tiene una esencia personal, ¿creés que tu forma puede animar a otros a componer desde un completo desprejuicio?
-No creo que sea a partir de mí. El folklore siempre permitió eso: tuvo muchos momentos de renovación. Hace 40 años cuando irrumpió Cuchi Leguizamón o Daniel Toro hacían algo distinto a lo que se escuchaba en ese momento y hoy la música de ellos es tradicional. Lo mismo pasó con Raúl Carnota, Chango Farías Gómez, Peteco Carabajal.

Abel lee libros en papel. “No soporto leer en pantalla.” Estudia guitarra, lee varios libros al mismo tiempo, sin distinguir entre cuento y novela y entre ensayo y literatura. En la sobremesa lee un cuento, pero también lee mientras viaja. Le gustaría haber escrito “Mi planta de naranja lima”, del brasileño José Mauro de Vasconcelos, el primero que leyó en su vida, que lee una y otra vez y vuelve a emocionarse. “Es el más certero a nivel emocional”. La misma emoción que provocan sus palabras, su voz y su música en los tres años de Victoria.