Por Leandro Vesco / Fotos Juan Carlos Casas

“Para qué irme a otro lugar si acá puedo ver las estrellas”. La luz de las velas le refleja un resplandor dorado y soñador a Nahuel, con sus doce años sabe muy bien qué quiere de su vida. “No voy más a Buenos Aires, en esa ciudad todos discuten”. Fácil y tan directo, este muchacho elige el almacén, su paraje; lo pequeño, por sobre lo grande.

Si a uno le dieran un ejercicio mental de imaginar una postal edénica, un solar paradisíaco, no habría que fantasear demasiado, con estar en Pablo Acosta se solucionaría el ejercicio. Pocos son los lugares en nuestro mapa que contienen tanta belleza, calidez y buena energía. Pablo Acosta es un paraje de 28 habitantes del Partido de Azul, pero en realidad, Pablo Acosta es una esquina en donde se levanta, como si fuera una Rosa de los vientos, El Viejo Almacén.

Ramos generales, restaurant y hogar de la familia Ventimiglia Coluccio, aquí Viviana y Fabián han decidido apostar por su paraje y ser el pilar de un sueño que puede llegar a tener alas muy grandes. Por lo pronto, esta familia es el eje de toda una comunidad que sostienen a diario con mucho trabajo y pasión.

Elevado sobre una loma desde donde se puede ver el sistema serrano de Boca de las Sierras y un valle salpicado de verdes y dorados, El Viejo Almacén se erige como un faro al que se llega por simpatía. “Este lugar te transmite paz”, comenta Fabián, asador por naturaleza y hombre completo por convicción, cazador y padre de cuatro hermosos niños que corretean por las estanterías, las tablas de picada, las botellas y las ollas. Solos allí, sintiendo el implacable viento helado que vocifera en libertad por el valle, en lo alto, esta familia es el futuro de Pablo Acosta.

Debajo del paraje corre un río subterráneo de agua mineral de gran pureza. “Este agua alimenta”, nos cuenta Viviana, quien es la encargada de transmitir en palabras todo lo que se ve y se siente en el lugar. Hasta hace unos meses funcionaba en este pueblo una planta de agua mineral, que daba empleo a algunos habitantes, pero por presiones monopólicas de las grandes empresas de aguas, debió cerrar. “La poca gente que quedaba se tuvo que ir”, se lamenta.

Al lado del almacén hay una escuela a la que concurren los niños de la zona. Este lugar en donde estamos nació con la llegada del Ferrocarril en 1930, cuando estas tierras tenían una fuerte actividad ganadera. De esos años sólo queda un destacamento policial, hoy vivienda y el almacén. “Tardaron tres meses en demoler la estación”, revela Viviana. Sólo ha quedado el nomenclador que es un mudo y triste wwwigo de lo que alguna vez fue una estación de tren. A pesar de esto, el paraje no se murió.

“Acá siempre llegó gente”. Señala las estanterías del enorme y tan bien conservado almacén, ubicado en un Finisterre criollo, último mojón de civilización que irradia una voz amiga y una luz contenedora en medio del fascinante espectáculo natural. Así fue cómo se hizo nuestro mapa, por estas postas que hoy, como en aquel pasado reciente, vuelven a estar en la más habitable soledad.

En las pequeñas comunidades muchas cosas se hacen por palabra; el dinero deja el primer puesto a la confianza. “Para armar el almacén pedimos fiado en Azul. Les dije, ´ustedes me conocen, quiero hacerme cargo del almacén de Pablo Acosta: ni bien me entre plata, se las devuelvo´. Y así fue”, dice Fabián. En 2005 la familia entró al almacén, que estaba en malas condiciones y la gente enseguida respondió, pero tardaron siete años en restaurarlo. Este rescate patrimonial le dio una nueva vida al paraje.

Hasta acá llegan, los fines de semana, visitantes que llenan las mesas para probar las exquisiteces que prepara Fabián: quesos, bondiolas y jamón crudo, mulita, carpincho y vizcacha, pasando por el lechón y el asado. “La gente busca carne”, enfatiza este hombre que asa desde que tiene quince años, y para quien el fuego es una extensión de sus manos y un rebrote de sus pensamientos. Gran parte de su menú lo caza él mismo.

Por acá anda Luciano, un niño que aún está en la primaria, que dice que una vez cazó una pantera. Mientras tanto, Nahuel, su hermano mayor, explica cómo cazar mulitas. “A la noche aparecen los zorros”, avisa, pero también un cielo cristalino que baña con una luz surrealista el valle y las sierras; la enorme luna se alza detrás de una avenida de eucaliptus, por donde pasa el Arroyo los Huesos.

Se cortó la luz y las historias no tardan en llegar. El silencio en el paraje es una compañía. El aullido del viento hace temblar los vidrios de las ventanas, mientras Fabián invita empanadas de vizcacha. La familia ayuda en todo y tienen un puesto dentro de este almacén en donde una vieja cocina que perteneció a Pablo Acosta es usada para calefaccionar este ambiente en donde el aroma a vida se mezcla entre llantos de niños, sartenes, copas de caña y felicidad.

Dicen que en el arroyo vaga el espíritu de una mujer que murió en la ruta 226. Cuentan que hace unos años alguien soltó una gigantesca anaconda y este fantástico ofidio acecha detrás de los pastizales. Pero hay más. Cuando en 2001 Fernando De La Rúa escapó en helicóptero de la Casa Rosada y estuvo un par de días inhallable. Pues bueno, estaba acá, en Pablo Acosta. “Vino a comprar alpargatas, pero no tenía plata y tuvo que pagar el custodio”, cuentan.

En el vecino Monasterio Trapense, donde reina el silencio y la paz, estuvo unos días otro ex presidente, Carlos Menem.“Lo echaron. Se fue en helicóptero”, revelan. A pocos kilómetros de aquí está la Base Navel Azopardo, donde estuvo presa Isabel Martín de Perón, “Isabelita”. Las anécdotas se suceden y llega el momento de los proyectos. La ruta 80 que pasa por la puerta del almacén es un potencial corredor serrano que inicia su recorrido en Boca de las Sierras y podría incluir a Villa Parker y Barker en el vecino partido de Benito Juárez, la idea se está impulsando y Pablo Acosta sería una parada obligada. La familia ya está preparada para cuando ese corredor sea una realidad. Detrás del almacén, esta pareja, emprendedora como pocas, levantó dos cabañas con vista al paraíso. “Venis al almacén y te quedas a dormir”.

En la mirada de Viviana descansa el brillo de quien sabe que nada es imposible. Aquí, en la más bella soledad serrana, bajo la luz de las velas, seis habitantes de Pablo Acosta cuidan un sueño que se hace realidad todos los fines de semana cuando las mesas y la ruta están llenas de gente que viene para conocer esta esquina campera que se lleva al hombro todo un paraje, y donde todas las noches, aunque nadie lo crea, bajan las estrellas para descansar del ajetreo cósmico.

 

Cómo llegar a Pablo Acosta

 

Por Ruta Nacional 3 hasta Azul. Allí seguir hasta cruzar con la RN 226, tomar estar uta hasta el cruce con la RP 80 y continuar 20 kilómetros hasta Pablo Acosta.

Coordenadas de GPS:

-37.159645, -59.653698