Por Araceli Bellota 

 Cuando un medio día de febrero tronaba el cañón en el Fuerte de Buenos Aires, un grito de alegría atravesaba a la ciudad. Porque durante cuatro días, el disparate y la broma se adueñaban de sus calles coloniales. Con aquel disparo, quedaba claro que, en Buenos Aires, había comenzado el carnaval.

 La costumbre del carnaval en estas tierras se remonta a los tiempos de la colonia. Fue en 1791 que el entonces gobernador de Buenos Aires, y luego virrey del Río de la Plata Juan José Vértiz y Salcedo, autorizó los bailes de carnaval en La Ranchería, la primera sala de teatro de la ciudad. En realidad, era una modesta construcción de pa- ja y madera, creada para sostener con sus recaudaciones a la Casa de Expósitos, donde se alojaba a los niños huérfanos.

 Pero aquella inocente decisión celebrada por el pueblo desató un conflicto que llegó hasta el mismísimo rey de España. Todo comenzó cuando el 14 de febrero de 1773, en la iglesia de San Francisco, al cura José de Acosta se le ocurrió amenazar con la excomunión a quienes participaran de aquellas fiestas que calificó de “herejes”. El efecto fue inmediato: varias señoras se desmayaron en pleno templo, la sentencia se desparramó por la ciudad y el gobernador, furioso, mandó al sacerdote de vuelta para España.

 Lo que Vértiz no imaginó fue que el cura iría con el chisme al rey Carlos III quien, en diciembre de 1774, dictó una ordenanza por la que decretaba la suspensión de los bailes en La Ranchería. El rey dijo que había que terminar con “el escandaloso desarreglo de costumbres que el carnaval había producido en la ciudad”.

 Pero lo que desarreglaba la ciudad no eran los bailes, sino el juego de agua que comenzaba al mediodía. Las familias corrían a las azoteas donde habían almacenado tinas repletas de agua, huevos de cera, de gallina y hasta de avestruz, que arrojaban a los transeúntes.

 En el siglo XIX, la alegría del pueblo por la independencia de España también se trasladó al car- naval, y cada año, en La Gaceta Mercantilsepublicabanadverten- cias sobre la necesidad de evitar las burlas groseras y de comportarse más civilizadamente. La policía, además, daba a conocer las penas para los infractores, que podían ser desde ocho días hasta dos años de trabajos públicos. Pero era difícil hacer cumplir las disposiciones, porque los agentes policiales también participaban.

 Es que todos jugaban: la policía, los hombres públicos y hasta los célebres guerreros de la Independencia como el general Manuel Dorrego y el general Estanislao Soler. En 132, el gobernador Balcarce publicó un decreto en el que autorizaba el juego de agua con la debida moderación, pe- ro prohibía el uso de máscaras. Cuatro años después, un decreto del gobernador Juan Manuel de Rosas dispuso que “en las casas en que se juegue desde las azoteas o ventanas” deberá mantenerse la puerta de calle cerrada, y nadie podrá asaltar las casas ni forzar las puertas o ventanas o pasar de los umbrales para adentro, ni a pie ni a caballo”. El intento fue inútil. Es que también Rosas jugaba al carnaval, y se cuenta que en 136 el general Mansilla, luego héroe de la Vuelta de Obligado, apun- tó al único diente de una de sus vecinas en el preciso instante en que la señora se asomaba por la ventana. El resultado, el diente quedó colgando, la señora llorando y el general Mansilla calificado como “bandido”. El 22 de febrero de 144, Rosas dictó un decreto por el cual quedaba “abolido y prohibido para siempre el juego del carnaval”. Pero ese para siempre duró hasta su derrocamiento. Una década más tarde volvieron los bailes, luego se sumaron las comparsas y los corsos, y la costumbre de las fiestas de carnaval, aunque con altibajos, aún hoy permanece entre nosotros.