Ya sea que se entre por el camino de las altas cumbres o por la pintoresca y serpenteante ruta 14, Nono lo tiene todo. Podría separarse del mundo, y aún sí lo seguiría conservando todo, y si un habitante de este paraíso serrano quisiera recordar todo lo que hubo y es en el mundo, sólo tendría que darse una vuelta por el Museo Rocsen. Sin dudas, no hay forma de escaparse al embrujo del aire y el paisaje de este rincón serrano donde nace la belleza cordobesa.

La mejor forma de entrar es por la ruta 14 desde el sur, ese camino que va develando secretas entradas a fincas, pequeños pueblos que se esparcen entre las montañas y que al subirlas se muestran como las comarcas de una novela de época. Con cada kilómetro que se avanza, el tiempo se vuelve una ilusión, y todo lo que uno conocía, se va soltando de nuestro cuerpo. Yacanto, Chuchiras, Las Rosas, La Quebrada de los Pozos y Hornillos, cada población es una invitación a permanecer allí toda una vida.

Llegar a Nono significa hallar una paz desconocida, un puñado de casas se pierden en un centro cívico en donde está la vieja iglesia y las esquinas que hicieron a este pueblo. Asentado en el Valle de Traslasierra, viven en forma permanente 1.100 habitantes, la voz Nono proviene del quechua Ñuñu y significa Mama. Las casas están pintadas de colores claros. No hay apuro en sus calles y las personas que caminan por la Plaza de Nono lo hacen en silencio o hablando bajo, la tranquilidad baja de las sierras y contagia.

La arquitectura es colonial. Hay mucho para hacer y cualquiera sea el plan, no hay forma de que salga mal. Ya sea cabalgar por las sierras, caminar por las inmensas piedras que provocan desniveles y cascadas en la orilla de los cursos de agua cristalinos del Río Nono Chico y de Los Sauces, allí y entre las piedras se producen ollas que en verano son la opción ideal para refrescar el cuerpo. Pequeños espejos de agua que permiten ver el fondo con piedras multicolores, el reflejo de la mica entre el cuarzo provoca un efecto ensoñador.

Una de las características de Nono es su oferta gastronómica. Cabrito a la llama, asado con cuero, empandas fritas jugosas y truchas rellenas, no hay lugar para el error, lo mejor es dejarse llevar por los menús e ir probando la maravillosa cocina y la inefable técnica que han alcanzado en el manejo del fuego los cocineros que se han aquerenciado en esta villa.

Las Sierras Grandes de los Comechingones y a las Sierras de Achala protegen al pueblo y logran un microclima tranquilizador. Hay excursiones que llevan al Dique La Viña donde se puede pescar, pero también se puede hacer tracking o ciclismo de montaña. Una de los rasgos que definen a todos los que han elegido este edén serrano es el espíritu emprendedor, hay quienes hacen cerveza, vodka y toda clase de productos artesanales. Todos hay que probarlos.

Uno de los paseos más recomendados es ir caminando al Museo Rocsen, son diez kilómetros idea y vuelta, pero es la mejor forma de conocer la naturaleza de Nono. Este Museo es único en el mundo, dentro de él están todas las maravillas y rarezas de la naturaleza, desde la vaca más grande que se conoce, pasando por cabezas reducidas de jíbaros, hasta la colección más asombrosa de arañas. Su creador, el escultor y multifacético Juan Santiago Bouchon ha reunido en viajes y búsquedas dewwwivescas más de 20.000 piezas que logran un completo catálogo de la vida del hombre en este mundo y algunos de los fenómenos más raros que la naturaleza ha hecho en este planeta. Está abierto los 365 días del año, de 9 a 20.

Por la noche, las estrellas se arriman al Valle, y entre los árboles se trasladan conversaciones, melodías de músicas calmas, los pasos de algunos animales que salen de caza en las sierras, brisas que llevan el gusto al pan haciéndose o el aroma de una carne que se asa en su punto justo, los fuegos invitan a la reflexión y al goce. En Nono, los sentidos se despiertan.