El tren avanzaba sin sigilo, con su tronar de refusilo bajo los vagones, con la calma del día recién nacido. El cantor iba sin la guitarra ni la garganta roja ni el cansancio de madrugada. Esta vez no era suya la partida: acompañaba la aventura del niño de pueblo en la ciudad de Buenos Aires. El chico calmaba la inquietud contando las estaciones: Francisco Álvarez, La Reja, Moreno, donde cambiaban de tren. La que venía después la había estado esperando; lo supo desde que papá escuchaba a Víctor Heredia: a Moreno la seguía Paso del Rey, la estación de chapas, el terraplén mojado por la lluvia y el banco oscuro, mojado y mugriento donde sabía que alguna vez, en algún viaje de ida o de vuelta, iba a verlo. “Estaba feliz cuando hacíamos el transbordo en Moreno, porque sabía que la próxima estación era Paso del Rey. Cuando el tren iba llegando, mi viejo me tenía que agarrar porque yo sacaba la cabeza por la ventanilla: lo buscaba al viejo Matías”, cuenta. Lo quería ver acomodando su uniforme gris o cruzando el andén. Sabía que nadie lo había visto a los ojos y conocía de los fantasmas que lo rodeaban. Tal vez una de esas almas errantes que al viejo le tocaron la piel se le metieron a él en la voz, se le hicieron duende, se fundieron en una canción.
En ese camino por el que iba con su papá a “El Show de Xuxa”, a “Festilindo”, a “Que se vengan los chicos”, en esos años del boleto rectangular de cartón que el guarda picaba con esfuerzo y el boletero marcaba con un sello, Luciano Pereyra forjó su alma cantora. Lo hizo al fuego lento del folklore que Don Ángel Pereyra, su padre, despuntaba con el trío “Los del Regreso” y que a él hubo de marcarle el camino.

Historias que son canción.

“Tuve la suerte de conocer mi país: aprendí cómo se bailan los ritmos, por qué hablan de tal o cual manera, por qué se toca distinto según la región. Eso me ayudó a saber a qué le canto. Conocer la cultura de tu país es una forma de conocerte a vos mismo. En eso también está la música. A mí me ayudó mucho primero conocer mi casa, saber qué hay adentro de mi casa. Luján es ese lugar en donde puedo pisar descalzo”, dice de su pago.
De chico conoció Mendoza sin viajar, en la casa de un compañero de papá en el trío. Carmenza, el dulzor de la tonada, General Alvear, los silbidos de la cueca, las mil cuerdas cuyanas y los racimos de los parrales se le quedaron para siempre en la memoria.
Desde chico la música lo llevó de viaje. Tenía 14 años y el grupo de papá tocaba en la Fiesta del Chivo, en Malargüe, a la que había ido el año anterior. Pero ese enero no había lugar para el chico. Luciano no se resignó. Se fue a su casa a pensar la manera de viajar. Lo llamó a Juan Carlos Condal y arrancó la hoja de su cuaderno. El hombre leyó: “Compadre/ya me estoy yendo/Carmenza me está esperando/con otro poco e´ vino para que siga cantando”. Condal supo que al chico los zarcillos de sonidos se le enredaron en la garganta; los tonos le maduraron como en la barrica se añeja el vino. Juan Carlos lo llamó a Don Ángel Pereyra. “El culillito de tu hijo viene con nosotros”, le dijo a Don Ángel. Y fue. Esos versos formaron la canción, “Soy Mendocino”, que Luciano registó en este “Con Alma de pueblo”.
Cierta vez el otro integrante del trío “Los del regreso” le había contado que la mitad de su corazón se había quedado en Santiago del Estero cuando se fue a vivir a Luján. “Chaupi” decía en quichua para significarle esa parte olvidada en la tierra. Luciano volvió canción ese recuerdo, en su primer disco, en 1998. Ahora, mientras cuenta la anécdota, recuerda la raíz de sus padres, mamá misionera, papá entrerriano. “Cuando escuchan un acordeón ellos también viajan: mi viejo se va a pescar, se mete en una chamarrita. Y mi mamá se va a la tierra colorada, a los yerbatales. La música los lleva. Ellos también tienen el corazón por la mitad porque, como tantos otros, viven en Buenos Aires. Por eso, el disco se lo dedico a todos los que dejaron su tierra y añoran volver”. Sabe que el algarrobo no es igual que el ombú. “No es lo mismo escuchar un chamamé en la calle Corrientes que en la provincia de Corrientes”. En cada viaje a esa provincia, recorre la estancia El Rezongo. Allí los peones aún no se animan a pedirle que guitarree; se conforman con el chamamé disparado a toda hora desde una radio pequeña. Él se mete en el galpón donde las tortas fritas se hacen con grasa de chancho, les roba dos o tres y sigue viaje rumbo al río. “El río es una terapia. Dice el dicho que es mejor un mal día de pesca que un buen día de trabajo. Y es cierto. Además la gente del río es muy especial, los puesteros, el olor al río. Recién ahora, después de varias veces que fui, empiezan a soltarse, a hablar un poco más. El correntino es muy respetuoso, pudoroso y muy para adentro. Son gauchos de bombacha bataraza, siempre con el recado listo y el caballo pronto para montar. Eso también se metió en este disco. De cada lugar ha salido una canción, por eso se llama “Con alma de pueblo”.

Infancia guitarrera

Dos olores, el de la lluvia golpeando la tierra y el de la torta frita en la casa de Lito y Eva, sus tíos, lo hacen volver a Luján. Cuando no regresa a la infancia con eso, la llama a mamá. “¿Qué hay a la noche para comer?”, le pregunta a la espera de que le diga que en la olla se deshace la carne del puchero o se terminan de cocinar los fideos de un guiso.  
“A las peñas donde iba mi viejo, iba con él”, dice. Pero a veces la peña estaba en su propia casa de Luján. Fuego para el asado, ensalada, gente llegando de a poco, guitarreros improvisados, musiqueros antes que músicos, alguno con bandoneón, otro con guitarra. Luciano comía rápido, desdeñaba el juego con los hijos de los otros y esperaba, con los codos en la mesa, contrariando su carácter infantil inquieto, que de una buena vez ocurriera el milagro de la guitarreada. Y el milagro casi siempre ocurría. “Mis noches sin ti” es una guarania paraguaya que escuchó en boca de papá y vio los ojos misioneros de mamá emocionándose con la canción. “Cumplí con los dos: en esa canción grabó Chango Spasiuk el acordeón, misionero como mi mamá, para asegurarme de que haya tierra colorada en este disco. Mi viejo tocó la guitarra en “La hora del cantor”.

Besos que curan.   

Tenía fiebre: una gripe potente le caminaba por todo el cuerpo. Era de noche y sus excompañeros de la escuela se reunían. No tenía ganas de ir, aunque hacía mucho que no los veía. Fue sabiendo que podía pasar lo que pasó: vivió una noche inolvidable. Al regreso, se sentó en su casa, de madrugada. Agarró la guitarra y le dibujó unos tonos. Echó mano al cuaderno. Escribió hasta donde pudo, hasta donde las lágrimas lo dejaron seguir. “Le he cantado a tantos lugares que no son mi lugar y nunca le había escrito una canción a mi pueblo, Luján. Esa noche compuse la mitad de la canción, pero no pude seguir por la emoción que me causó. La dejé así porque sentí que hasta ahí era el momento y una semana después la terminé: en una hora, juntando los tiempos, pude resumir todo: el puente que cruzábamos en bicicleta, mis padres, la plaza, la Virgen”.   
-En tu caso la música se conecta con un estado de ánimo. ¿En los momentos complicados de salud te conectabas con la música?
-No. Ahí los afectos son el sostén. La música apareció cuando empecé a sentirme bien. Porque en la recuperación no se puede forzar nada porque no hay fuerzas para nada. La música empieza a aparecer cuando empiezo a sentirme bien. Y me conecté con la música de forma inconsciente. Escuchaba un disco, leía un libro, hacía ejercicios, miaraba un DVD, reproducía un acorde en el piano. Fue todo de forma progresiva. Pero la prioridad era estar bien de salud. Ahora que terminamos un disco, que juego al fútbol, corro, juego al tenis “mirá por la que pasé”. No hay olvidarse de eso que uno pasó. Porque uno, aunque quiera escaparse, regresa con la música a esos momentos. Y se emociona.